Capítulo 9
M edia hora después, a Alex le seguían temblando las manos, pero por fin pudo ver la isla con claridad.
Esta se clavaba en el cielo con el lado derecho teñido de rosa por los últimos rayos del ocaso, el otro plateado por la luz de la luna.
Estaba cubierta de frondosos bosques espolvoreados por la nieve, y unos jirones de nubes de tormenta se arremolinaban en torno a su base rocosa.
Mientras el barco atravesaba la sombra de la montaña, Alex reparó en unas cabras greñudas que trotaban de manera precaria entre unas cornisas del ancho de un lápiz, y en las bandadas de frailecillos que se habían reunido alrededor de los estanques helados.
No veía casas ni gente, pero el olor del lugar le recordaba a su propio bosque, a su hogar: el mantillo de la tierra, la brisa fresca y helada.
—¿Estás bien? —le preguntó Erik.
—Sí, gracias —contestó ella, ocultando las manos en los bolsillos.
El agua volvió a inundar la cubierta cuando Mog saltó al mar.
El gigante, con el agua hasta los hombros, cogió el barco y lo condujo hasta la playa de guijarros grises cubiertos por el pringue de unas gomosas algas.
El rebaño de ovejas que esperaba allí paciente baló de satisfacción cuando Mog se unió a ellas y comenzó a descargar los barriles del barco.
—Lamento que el viaje haya sido tan accidentado —dijo Oliphos mientras ayudaba a Alex a bajar.
Erik salió corriendo, atravesó la playa y se metió en el bosque helado, donde se puso a saltar con alegría de un tronco podrido al otro.
—¿Está muy lejos? —le preguntó ella con las piernas aún temblorosas, mientras intentaba seguir su ritmo.
—Hay unos veinte minutos a pie hasta la Casa. Es normal, ¿sabes?
—Hum, ¿el qué es normal?
Erik levantó la vista hacia el cielo.
—Tenerles miedo.
—Yo no les tengo miedo —se apresuró ella a contestar, secándose las gotas de lluvia de la frente.
Erik siguió con la mirada sus dedos trémulos.
—Yo también les tenía miedo. Cuando llegué.
—No les tengo el menor miedo —repitió ella con firmeza. A lo lejos sonó otro rugido y a ella le castañetearon los dientes. Miró a Erik a los ojos—. Pero… ¿ya no los temes?
Él sonrió con la misma expresión perezosa y torcida.
—Pues claro que no. Me encanta estar aquí. Se supone que tengo que ayudar con la limpieza y la cocina, pero en general hago lo que quiero. Y los draquis no son tan malos, siempre y cuando los trates con dureza.
—¿Los draquis?
—Oh, es como llamamos a los niños dragones.
—Dragones… infantiles —repitió Alex. La unión de esas dos palabras parecía muy extraña—. ¿Vamos… Los veremos pronto?
—Sí, cuando lleguemos a la Casa. Estarán cenando.
Se oyó un sonoro crujido.
—¿Qué ha sido eso? —Alex miró hacia los árboles.
—Humm, quizá sea Rannock otra vez, ¿o Karrox? —contestó Erik—. Salen a deambular de noche. Pero no te preocupes. —Señaló hacia el pie de la colina, donde Oliphos avanzaba penosamente en dirección a ellos—. Nada nos hará daño mientras él esté cerca.
—No me preocupo —murmuró Alex, y sus ojos se dispararon hacia lo alto—. No me preocupa en lo más mínimo.
—¡Eh, que os oigo! —gritó Mog hacia el bosque, abrazando a dos ovejas contra el pecho—. ¡Como me devoréis alguna pieza del rebaño os doy una paliza!
Alex lanzó un largo suspiro, aunque a un volumen lo bastante bajo para que Erik no la oyera.
Si su padre hubiera estado allí, con toda probabilidad le habría dicho algo útil y paternal para reconfortarla, pero a ella no se le ocurría nada.
No podía más que prestar atención por si volvían a sonar los latidos de un corazón inmenso, o ese rugido horrible.
En lugar de eso, oyó a unos niños.
El ruido que hacían llegó a trompicones por el bosque. Las explosiones de sus gritos, chillidos y risotadas salvajes. Parecían más o menos humanos.
—Mira, allí —le dijo Erik, señalando al otro lado de los árboles.
Una gran mansión yacía en la oscuridad, acurrucada con comodidad contra la ladera de la montaña.
Lucía un manto plateado de musgo y brezo, como si se hubiera fundido con el bosque mismo.
Como un viejo cobertizo para las herramientas en medio de un jardín frondoso.
Una montañita de botas descansaba frente a la puerta delantera y por las ventanas salían destellos de una alegre hoguera.
«CRASH».
El cristal estalló en un lado y un manojo de extremidades coriáceas cayó al exterior, y desapareció con un crujido dentro de un montículo de nieve.
Alex retrocedió trastabillando. Se encontraba a unos siete metros de ellos, quizá menos.
Y estaba segura de haber visto unas garras negras, unos dientes afilados y una cola serrada.
—¡Duncan! —bramó Oliphos—. ¡Serás tonto… Se supone que tienes que abrir la ventana antes de saltar! —Se volvió hacia Alex—. Aún está aprendiendo a volar.
Ella vio aparecer una cabeza de niño con el pelo salpicado de copos de nieve. No podía tener más que siete años.
—Es un… es un… —Alex tragó saliva.
—¡Amelia me ha empujado, señor!
—¡Yo no he sido, lo prometo! —gritó una niña desde la ventana rota—. ¡Él me ha atacado y yo solo me he defendido!
Alex bajó la vista y se dio cuenta de que en algún momento había cogido a Erik de la mano. Vio que el muchacho le sonreía.
—No les tengo miedo —dijo, apartándose.
Pero dio un salto cuando la puerta se abrió de golpe y por ella salió una llamarada súbita y ruidosa de risas infantiles, como si hubieran echado gasolina al fuego.
Apareció una niña con los ojos muy abiertos y emocionados.
—¡Habéis vuelto! —gritó, y bajó los escalones de tres en tres para darle un abrazo a Alex que bien podría haberle roto varios huesos.
Tenía el cabello liso y moreno, las orejas grandes y una voz profunda y atronadora—.
Hemos estado apostando sobre el color de tus escamas.
Yo he dicho que verde, ¿eres verde? Dicen que los dragones de color verde son los que vuelan más rápido.
Me llamo Kaida, por cierto. —Le estrechó la mano a Alex con fuerza—. ¡Ven, debes estar muerta de hambre!
Cogió a Alex por la muñeca, el contacto era cálido y firme, y tiró de ella hacia la puerta.
Entraron en un vestíbulo imponente. Alex apenas había tenido tiempo de hacerse una idea de la altura del techo y la anchura de la escalera de roble antes de chocar contra dos muchachos enfrascados en una discusión.
Uno amenazaba al otro con el puño en alto, y unos hilillos de humo brotaban de sus dedos.
—¡EH! —rugió Kaida mientras lo empujaba contra la pared—. ¡Que traigo a una chica nueva! Ya conoces las reglas, Peter… ni se te ocurra transformarte. —Se volvió hacia Alex—. Ver a demasiados dragones a la vez puede hacer que se te fría el cerebro.
—Lo llaman «conmoción dragonil» —dijo Erik a sus espaldas—. Es mejor que los vayas viendo con lentitud, poco a poco.
—Me freiría… Me… —tartamudeó Alex.
—Sí, préstale atención a Erik… Probablemente sigues teniendo miedo a los dragones, ¿verdad, Erik? —dijo Kaida en broma, y el chico la fulminó con la mirada.
—Yo no le tengo miedo a nada —contestó, y sonó como si estuviera diciendo la verdad.
—¿Me f-freiría el cerebro?
Encima de una puerta inmensa colgaban unas fotografías desvaídas en blanco y negro.
Alex se fijó en una que mostraba a un niño que sonreía sentado encima de algo inmenso.
La parte inferior de la foto estaba tan gastada que costaba identificar lo que era, pero al observarla más de cerca reparó en que había un ojo con una pupila vertical de gran tamaño.
—Recuérdalo: tú también eres un dragón —le susurró Erik a su lado.
Alex asintió con la cabeza, agradecida.
—Soy un dragón —dijo, probándose esas palabras como si fueran una camisa nueva.
No parecían quedarle demasiado bien.
—¡Vamos! —bramó Kaida—. Todos están en el Zampador.
Se abalanzó hacia la puerta tirando de Alex, que se encontró de repente en una sala de piedra de ambiente cargado, rebosante de ruido, de olor a madera quemada y a carne chamuscada, y del aroma dulce de la tormenta.
Y allí estaban ellos.
Tres decenas de mesas redondas estaban suspendidas en el aire, sostenidas por gruesas cadenas de hierro, una encima de la otra hasta llegar al mismísimo techo.
Habían atado bancas a ellas con unas cuerdas deshilachadas, y las piernas colgantes se balanceaban de aquí para allá mientras un centenar de niños comían sin parar, mostrando los dientes, hinchando los agujeros de la nariz, derramando humo por los labios.
Incluso en su forma humana seguían siendo dragones.
Engullían pilas de carne roja con las manos, no parecían tragar en ningún momento, y las mesas se mecían como péndulos mientras se daban codazos, se tiraban porciones de puré de patata y se reían con tanta fuerza que acababan por regurgitar la comida.
Tenían el pelo alborotado, las sonrisas teñidas de salsa, la ropa manchada de sopa.
Y sus ojos…
Sus ojos eran grandes y salvajes.
Una niña subió por una de las escaleras de madera de las paredes, ágil como una acróbata, dejando atrás dibujos infantiles, mapas antiguos y altos ventanales con los cristales rotos sobre los que habían clavado tablones de madera.
Muchos de los peldaños estaban partidos por la mitad, y algo muy afilado había dejado unos surcos profundos en la piedra que había detrás.
—¡Sígueme! —le gritó Kaida, y guio a Alex por una alfombra pantanosa de restos de comida que aspiraban dos perros, un gato y una niña muy pequeña con trenzas.
Kaida comenzó a subir por una escalera, pero Alex se quedó al pie de la misma, dirigiendo una mueca de dolor a la lluvia de migas y cartílagos.
—No tendrás miedo a las alturas, ¿verdad? —le preguntó Erik.