Capítulo 7 #2
La voz de Alex fue apagándose. Se trataba de un mapa de las islas británicas, pero en el que nada parecía encontrarse en su sitio.
Gran Bretaña estaba hinchada, gruesa, como si se hubiera bebido la mitad del océano que la rodeaba.
Escocia era más larga y puntiaguda, y el extremo sudoeste de Inglaterra se prolongaba mucho más de lo normal, mientras que la costa occidental de Irlanda se abría en abanico como un ala dentada.
—Nunca había visto un mapa así.
Pups asintió con la cabeza, pensativo.
—Bueno, eso se debe a que la mitad de Gran Bretaña ha quedado oculta por una magia muy poderosa. «El Ultramundo», lo llaman algunos de manera poética, pero inexacta. Porque no es otro mundo. Es el nuestro. Lo que pasa es que no lo vemos.
Justo en el centro de Gran Bretaña, al norte de Manchester, había una ciudad del tamaño de Londres. UNDWIN , decían las letras junto a ella.
—¿De verdad existe una ciudad llamada Undwin?
—Sí. —Pups suspiró—. La Ciudad Secreta. Esperaba poder visitarla algún día, pero nunca he dado con la manera de entrar en ella. Y dudo que llegue a tener la oportunidad: las aventuras son cosas de jóvenes. Bueno, acabemos con esto de una vez.
Pasó los dedos por los bordes del mapa. Se oyó un clic, y el mapa se abrió hacia delante.
Tras él había una estancia estrecha y alargada, llena de vitrinas de cristal.
Alex las miró, fascinada, y pegó las manos a la primera con que se encontró.
Colgada de un alambre había un ala de gran tamaño, en forma de lágrima, que titilaba como el aceite en el agua.
ALA DE HADA —rezaba la etiqueta al pie—.
CORNUALLES, 1975, CONSERVADA EN CRISTAL .
La vitrina siguiente contenía el esqueleto de lo que parecía ser un león, solo que con unas alas inmensas parecidas a las de un murciélago.
ESQUELETO DE MANTÍCORA, FIFE, 1971 . Otra mostraba una foto desleída de una mujer con ropa victoriana que estaba parada al lado de un par de piernas que desaparecían por la parte superior de la imagen, con unos pies calzados del tamaño de unos autos de choque.
—¡Aparta esos dedos mugrosos del cristal! —le gritó Pups, que se le acercó renqueando.
Pasaron junto a una vitrina de armas que ningún ser humano podría haber levantado (hacha de trol, lanza de trol, cuchara de postre de trol) y, a continuación, de otra en la que había una criatura endiablada, de color verde grisáceo, con largos colmillos y unos ojos bulbosos que miraban en direcciones diferentes.
ORCO, DISTRITO DE PEAK, 1981 . El hocico le colgaba de un hilo de coser.
—Tengo que practicar más con la taxidermia —gruñó Pups.
—Además, es un trasgo —dijo Oliphos—. No un orco.
Alex se detuvo frente a un amplio óleo con un paisaje de color verde y unas nubes de tormenta a lo lejos.
—William Turner, Oxfordshire, 1841 —leyó—. ¿Es un pintor famoso?
—Mucho. Pero este cuadro nunca pudo ver la luz del día. Mira.
Estaba justo al lado del dedo de Pups, detrás de una nube. Una sombra alada y reptiliana.
Alex tragó saliva. ¿Cómo era posible que ella fuera así?
—Sí, aquí está. —Pups se detuvo al lado de una larga caja de madera—. Echad un vistazo y os largáis de mi museo.
Oliphos abrió la caja y se le salieron los ojos de las órbitas.
—No, no lo toques… —comenzó a decir Pups, pero Oliphos ya la había sacado: una larga vara dorada con una esquirla azul en la punta—. ¡Pero vamos a ver! Estoy harto de que pienses que puedes entrar aquí y birlarme mis más preciadas posesiones.
Oliphos lo ignoró mientras hacía girar la vara entre las manos.
—Es el cetro de Rackabimbus. Es demasiado peligroso para dejarlo guardado en el armario de un viejo chocho que no se entera de nada.
—¡Viejo chocho! ¿Cómo te atreves? Mi cerebro es agudo como una guillotina, veloz como…
Alex los dejó discutiendo. En el otro extremo de la sala había atisbado una enorme sábana blancuzca que cubría algo de gran tamaño. Por alguna razón, verla había hecho que se le erizara el vello de los brazos. No pudo evitar tirar de una de las esquinas de la sábana.
Esta cayó de golpe y Alex retrocedió tambaleándose; le latía el corazón con tanta fuerza que no oía nada más.
Debajo había un cráneo. Más grande que el de un elefante.
Que el de una ballena. Que el de un dinosaurio.
De su parte superior salían dos cuernos inmensos y retorcidos, las cuencas de sus ojos eran tan anchas que podría haberse metido en ellas.
Era de un color marrón rojizo oscuro, tenía las fauces abiertas como si estuviera riéndose, con centenares de dientes negros y afilados como cuchillos.
Alex se llevó una mano a la cabeza y palpó su propio cráneo humano por debajo de la piel. ¿Cómo podía ser ella la misma cosa que aquello? Se preguntó si ella era como el mapa arrugado y tenía partes que eran invisibles.
—¡No! —gritó Pups—. ¡No tienes que mirar ahí!
—Yo solo… Solo estaba…
Oliphos se volvió, sujetó a Pups por las solapas y lo estampó contra una vitrina.
—¿Cómo has conseguido eso?
—Bueno, ya sabes… —Las manos del hombrecillo revoloteaban nerviosas—. Tengo mis contactos.
—¿Cómo te sentirías si tuviera el cráneo de uno de tus amigos colgado en mi cocina? —preguntó Oliphos, y un hilillo de humo salió enroscándose de su boca.
—Entonces es verdad… —susurró Pups, abriendo mucho los ojos por la fascinación que sentía—. ¿Es lo que eres en realidad?
—Reconozco esos cuernos… Yo conocí a este dragón. —Una lágrima corrió por su mejilla—. La conocía desde que era una chiquilla. ¿QUÉ ESTÁ HACIENDO AQUÍ?
—Y-yo… —tartamudeó Pups.
Se había quedado tan pálido como su pelo.
«La tienen».
Las palabras atravesaron a Alex como un viento helado. Se quedó rígida, conmocionada, mirando el cráneo.
—¿Estás bien, Alex? —le preguntó Oliphos.
Pero ella no podía apartar la mirada del cráneo.
—¿La… la tienen?
—¿Si tienen el qué?
Alex miró a Oliphos y luego a Pups, y frunció el ceño al ver sus expresiones confundidas.
—¿No lo habéis oído? Un momento… Los… los cráneos de dragón, ¿normalmente hablan?
Pups lanzó un grito y se apoyó contra el lateral de la vitrina. Oliphos la miró con gran seriedad.
—No. No hablan.
«La tienen. ¡La Filacteria! ¡La vi en sus manos! ¡Él no tardará en recibirla!».
Alex no oyó las palabras: las sintió, las notó retumbar en sus huesos.
—Dice que tienen algo llamado… fli… fila… filac…
Oliphos tragó saliva.
—Filacteria —dijo, en un susurro apenas.
—Filacteria —repitió Alex.
«¡Sí, la Filacteria! ¡La tienen!».
Alex retrocedió otro paso.
—¿Me… me has oído hablar ahora mismo?
«¡Tienes que detenerlos! ¡Se la llevarán a él!».
—¿Puedes hablar con eso? —preguntó Pups, atrapado en algún punto entre el terror y la emoción—. Eso es fantástico, inédito. ¿Qué ha dicho?
—Dice que… ¿van a llevársela a alguien?
Oliphos parecía haber perdido la capacidad del habla. Pups se acercó renqueando a Alex.
—¿A quién?
La chica se volvió hacia el cráneo.
—¿A quién?
«¡A DRAK MIDNA! —gritó el cráneo con tanta fuerza que a Alex comenzó a dolerle la cabeza—. ¡A DRAK MIDNA!».
—A Drak Midna —susurró.
Pups se tapó la boca con la mano.
—La Noche Cruel. La Gran Oscuridad… —Sus ojos comenzaron a moverse de aquí para allá llevados por el pánico, como si de repente estuvieran sufriendo un ataque.
«¡DRAK MIDNA! ¡DRAK MIDNA! ¡DRAK MIDNA! —siguió gritando el cráneo. Las palabras eran como punzadas detrás de los ojos de Alex, que se tapó las orejas. Pero eso no la ayudó en nada y comenzó a gemir cuando el dolor se volvió insoportable—. ¡LA TENDRÁ! ¡DRAK MIDNA DEVORARÁ EL MUNDO!».
—Ven, vámonos de aquí —le dijo Oliphos, pasándole el brazo con suavidad por el hombro—. Me llevo esto, Pups. —Cogió el cetro, y apuntó hacia el cráneo con él—. Y volveré a por eso.
Pups estaba demasiado distraído para discutir; se había quedado mirando, maravillado, el cráneo y luego a Alex. Ella se notó aliviada al salir de nuevo a la calle: los gritos del cráneo se habían acallado. Se apoyó en el coche y se frotó los ojos para sacudirse el dolor de encima.
—¿He hecho algo mal? —preguntó, pues Oliphos contemplaba el cielo como si estuviera a punto de caérsele encima.
—¿Hum? Oh, no, pues claro que no. —Oliphos suspiró—. Escucha: ¿recuerdas cuando estábamos en tu cocina y tu madre dijo que yo era una de las personas más peligrosas del mundo?
Alex se aclaró la garganta.
—Sí, creo que lo recuerdo.
—Bueno, no iba errada. Soy el segundo dragón más grande que queda sobre la Tierra. Pero si hay algo que hace que me tiemblen las manos de miedo, que no me deja dormir por la noche, es él.
Alex frunció el ceño.
—¿Drak Midna? ¿Quién es?
—El dragón más grande del mundo.