El amanecer de los dragones (Dragonborn 1) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

—No, pues claro que no —mintió ella, y siguió a Kaida apretando los dientes, y sin mirar hacia abajo.

A su alrededor, los niños lanzaban carcajadas como los cañones disparan sus balas, vaciaban inmensas jarras de humeante medu, atacaban pollos asados enteros y brillantes porciones de ternera.

Bromeaban y discutían, y costaba mucho identificar qué era una broma y qué era una discusión—. Son… son muy ruidosos.

—Son dragones, ¿qué esperabas? —le dijo Erik por debajo.

Sin hacer ninguna pausa, Kaida se sentó de un salto a una de las mesas y estiró el brazo hacia atrás para coger a Alex de la mano. Ella miró hacia abajo por un instante y se le cerró el estómago.

—¡No pasa nada! —le gritó Kaida, alegre—. Si te caes puedes volver a subir volando, ¿no?

—Volando… —balbuceó Alex antes de tomar la mano de Kaida y saltar al banco, que se balanceó un poco al aterrizar ella.

Cuatro niños se pusieron en pie para saludarla, entusiasmados, gritándole sus nombres con tanta rapidez que Alex los olvidó de inmediato.

—Soy… soy Alex.

Un niño con una rebelde melena pelirroja se inclinó hacia ella luciendo una sonrisa maléfica.

—Bueno, ¿te has transformado ya? —Apuntó hacia ella con un hueso de pollo—. ¿De qué color son tus escamas? ¿Rojo? ¿Azul? ¿Gris?

—Tus cuernos ¿son curvos o rectos? —preguntó la niña que había a su lado mientras se limpiaba la boca de mostaza—. Ooh, ¿y te salen púas del lomo?

—¿Y plumas? —añadió Kaida—. Hay dragones con plumas, ¿sabes? Y con pelo. Yo tengo patillas —añadió, orgullosa.

Alex buscó a Erik con la mirada, pero el muchacho estaba abajo, cargando una pila de platos sucios en dirección a un fregadero inmenso, arrastrando los pies como un niño al que hubieran obligado a realizar tareas domésticas.

No vio a Oliphos por ninguna parte. Tragó saliva y juntó las manos entre las rodillas por debajo de la mesa.

—Bueno… hum, es como que pasó cuando dormía. En realidad… —Se mordió el labio—. Quizá me haya comido una cabra. ¡Pero fue sin querer!

Al oír eso, los demás se rieron.

—No te preocupes —le dijo Kaida, dándole una palmada en la espalda—. Todos hicimos cosas raras la primera vez. Oliphos me encontró cuando me transformé durante una visita al zoo de Londres. Estaba a punto de comerme al abusón de la clase.

Alex parpadeó de incredulidad.

—Pero… ¿no hubo muchos testigos de tu transformación, entonces?

—Sí, claro, pero Oliphos lo solucionó. Convenció a todo el mundo de que solo habían visto a un cocodrilo que se había escapado.

—Señaló al chico pelirrojo—. Shanks se transformó al caerse de un árbol.

Brinno viene de uno de los clanes dragoniles, así que siempre ha sabido que era un dragón.

Estoy segura de que tendrás un montón de preguntas…

A mí me pasó lo mismo cuando llegué aquí.

Bueno, cuando dejé de estar aterrorizada.

Estaba convencida de que me iban a devorar.

Alex se aclaró la garganta.

—Pero, hum… a mí no me van a devorar, ¿verdad? —preguntó, y la mesa entera volvió a carcajearse.

—¡Pan se transformó en un parque de atracciones! —dijo Shanks—. ¡Pan, cuéntale a Alex lo que te pasó!

Shanks le dio un codazo a la chica que tenía al lado, cuya pelambrera rubia era tan caótica como la suya.

—Oh, intenté comerme uno de esos caballitos de plástico del tiovivo. Supongo que me confundí.

Volvieron a reírse, y una pequeña sonrisa comenzó a asomar con timidez en los labios de Alex. Sus carcajadas eran profundas y cálidas y, lo mejor de todo, hacían que se sintiera integrada, como si fueran un gran edredón compartido que le habían tirado sobre los hombros.

Algo zumbó en su oído. Al levantar la vista estuvo a punto de caerse de la mesa.

Se parecía a un niño, pero no demasiado.

Tenía la piel resplandeciente y plateada, y el pelo de un blanco lunar peinado hacia un lado, lo que revelaba cuatro ojos negros, un par encima del otro.

Se mantenía flotando en el aire con unas alas de mariposa que lanzaban destellos verdes y rosados como burbujas de jabón.

—Gwinnie se encarga de cocinar —le explicó Shanks.

El hada dejó caer una fuente sobre la mesa, con una montaña de puré de patatas.

—Gracias —dijo Alex, y el hada le enseñó la afilada dentadura y descendió revoloteando, lanzando bufidos a las mesas junto a las que pasaba.

Se posó al lado de Erik, quien le susurró algo al oído que le hizo soltar una risita, un sonido hermoso y conmovedor, que parecía hecho con los mimbres de la música. Un alegre remolino de color amarillo inundó sus alas mientras los dos cocinaban y limpiaban sin dejar de parlotear.

—Pertenece a la realeza de las hadas —dijo Pan, con la barbilla manchada de salsa—. O lo que queda de ella. Se supone que está aquí para aprender «la sabiduría de los dragones», pero creo que sus padres tan solo querían librarse de ella durante un tiempo. Eh, Shanks, que circulen los puerros.

Alex observó a Erik, fascinada por la manera en que iba de aquí para allá pavoneándose, sin inmutarse ante los dragones.

Se subió a una escalera cargado con una fuente de chuletas de cordero y, cuando pasaba junto a una mesa de chicos más ruidosos que el resto, el de mayor tamaño le escupió una llamarada que pasó justo por encima de su cabeza.

Sus amigos lo celebraron con aullidos de aprobación.

—Ese es Ferox —dijo Kaida con un gruñido, y se bebió el cuenco de la sopa—. Es tan simpático como un trasgo con un sarpullido de setas. Además, ha escogido un nombre de lo más estúpido: probablemente crea que suena a «feroz», pero la «ferox» es una especie de trucha.

Alex examinó a ese muchacho tan grande. Era de complexión brusca: la mandíbula rotunda, el mentón afilado, los hombros contundentes, unos ojos de gran tamaño que bailaban con una dicha cruel y una cicatriz oscura que le atravesaba una mejilla.

De todos los niños era el que tenía un aspecto más… dragonil.

—Un momento: ¿podéis escoger vuestro nombre?

—Sí. Cuando llevas aquí el tiempo suficiente, puedes inventarte tu nombre de dragón. El nombre completo de Pan es Hornpan y el de Shanks es Baleshanks. A mí, en casa me llamaban Keiko… Mi padre se pondría furioso si supiera que me lo he cambiado.

—¿Él… también es un dragón? —preguntó Alex.

Kaida se encogió de hombros.

—Él o mi mamá, quizá los dos. Pero no lo saben, y se supone que no debo contárselo.

Al parecer, puede abrumar tanto a los adultos que no puedan aceptarlo.

Ya sabes, por sus cerebros. ¡Podría explotarles la cabeza!

—Se rio—. A ver, no lo digo en serio, pero están demasiado acostumbrados a una manera de hacer las cosas, ¿me entiendes?

Alex asintió con la cabeza, pero no la pillaba.

Tenía la certeza de que su padre se había transformado en dragón una vez —Ian le vio en la playa—, pero ¿y si fue la única?

Quizá no se había dado cuenta de que era un dragón hasta entonces y no supo controlarlo, y la tormenta le atrapó y acabó con él…

Pero eso no tenía el menor sentido porque, desde que tenía memoria, su madre había sido muy estricta con ella, así que siempre debió saber que Alex era un dragón.

Deseó que su madre estuviera allí para contarle más cosas sobre su padre y su faceta como dragón.

Sentía náuseas con solo pensar que había una parte de su persona que no había conocido, y que quizá no llegaría a conocer nunca.

Incómoda, llena de un repentino sentimiento de culpa, Alex se removió en el asiento. Era la primera vez que pensaba en su madre desde que se había ido de casa.

—De vez en cuando voy a visitar a mis padres —decía Kaida en ese momento—. Solo para asegurarme de que papá no se haya comido por accidente a esos adolescentes que tiran las bolsas de patatas vacías a nuestro jardín.

—Oh, pero ¿qué cree él que estás haciendo aquí?

—Oliphos montó todo un espectáculo, lo hizo muy oficial. Con traje y corbata y todo… le dijo que iría a una academia para niños superdotados. Lo cual en cierto sentido es verdad, ¿no? Ah, pero hablando de los infradotados… —Abrió los ojos con expresión de diablilla—. El humano está aquí.

Erik había subido para sentarse al lado de Alex y se estaba sirviendo una chuleta de cordero mientras lanzaba una mirada furiosa a Ferox y sus amigos. Olía a pelo quemado.

«PUM-PUM. PUM-PUM».

Alex miró por una ventana rota y vio que algo se movía en el exterior, desplazándose con el cuidado y la paciencia de una pantera. Se inclinó hacia delante, intentando verlo mejor.

Pero ya había desaparecido.

Bajó la vista hacia su mano y experimentó una cálida sensación de satisfacción.

—Mira —dijo, mostrándosela a Erik—. Ya no tengo miedo.

Él sonrió al verla tan firme.

—Supongo que no —dijo, y su sonrisa se desvaneció de golpe—. Alex, ¿te encuentras bien?

Alex se tambaleó, de repente estaba mareada, y Erik la sujetó antes de que se cayera del banco. La mesa parecía dar vueltas sin parar y la luz de las velas manchó su visión. El cuello de la camisa le apretaba tanto que estaba ahogándola.

Pan se subió al banco de un salto.

—¡Está pasando!

—N-no me encuentro bien —susurró Alex, desabrochándose el botón superior. El estómago le borboteaba como un caldero—. ¿Es la conmoción dragonil?

—No —contestó Kaida, ansiosa—. Mira.

Alex bajó la vista. Unos minúsculos hilos de humo parecían elevarse desde el dorso de su mano.

—¿Qué… qué me está pasando?

Miró a Erik, a su expresión asombrada y distante.

—Te estás transformando.