El amanecer de los dragones (Dragonborn 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

A lex se abrochó el cinturón de seguridad, cogió un mapa del salpicadero y comenzó a romperle, nerviosa, los bordes. Los gritos del cráneo seguían estremeciéndole los huesos.

—Sonaba… desesperada. Como si quisiera que hiciésemos algo ya mismo.

Oliphos tamborileaba con las manos sobre el volante, los labios fruncidos.

—Ese era el cráneo de mi amiga Cindraw. Desapareció hace años… Es muy probable que ya sea demasiado tarde.

«Drak Midna. Drak Midna».

—Le tiene mucho miedo. Y Pups también.

—Ajá, y bien que hacen. Cuando los monstruos quieren asustar a sus hijos, les cuentan historias de Drak Midna.

Lleva tres mil años abriéndose paso a fuego por el mundo: ha arrasado ciudades enteras de la noche a la mañana, han encontrado a hombres muertos dentro de habitaciones cerradas a cal y canto.

La mitad de las maldades que tienen lugar en el mundo son culpa suya.

—Oliphos se volvió hacia ella, las cejas enarcadas—.

Él hundió el Titanic, ¿sabes? Yo mismo me sumergí para ver el pecio.

Eso no lo hizo ningún iceberg: el casco estaba fundido.

—Pero, si es un dragón tan grande, ¿no puedes encontrarlo?

Oliphos se encogió de hombros.

—No tengo ni idea de qué aspecto tiene. No he visto nunca su forma humana.

—Señaló al anciano que esperaba paciente en la esquina a que su perro acabara de hacer pis en una farola—.

Hasta donde yo sé, ese viejo podría ser Drak Midna.

He atrapado a algunos dragones leales a él, pero en lo que respecta al propio Drak Midna…

parece que siempre llego demasiado tarde.

Y, aunque lo encontrara, bueno, ya te lo he dicho: es más grande que yo.

—Y quiere esa filatelia, falteria, fil…

—Filacteria, ajá —dijo Oliphos—. Es una cajita mágica. Se supone que es, bueno, así de grande. —Le dio un empujoncito a uno de los dados esponjosos de color amarillo que colgaban del retrovisor central—. Es dorada y tiene unos dragones plateados en la tapa.

Alex vio mecerse los dados y se preguntó por qué se armaba tanto escándalo por algo tan pequeño.

—¿Qué tiene dentro?

—Nadie lo sabe con seguridad. Pero la mayoría cree que contiene un ejército.

—¿Un ejército? —Alex frunció el ceño—. ¿Cómo podría caber un ejército dentro de una caja?

—¿Cómo puede un coche caber dentro de mi bolsillo?

¿Cómo puede caber un dragón dentro de una colegiala?

Pero ya va bien que sea tan pequeña, porque se le ha dado mejor jugar al escondite que a Drak Midna.

Nadie ha sido capaz de encontrar esa cosita tan tonta.

Muchos lo han probado y muchos han muerto en el intento.

Pero Drak Midna la desea por encima de cualquier otra cosa.

Quizá sea grande, pero no es más que un solo dragón, y quedamos tan pocos en la actualidad… Pero, si tuviera la Filacteria, bueno…

Oliphos parpadeó, como si de repente se hubiera dado cuenta de que no estaba solo hablando consigo mismo.

—Pero tú no tienes que preocuparte, ¿de acuerdo? Olvídate de la Filacteria, del cráneo y, sobre todo, de Drak Midna. Es problema mío. Y, pase lo que pase, no le menciones nada de esto a nadie en Skralla, ¿de acuerdo?

—Pero ¿y si hablo con el cráneo… con Cindraw de nuevo? Y veo si…

El coche gruñó lastimero cuando Oliphos hizo girar la llave para ponerlo en marcha.

—Alex, escúchame… Quienes van en busca de la Filacteria tienen por costumbre aparecer muertos. Quítatelo de la cabeza. Eres demasiado joven para preocuparte por las cosas de los viejos.

Enfurruñada, Alex dobló el mapa y lo dejó de nuevo en el salpicadero.

Viajaron veinte minutos en silencio y acabaron aparcando en un callejón que apestaba a cloaca, donde unas palomas se peleaban por unas patatas fritas abandonadas y un gato estaba vomitando.

Alex cerró la puerta del coche e intentó respirar por la boca.

—¿Skralla está aquí?

—Ajá, en cierto sentido —dijo Oliphos, manipulando el tapón de una botella de cristal. Alex se sobresaltó: el coche había desaparecido y dentro de la botella había una réplica exacta del vehículo en miniatura—. Práctico, ¿eh? Bueno, en marcha.

Abrió el candado de una verja herrumbrosa y la guio por un túnel a oscuras que olía a pescadería, donde el único ruido que se oía era el goteo que sonaba por encima de sus cabezas.

Alex estaba preguntándose cómo verían el camino cuando Oliphos escupió un destello de fuego dorado que cayó al suelo y se quedó allí chisporroteando para iluminar el túnel.

Alex lo sorteó, nerviosa, y bajó detrás de Oliphos por una escalera cubierta de limo que desembocaba en una gran puerta de piedra.

Su pie chapoteó en algo; por debajo de la puerta se colaban unas olitas espumosas que dejaban una costra de cristales blancos. Por alguna razón había ostras en la pared.

—¿Esto es… agua de mar? Pero si no estamos cerca del mar.

Oliphos hizo una mueca.

—Ay, debería haberlo previsto. Supongo que no eres un amante del mar, ¿no?

—No, la verdad es que no. —Alex tragó saliva. Sus pesadillas solían terminar con unas olas inmensas aplastándola y ella se despertaba en un remolino de sábanas bañadas en sudor—. ¿Cómo es posible que el mar esté al otro lado de esta puerta?

—Vamos a tomar un atajo.

Oliphos levantó una tapa de metal en la puerta y dejó a la vista una cerradura. Alex pensó que iba a sacar una llave, pero en su lugar escupió otra llamita contra el agujero.

La puerta se iluminó desde dentro y el fuego se abrió paso a través de la piedra por lo que parecían unos finos canales de cristal, hasta dibujar una figura enroscada y reptiliana de alas desplegadas que los miró con los ojos relucientes.

Se oyó un clic y la puerta comenzó a abrirse.

Alex se aferró a Oliphos mientras el agua entraba con fuerza. Le sorprendió notarla tan gélida contra las piernas desnudas.

—¿Preparada? —preguntó él.

A través de la rendija, Alex entrevió un cielo de color pizarra en el que se arremolinaban las gaviotas. La invadían el frío y el miedo, y le costaba separar una cosa de la otra.

Asintió con la cabeza.

—Ten, cógeme la mano. Y créeme, Alex: no te soltaré.

El agua le llegaba ya por la cintura cuando cruzó la puerta detrás de Oliphos. De repente estaban al aire libre, bajo la tenue luz del día, y unas olas embravecidas de color gris rompían a su alrededor.

—Venga, salgamos de estas malditas aguas.

Alex se concentró en los copetes ondulados de brezo que había en la playa de guijarros que tenía al frente, e intentó no resbalar sobre las piedrecitas que pisaba ahora.

Se agarró con más fuerza a la mano de Oliphos.

La puerta se cerró a sus espaldas pero, cuando Alex se volvió a mirarla, allí solo había una roca negra que sobresalía del mar.

La puerta había pasado a ser invisible por debajo de una capa de musgo.

—¿Dónde… dónde…? —El frío no la dejaba hablar.

—A eso lo llamamos trocha —dijo Oliphos—. Es un puente entre dos lugares alejados entre sí. Ahora estamos en el Reino Oculto de Enderin.

Alex miró a su alrededor, incrédula. El viento cortante, el ardor del agua salada en sus tobillos rasguñados…

Todo era muy real. Por encima de la playa, a lo lejos, había una cordillera montañosa que rascaba el cielo con sus bordes dentados y que le hizo pensar en un grupo de abuelos dementes y aterradores; las cejas nevadas y las barbas herbosas, con velos de niebla que se enroscaban a su alrededor como el humo de su tabaco.

—Lugares alejados entre sí… —Dio un salto cuando algo fibroso le rozó la pierna—. ¿Cuánto?

—Unos seiscientos cincuenta kilómetros.

—¿Seiscientos cincuenta?

—Las trochas son una gran manera de desplazarse, si las usas con cuidado.

No te preocupes si se te ha revuelto el estómago, muchos pequeñines suelen vomitar a estas alturas.

Bueno, vamos a secarnos un poco. —Respiró hondo y lanzó una bola de fuego sobre la arena—.

Hum… —dijo, calentándose las manos junto a la llama crepitante—.

Ojalá tuviera unos malvaviscos. —Estornudó y un pegote minúsculo de fuego cayó junto a su zapato—. Ups.

En ese momento, la tensa maraña de nervios en el pecho de Alex se aflojó de repente y comenzó a reírse a carcajadas, pero también a sollozar, y no pudo detener ni las risas ni las lágrimas. Se preguntó si no se habría vuelto loca.

—Oh… —Oliphos sonrió—. Así que esto te parece desternillante…

—Lo siento… Es solo que no eres tal y como me imaginaba un dragón.

—Espero que eso sea un cumplido. Todos somos diferentes, ¿sabes? Ya lo verás cuando lleguemos.

Señaló una masa de nubes en el horizonte; era tan densa que parecía sólida. Como un castillo que se elevara desde el mar.

Un copo de color marrón pasó volando por encima de las nubes y, a continuación, se desvaneció en su interior.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Alex en un susurro.

—No lo sé, no miraba. Pero probablemente era un dragón.

La chica retrocedió poco a poco, y el hombre se rio.

—Alex, ¿acaso lo has olvidado? Tú eres un dragón. —Apagó las llamas con la bota y gruñó—. Es que unos pocos malvaviscos rosados habrían estado de lujo.

—¿Y cómo llegamos hasta allí?

—En eso.

Oliphos señaló un muelle que había en la playa y la embarcación amarrada a él. A Alex se le hizo un nudo en el estómago. Se clavó las uñas en la palma de las manos: no quería ser uno de «los pequeñines» que vomitaban.

—Llevo… llevo un tiempo sin subirme a un barco.

—Bueno, la otra opción es que te subas a mi grupa y te lleve volando.

Alex tosió.

—Cojamos el barco.

Atravesaron el muelle astillado hasta la nave: un herrumbroso remolcador que parecía haberse metido en una pelea con el mar y haber salido derrotado.

Un muchacho los observaba desde la cubierta, recostado con pereza sobre una barandilla, con el sol poniente dibujando un halo en torno a su cabeza.

Una silueta diabólica con una reluciente sonrisa de dientes blancos.

—Eres un dragón —dijo.