Capítulo 8 #2
Alex sintió un escalofrío en el cuello. El chico se inclinó hacia delante, lo que reveló unos ojos grandes del color de la miel y una sonrisa pícara y torcida, como si se le acabara de ocurrir algo gracioso y no viera el momento de contárselo.
—¿Lo soy? —Alex sintió que sus ideas se espesaban como el sirope—. Quiero decir que no, no soy un dragón. Quiero decir que te calles. Quiero decir… ¿Cómo lo has sabido?
Él se volvió, dándole la espalda, y se miró las uñas.
—Oliphos solo trae a niños a Skralla si son dragones. —De repente la miró—. O para que cenemos.
Oliphos se aupó para subir al barco.
—Alex, este es Erik —dijo, alborotándole el pelo con gesto cariñoso—. Intenta no tomarte demasiado en serio lo que te diga.
Erik le ofreció la mano para subir y el barco se balanceó cuando ella puso un pie en él, temblorosa. La cubierta estaba llena de barriles y olía a paja y oveja. Una amplia lona de color azul tapaba uno de sus costados.
—Tú… ¿tú también eres un dragón?
Erik le mostró los dientes.
—¿Tú qué crees?
Su voz tenía un deje severo y susurrante, como el sonido del viento al atravesar el bosque. Alex dio un paso vacilante al frente mientras examinaba sus rizos de color castaño y se preguntaba si sus dientes eran más afilados que los de la mayoría de la gente.
—No sé lo que se supone que debo buscar.
—No hay forma de saberlo… pero confía en mí. —Hinchó el pecho—. Soy el dragón más feroz que vayas a conocer.
Alex sonrió; era extraño, pero se sentía reconfortada. Los dragones no podían ser tan malos si ese chico era uno de ellos, ¿verdad?
—No es ningún dragón —dijo Oliphos.
Erik lo fulminó con la mirada.
—Era solo una broma. Pero sí que soy muy importante. En esencia, me ocupo de todo en Skralla.
—Nos ayuda con la limpieza y la cocina —dijo Oliphos mientras tiraba una palada de carbón al interior de una caldera—. El pobre apareció un día, muerto de hambre, temblando. No me di cuenta de que sería una cosa tan molesta.
El motor tosió y el humo brotó por la chimenea. La playa comenzó a alejarse de ellos mientras el barco ascendía y descendía como un ascensor estropeado. Alex se agarró con fuerza a la barandilla.
—¿Te da miedo el mar? —le preguntó Erik.
—No —mintió ella.
—Te tiemblan las manos.
—Es solo el frío.
—Entonces tendrías que beber un poco de esto.
Cogió un termo, llenó una taza metálica y se la pasó. El líquido desprendía un hilillo de humo de olor dulce y, al probarlo, Alex notó que un sabor a especia, humo y caramelo se derramaba sobre su lengua. Era como beber una hoguera cremosa.
—Es fantástico. ¿Qué es? —Tomó otro trago.
—Es leche de dragón.
Alex escupió sobre la cubierta el líquido que tenía en la boca.
—¿Leche de dragón?
Erik sonrió.
—En realidad, no. Se llama «medu». Es una vieja bebida de los dragones, pero no sale de ellos.
Alex se quedó mirando la taza, esforzándose por imaginar a un grupo de dragones sentados como niños en una merienda infantil.
—Bueno, ¿y qué se siente? —preguntó Erik—. Ya sabes, al ser un dragón y tal.
—Oh, hum, la verdad es que no tengo ni idea. Es como que… me he transformado en uno mientras estaba sonámbula.
—Pero no le hiciste daño a nadie, ¿no?
—C-creo que no. Aunque le di un susto de muerte al señor Lowrie, que sigue buscando a la cabra que le desapareció.
Oh, no, no pensarás que… que me comí a la cabra, ¿verdad?
—Se retorció avergonzada—. Cuando volví a ser humana, ¿la cabra seguiría en mi barriga?
¿Por qué te ríes? Eh, para ya… ¡No hace gracia!
—Perdón, perdón. —Erik se tapó la boca con la mano, pero se le escapó otra risita—. Creo que, si te hubieras comido una cabra, te habrías enterado, no te preocupes.
De repente se puso a llover. Las gotas golpeaban la cabeza de Alex, que miró la lona, preguntándose si podrían usarla para protegerse.
—¿Qué hay ahí?
—Un gigante —contestó Erik.
—Ah, sí, claro. —Alex puso los ojos en blanco—. En serio…
—Manzanas, sobre todo. Coge una si tienes hambre.
A Alex le rugió el estómago y levantó una esquina de la lona.
Debajo había una cara inmensa y aterradora, con una nariz roja y bulbosa, y solo una oreja como un enorme filete de carne, pues le faltaba la otra.
Los ojos, del tamaño de cocos, estaban bien abiertos.
El gigante le ofreció una sonrisa de dientes amarillentos.
Alex se alejó de golpe, hasta llegar a tocar el lateral del barco con la espalda. Tenía el corazón a mil por hora.
—Eres malo —susurró.
—¿Qué? Pero si te lo he dicho. Tendrías que aprender a confiar en la gente. —Erik se metió la mano en el bolsillo—. Toma, una manzana.
La cubierta se bamboleó al ponerse en pie el gigante, que debía medir unos siete metros y tenía las piernas desgarbadas. Llevaba puesto un traje de raya diplomática de color azul, una corbata tejida de lana y un bombín negro. Y una oveja bajo el brazo.
—Mog, esta es Alex… el nuevo dragón.
El gigante hizo una gran reverencia.
—Es un placer —dijo, ofreciéndole algo que se parecía a una mano, rugosa y llena de cicatrices, con unas uñas duras como la corteza de un árbol.
Alex miró a Erik, que asintió con la cabeza para darle ánimos. Ella cogió el dedo meñique del gigante y se lo estrechó.
—Esta es Betty —rugió Mog, mostrándole a la oveja entre las manos. El animal parecía dormir profundamente, pero Alex le cogió una pezuña y se la sacudió, pensando que sería el gesto más cortés.
—¡Mira! —le dijo Erik, dándole un toque en el hombro—. ¡Rápido!
Un relámpago estalló sobre las nubes grises y se oyó el estruendo de un trueno.
—¿Lo has visto?
Alex se protegió los ojos mientras el relámpago restallaba de nuevo.
—¿No?
—Uno acaba de pasar volando por encima de nosotros… ¡Mira, allí! Creo que era Rannock.
Nerviosa, Alex inspeccionó el cielo, pero no vio nada más que nubes de tormenta del color del hierro.
Y allí, a lo lejos, contra el horizonte, una sombra en lo alto que cada vez era más grande.
—¿Eso es… Skralla?
El barco volvió a mecerse al picarse el mar. Mog abrió un paraguas del tamaño de una mesa de comedor.
—No te preocupes —le dijo Oliphos—. Todo está…
El cielo estalló en un mundo negro de relámpagos cegadores. El viento rasgó el paraguas de Mog y Alex quedó empapada bajo el picoteo de un millón de agujas de agua.
—¡Venid aquí, bonitos! —los llamó Mog, que se cogió a un lateral del barco y estrechó a Erik y a Alex con el otro brazo. Lo hizo con tanta fuerza que el codo del joven se clavó en las costillas de ella—. ¡No temáis, lindos! —gritó Mog—. ¡Todo irá bien!
El barco se sacudía como una atracción de feria, removiendo todo lo que Alex tenía en el estómago. Por alguna razón, Erik no había perdido la sonrisa.
—¿Cómo puedes sonreír? —le gritó Alex.
Se oyó un crujido sobre sus cabezas, como si una vela inmensa hubiera sufrido el embate del viento.
Erik ladeó la cabeza.
—Aquí hay alguien.
El mar erupcionó y les roció con su espuma, y Alex vio que algo largo y oscuro salía a la superficie retorciéndose.
El barco se estremeció, se quedó inmóvil de repente, y algo invisible comenzó a guiarlo a través de la tormenta.
Una ancha sombra se extendió bajo el agua y, a continuación, volvió a plegarse para impulsar el barco consigo.
Era algo descomunal, coriáceo.
—Es… es… tremendo.
—Lamento las turbulencias —dijo Oliphos, luchando por controlar el timón.
La enorme forma seguía creciendo en el horizonte y, cada vez que un relámpago destellaba, Alex podía verla: era una montaña que se elevaba hacia las nubes.
La chica se acercó al borde del barco. Ya no veía el ala ni la cola.
—¿Dónde se ha metido?
Entonces, algo chilló en el cielo.
Alex se tapó las orejas, el horroroso ruido hizo que le rechinaran los dientes: era el mismo sonido que había oído en el móvil del señor Lowrie, solo que mucho más real y mucho peor. Una feroz ráfaga de aire la tiró hacia delante y Erik tuvo que cogerla del brazo.
—Gracias —le dijo en un susurro y miró la sombra que les pasaba por encima en lo alto y derramaba sobre ellos cortinas de agua salada. Llevaba algo: una cosa pequeña y plateaba que se sacudía como un pez.
—¿Eso es… un tiburón?
—Eso creo —contestó Erik, entornando los ojos—. Sí.
La sombra ya se había perdido tras el velo de las nubes. Alex se afianzó de nuevo contra el hombro de Erik y contempló la montaña que tenían al frente.
—Erik, hum, ¿puedo hacerte una pregunta? ¿Y puedes prometerme que esta vez me dirás la verdad?
—Oh… sí, claro.
—¿Alguna vez ha muerto un niño en Skralla?
Erik apartó la vista y se quedó mirando las olas.
—No puedo contestar a eso.
—¿No lo sabes?
—No, sí que lo sé. Pero no puedo contestar.
Alex le quitó la mano del hombro.
—¿Por qué no puedes contestar?
Por primera vez desde que se conocían, Erik había dejado de sonreír.
—Porque la respuesta no te gustará nada.