Capítulo 7
A travesaron los remolinos de niebla y llegaron al fin a una carretera vacía, anclada con firmeza en medio de ninguna parte.
—¡Ah, ya estamos aquí! —anunció Oliphos con alegría.
Alex miró arriba y abajo, pero no vio nada más que barro y pavimento.
—Hum, ¿y dónde sería «aquí», exactamente? —preguntó mientras el hombre abría la puerta de un viejo coche de color gris.
Alex parpadeó, sorprendida. Estaba segura de que el coche no estaba allí un momento antes.
—¿De dónde ha salido eso?
—De una dimensión mágica de bolsillo que, bueno, llevo dentro del bolsillo.
El coche olía como el interior de una lata de galletas.
Unos dados esponjosos de color amarillo colgaban del retrovisor central, el relleno verde sobresalía por los agujeros de los asientos y un hipopótamo rosa con leotardos asomaba por el salpicadero.
Alex sonrió mientras le daba un toque con el dedo y el animal se meneaba de aquí para allá.
—Qué bicho tan gracioso, ¿verdad? —dijo Oliphos—. Lo conseguí en una gasolinera.
Alex se sintió un tanto reconfortada al ver que al dueño de la imponente sombra que había entrevisto un rato antes le parecía divertido un hipopótamo de plástico.
—Nunca me habría imaginado a un dragón conduciendo este tipo de coche —dijo.
Oliphos tuvo que encorvarse para entrar en el asiento y, aun así, se vio obligado a ladear la cabeza.
—Oh… ¿Sueles pensar mucho sobre el tipo de coches que conduciría un dragón?
Alex notó que se ruborizaba.
—Lo siento, no pretendía ser grosera.
Oliphos abrió la guantera y sacó un paquete de tortitas de supermercado. Se metió tres en la boca y le ofreció el resto a Alex, que negó con la cabeza porque seguía con el estómago revuelto.
—Pero ¿no puedes…? Quiero decir si no puedes, hum…
—¿Volar? ¡Ja! Pues claro que no, la gente se daría cuenta. Hubo una vez en que me estrellé contra el lago Ness después de una pequeña, bueno, de una riña. Al sacar la cabeza del agua me encontré con que tres humanos me miraban embobados. Siglos después se sigue hablando del tema.
—Espera… ¿Quieres decir que…?
—Ajá, que soy el monstruo del lago Ness. Bueno, más o menos… no sé de dónde sacaron lo de las aletas, y no soy de color verde. ¿Estás segura de que no quieres una tortita? Debes estar hambrienta después de haber escupido todo ese fuego.
El coche cobró vida con un petardeo y Oliphos se dedicó a tararear algo en voz baja mientras recorrían la campiña neblinosa, a través de villorrios con cabinas telefónicas de color rojo vivo y paredes de piedra seca.
Alex no dejaba de abrir y cerrar la boca, nerviosa.
Deseaba preguntar cosas, pero no sabía si podía.
—Adelante —le dijo Oliphos—. Tenemos tiempo de sobras.
—Bueno… Me preguntaba… ¿Qué se siente? Al transformarse en dragón. Tiene que doler, ¿verdad?
—Ah, bueno, es probable que sea el dragón equivocado para responder a esa pregunta.
Soy uno de los pocos dragones que existían cuando aún no podíamos adoptar una forma humana.
Bien, transformarse en un ser humano… Qué cosa tan desagradable e incómoda.
Tomar toda esa nobleza, ese poder, y embutirlo dentro de una cajita insignificante.
Es como… —Echó la cabeza hacia atrás para pensar y se golpeó la frente contra el techo del vehículo—.
Bueno, es como intentar meterse dentro de este coche.
—Pero, si los dragones han existido durante todo ese tiempo, ¿cómo es posible que no haya más gente que se haya enterado de ello?
—Pues porque muchos de nosotros ni siquiera sabemos que somos dragones, como tú misma.
Los llamamos «durmientes», y mi trabajo consiste en encontrarlos y despertarlos, por así decirlo.
Respecto al resto, nos ocultamos. En lugares secretos, lejos de las miradas indiscretas.
Aunque todo el mundo comete errores de vez en cuando.
—Oliphos se aclaró la garganta, incómodo—.
Y luego están las manzanas podridas, a quienes les da igual.
Como en 1666, cuando Zlug y el viejo Garrothrax se pelearon. Menudo jaleo.
—Espera, 1666… —Alex se esforzó por recordar las clases de historia—. ¿No fue cuando tuvo lugar el Gran Incendio de Londres?
—Como te decía, menudo jaleo. Pero algunos humanos sí que conocen nuestra existencia. Un número considerable, en realidad. Y a muchos de ellos, bueno…, no les gustan demasiado los dragones.
Oliphos cayó en un silencio grave. Alex se puso a rebuscar en la mochila y se sintió aliviada al descubrir que la carta de su padre solo tenía una esquina ligeramente chamuscada.
—Si mi padre fue un dragón debía de saber que yo también lo era, ¿verdad? ¿Así es como funciona?
El hombre asintió con la cabeza.
—Entonces, ¿por qué no me lo dijo?
—Quizá planeara contártelo cuando fueras mayor.
O quizá no. Es posible que solo quisiera protegerte: los dragones son las criaturas más poderosas de la Tierra, y por ello, ser uno resulta peligroso.
Ha quedado claro que tu madre estaba decidida a mantenerte encerrada bajo llave.
Pero he descubierto que, cuanto más te esfuerzas en reprimir un fuego, a mayor temperatura arde.
Alex sacó la identificación que su padre solía llevarse al trabajo. Tenía una expresión de sorpresa en la foto, como si no se hubiera dado cuenta de que iban a sacársela con tanta rapidez. Respiró hondo.
—¿Le reconoces?
Oliphos entornó los ojos para mirar la imagen granulada.
—Es dificilillo… No recuerdo a ningún William Evans, pero a la vez es probable que se hubiera presentado con un nombre… más dragonil.
La decepción cayó como una losa en el estómago de Alex.
—Oh… Pensaba que, bueno…
Él le dirigió una sonrisa triste.
—Lo siento, pero quizá podamos averiguar más cosas sobre él cuando lleguemos a Skralla.
Alex asintió con la cabeza, ansiosa.
—Vale. Un momento, ¿qué es Skralla?
—Mi casa. Uno de los últimos hogares de dragones que quedan en la Tierra. Y muy pronto será también tu casa.
Ella le devolvió una sonrisa insegura, pues no sabía bien si un hogar de dragones sonaba como algo acogedor o más bien terrorífico.
Las colinas de color verde azulado pasaban ante ella, puntuadas por bosques oscuros, y Alex los observó preguntándose por el aspecto que habría tenido su padre como dragón.
Se lo imaginó azul, su color favorito, con el tono turquesa chispeante de un río primaveral, siempre parloteando, en constante movimiento…
Lo siguiente que supo fue que se acababa de despertar al golpearse la cabeza contra la ventanilla y que tenía un hilillo de saliva en el mentón.
Avanzaban veloces por una calle concurrida, y los taxis les pegaban bocinazos indignados.
Alex no sabía nada sobre conducir, pero estaba claro que a Oliphos no se le daba demasiado bien.
Se separó de la ventanilla y se secó la cara de forma cohibida.
—¿Dónde estamos?
—En Londres —contestó Oliphos, e hizo una mueca a causa de los insultos que le dirigía un ciclista—. ¡Lo siento! Un pequeño desvío… Tengo un amigo aquí al que siempre visito cuando estoy de paso.
Dobló una esquina de mala manera, y aparcó en un callejón mugriento y lleno de tiendas con los escaparates empañados. Oliphos señaló una: no tenía nombre, solo un cartel que rezaba CERRADO. LARGO. DEJADME TRANQUILO.
Levantó un dedo.
—No hagas ningún ruido… Se encerrará en la caja fuerte si se entera de que llegamos. Oh, y pase lo que pase, no le cuentes que somos dragones.
Alex se estremeció por lo extraño de esas palabras. Se acercaron en silencio a la puerta y Oliphos hizo girar el pomo con delicadeza.
Entonces abrió la puerta de golpe, hacia dentro, con súbita rapidez. Se oyó un chillido y un golpe seco procedentes del interior. Alex vio estanterías interminables de platos y cubertería cubiertos de polvo, y un par de zapatos lustrados que asomaban por debajo de un escritorio.
—Pups, te estoy viendo —dijo Oliphos.
—No estoy —refunfuñó alguien en voz baja.
—Oh… Bueno, entonces supongo que puedo quedarme con esa cajita de música que hay en el escaparate… Alex, ¿hay algo que te guste?
Un anciano salió disparado desde detrás del escritorio.
Tenía unas cejas feroces y una melena canosa.
Vestía de punta en blanco y de manera muy colorida, como si fuera la figurita de una casa de muñecas, con una pajarita amarilla, el bigote recortado con pulcritud, y un chaleco de terciopelo violeta que aleteó mientras se acercaba ofendido hacia ellos, como si fuera un pajarillo agresivo pero elegante.
—¡Hoy no hay nada que se pueda robar!
—¿En serio? —Oliphos le dirigió una mirada tierna—. No es lo que me han dicho mis fuentes. Pups, esta es Alex. Alex, Pups.
Alex le dirigió un saludo vacilante con la mano.
—Encantada de conocerle. Hum, me gusta su nombre.
—Me llamo doctor Archibald P. Puppinsworth. Solo mis amigos me llaman Pups.
Oliphos se llevó una mano al pecho.
—¿Acaso no somos amigos, Pups?
—No. Ni siquiera sé quién eres en realidad. Ahora largo. —Blandió el bastón en dirección a ellos como si fuera una espada—. No os la llevaréis, no os dejaré. ¡Me llegó apenas la semana pasada y es mía!
—El mero hecho de que se encuentre en tus manos no implica que te pertenezca. Y ya conoces el trato: me muestras todos los objetos que pasan por tu tienda y yo no te tiro por un acantilado.
Pups le dirigió una mirada resentida y, a continuación, pasó a mirar a Alex.
—Si yo fuera tú, jovencita, no confiaría en este hombre. Tengo mis sospechas sobre el secreto que oculta, y si lo supieras, bueno… te entraría una buena indigestión.
Alex levantó la vista hacia Oliphos e intentó no sonreír.
—Oh, de hecho, ya he visto el hipopótamo que lleva en el coche. Y la indigestión fue bastante leve, en realidad.
Pups frunció el ceño: al parecer no había pillado la broma. Alex se aclaró la garganta y en ese momento reparó en un mapa alargado, de papel amarillento y arrugado, que colgaba de la pared.
—¿Lo ha dibujado usted, señor Pups? Es muy…