Capítulo 6
A lex se quedó mirando la niebla.
—¿Dónde… dónde está? —preguntó en un susurro. La espantosa sombra, las alas inmensas. Aún sentía el latido de su corazón como se notan las réplicas de un terremoto—. ¿Dónde se ha metido esa cosa?
Oliphos la ayudó a ponerse en pie.
—Oh, sigue aquí. Un poco demasiado cansado, un poco demasiado viejo, pero animado en general. Quizá un poquitín ofendido porque le hayan llamado «cosa» pero, para serte sincero —le sonrió—, me han llamado cosas mucho peores.
Alex levantó la vista hacia Oliphos. Dos gorriones bailaban alegremente alrededor de su cabeza. Su sonrisa se ensanchó.
La constatación le golpeó con fuerza en el pecho.
—No… —Retrocedió, su pie chapoteó en el barro—. No es posible. Eso es… —Las palabras se le quedaron atravesadas en la boca. No había manera, no era posible que esa sombra fuera…—. Es imposible.
—Alex, acabas de lanzar fuego por la boca. Creo que ya hemos dejado atrás lo imposible, ¿no?
—No, no… —Sus ideas eran cada vez más grandes, sonoras y dolorosas; una multitud llevada por el pánico que intentaba abrirse hueco a empujones—. No puede ser. No puedes ser… No existen. No pueden existir.
—¿Quieres que vuelva a transformarme y te demuestre que estás equivocada?
Ella hundió la cabeza entre las manos; tenía la sensación de que alguien intentaba encajar las piezas de su cerebro sin respetar su forma.
—No existen —le dijo.
Oliphos le dirigió una mirada prolongada y cómplice.
—Me temo que sí —le dijo, e hizo un gesto hacia su propio cuerpo—. Aunque quizá no de la manera que tú esperabas.
—¡ALEX!
Su madre corría a toda velocidad por el prado, las piernas manchadas de barro, el pelo empapado por la neblina. Se detuvo de golpe al verla y se llevó una mano al corazón.
—Mamá, estoy bien.
Ella mostró los dientes con un rugido lupino.
—Aléjate de ella.
Oliphos retrocedió un paso y dijo con firmeza:
—¿Acaso no lo ha visto, señora Evans? Si no hubiera llegado a tiempo, Alex habría ardido en su propio fuego.
Su madre paseó la mirada por la hierba ennegrecida, olisqueó el hedor de las nubes de humo. Volvió la cabeza de golpe hacia Alex, y la chica se estremeció al ver su mirada. Tuvo la seguridad de que era de decepción.
—Ha estado transformándose mientras duerme —dijo Oliphos—. Dos veces, al menos. Ya no puede esperar que siga siendo un secreto.
—No se irá contigo.
Oliphos miró el suelo, pensativo, y pareció escoger sus palabras con cuidado:
—Sé que se ha esforzado mucho por ocultar su naturaleza, a la gente y a ella, y también sé que tiene mucho miedo. Pero ya es demasiado tarde. La verdadera naturaleza de Alex se está liberando a sacudidas.
Su madre abrió la boca para protestar, pero luego la cerró. Hundió la cabeza en las manos. Alex paseaba la mirada entre Oliphos y ella.
—¿Qué ha querido decir con eso, mamá?
Ella levantó la cabeza y le dirigió una mirada cargada de tristeza. Toda la rabia había desaparecido de su rostro, tenía los párpados pesados por el agotamiento. Parecía haber envejecido varios años en unos pocos instantes.
—Tenía la esperanza de que no hiciera falta llegar nunca a esto —dijo al fin, en voz baja y ronca—. ¿Estará a salvo contigo?
Oliphos reflexionó durante un buen rato y entonces negó con la cabeza.
—No. Pero estará más a salvo que en cualquier otra parte.
Alex se sentía como si estuviera bajo el agua, a gran profundidad, observando a dos personas que discutían en la superficie por los detalles de su salvamento.
—Estáis hablando de mí como si no estuviera aquí delante —dijo, apretando los puños—. ¿Qué quiere decir eso de estar más a salvo?
Su madre se acercó a ella, estiró el brazo para tomarla de la mano, pero a continuación pareció cambiar de idea.
—Lo he intentado, Alex. Pensé que, si lograba mantenerte… controlada, que estuvieras ocupada siempre, todo iría bien. Pero debería haberlo sabido… —Logró esbozar una sonrisa, ligera y afligida—. Eres hija de tu padre. Llevas el desenfreno en la sangre.
Tiró de Alex hacia sí y le puso una mano fría sobre la cara. Alex tragó saliva, se atragantó con ella por culpa del miedo.
—Mamá, no lo entiendo.
—Eres algo increíble, palomita mía. —Le acarició la mejilla con el pulgar—.
Algo que está fuera de lugar en este mundo.
Y por eso nunca estarás a salvo de verdad.
—Le levantó la cara para que la mirara—.
Por eso tienes que irte. Puedes confiar en él, pues podrá protegerte mejor que yo.
Pero tienes que prometerme una cosa… —La miró con fijeza a los ojos—.
Prométeme que te volverás tan fuerte, tan poderosa, que nada podrá hacerte nunca daño. Prométemelo.
Alex sujetó la mano de su madre sin fuerza. Todo estaba pasando demasiado rápido.
—No… no quiero irme.
—Tienes que abandonar el bosque, Alex. Tienes que crecer.
Pero no era el bosque lo que Alex temía perder en ese momento.
—Tú… tú vendrás con nosotros, ¿verdad?
Su madre bajó la vista hacia su mano, rodeada por las de Alex.
—No es mi lugar, palomita mía. No es mi mundo. Prométemelo, Alex.
—Pero ¿no te quedarás muy sola?
—Prométemelo.
Y, aunque seguía sin comprender, asintió con la cabeza.
—Te lo prometo.
Su madre la abrazó con fiereza y Alex ahogó un grito de sorpresa al notar su fuerza, la manera en que había dejado de contenerse. Su madre la apartó de sí demasiado pronto y examinó cada detalle de su rostro. Alex tuvo la horrible sensación de que la miraba como si fuera la última vez que la veía.
—Volveré, mamá.
Ella sonrió. Fue una sonrisa que procedía de tiempos pasados, con una bondad que Alex no había encontrado en su madre desde la muerte de su padre. Como si, al haber pasado al fin lo que tanto había temido, ya no le quedara nada de lo que preocuparse.
—Es posible que vuelvas, cariño. Pero ya no serás la misma niña que conocí.
Incómodas, las palabras se posaron sobre Alex como una manta áspera y pesada.
Su madre le dio un beso en la frente, asintió con la cabeza una vez mirando a Oliphos y se alejó.
Alex se dedicó a escuchar el ruido que hacía al arrastrar los pies, a oler el rastro de su perfume, hasta que acabó por desvanecerse entre la niebla.
—¡Espera! —le gritó, aunque no sabía lo que iba a decirle.
Necesitaba que la despedida fuera mejor, darle un abrazo más fuerte. Pero ya era demasiado tarde. Su madre se había ido.
Se quedó allí mucho rato. Había fantaseado a menudo con la idea de escaparse, de huir de las normas, de su vida.
De su madre. Pero, en ese momento, deseaba recuperarlo todo.
Tenía la sensación de haber abierto en realidad la carta de su padre, pero solo para encontrarse con que el sobre estaba lleno de clavos herrumbrosos y cristales rotos.
—¿Sabes qué? —le preguntó Oliphos—. Creo que tengo unas tortitas en el coche. ¿Te gustaría desayunar?
Alex se volvió hacia él, estrechando la mochila contra el cuerpo.
—En realidad voy… voy a regresar a casa, si no te importa —dijo, cortés—. Prometo que no… —Paseó la mirada por la hierba quemada—. Que no volveré a hacer algo así. Me limitaré a ser una chica normal.
—Es demasiado tarde para ser normal, Alex. Las cosas son más grandes de lo que crees. El mundo también es mucho más grande de lo que crees, y está ahí fuera, esperándote. ¿No te gustaría verlo?
Alex reparó en el reflejo que le devolvía un charco, ladeó la cabeza hacia un lado y, por alguna razón, pensó que su reflejo no la imitaría. Tenía los labios agrietados, con ampollas. Se llevó una mano a la garganta dolorida.
—He escupido fuego.
Oliphos asintió con la cabeza.
—Así es.
—Y la sombra que he visto… Eras… —Tragó saliva—. Eras tú.
Oliphos volvió a asentir con la cabeza.
—Así es.
—Y… me fui sonámbula hasta el bosque la otra noche. La… la noche en que desapareció la cabra del señor Lowrie. La noche en que grabó ese rugido.
Oliphos le dirigió una sonrisita triste.
—Sí, estuviste muy ocupada.
—No… no pude ser yo. —Alex negó con la cabeza con fuerza—. ¡No tiene ningún sentido! Además, dijiste que un… que un dr… que un dra… —Intentaba decir la palabra, pero era demasiado extraña.
—Son solo seis letras. Dos sílabas. Es una palabra pequeñita para algo tan inmenso y terrible. «Humano» tiene también seis, y son seres mucho más pequeños.
—Me dijiste que uno de ellos mató a mi padre.
—En realidad, eso lo dijiste tú. Yo tengo otra teoría.
—Pero es lo que dijo Ian… Dijo que vio a uno en la playa, así que… si no mató a mi padre, entonces…
La idea la golpeó sin avisar y la atravesó a toda velocidad, hasta llegar a los dedos de sus manos y a los de sus pies. De repente le costaba respirar.
Levantó la vista hacia Oliphos.
—Era mi padre.
La sonrisa del hombre se ensanchó otra vez y Alex volvió a imaginarse abriendo la carta de su padre, leyendo las palabras que contenía. Dos palabras que les unirían.
—Somos… —comenzó a decir, pero no se atrevió a pronunciar la segunda. Tuvo la sensación de que era la primera vez en varios meses que una sonrisa asomaba a sus labios, aunque lo hiciera poco a poco, vacilante—. Soy igual que él.
De repente pudo volver a oír su voz, cálida y bondadosa y cercana a la carcajada. La llamaba, le decía que saliera de casa tras sus pasos y se adentrara en la naturaleza. Oliphos emitió un gruñido grave y reflexivo.
—Eso creo. Aunque no sé bien cómo murió. Hace falta algo más que una tormenta para acabar con uno de nosotros.
«Uno de nosotros». Alex volvió la vista y apenas pudo reconocer el perfil oscuro del bosque.
Los largos días que habían pasado allí, todas las historias que le había contado su padre…
Quizá solo había intentado conducirla hacia la verdad.
Mostrarle que el mundo era más grande, salvaje y extraño de lo que ella pensaba. Y que Alex también era así.
Miró a Oliphos.
—Soy un dragón.
Un sonido metálico resonó en su interior como el tañido de una gran campana. Como si, por alguna razón, el mero hecho de decir esas palabras la hubiera cambiado.
—Aunque… —Tragó saliva—. En realidad no sé qué significa eso.
Oliphos se agachó y la atravesó con una mirada salvaje. Salvaje, enorme y extraña.
—Entonces, ven conmigo y yo te lo enseñaré.