El amanecer de los dragones (Dragonborn 1) Capítulo 5
11%

Capítulo 5

E l agua resbalaba por la espalda de Alex. El aire apestaba a tierra y musgo, y hacía frío; un frío tan seco que le costaba respirar. Por alguna razón estaba erguida.

Abrió los ojos. Unos árboles oscuros y enmarañados bailaban a su alrededor… no, era su cabeza la que daba vueltas. Se cayó hacia delante. Unas manos cálidas la levantaron.

Su madre tenía aspecto de haberse vestido a toda prisa: pantalones de chándal y chanclas, la pintura de las uñas de los pies astillada. Los ojos muy abiertos, asustados.

—¿M-mamá? —A Alex le castañeteaban los dientes—. ¿Cómo… cómo he llegado hasta aquí?

Le había pasado un abrigo por encima de los hombros y la áspera tela le rascaba la piel helada y frágil. Por alguna razón, no llevaba puesto el pijama.

De repente, su madre tiraba de ella mientras bajaban la colina. Jirones de niebla se aferraban a las copas de los árboles, pálidos bajo el sol matutino. Niebla y… humo, se dio cuenta Alex, al oír el crepitar de la madera al arder.

—¿Qué está pasando?

La gravilla se le clavaba en los pies descalzos. En los portales y las ventanas, los rostros confundidos de la gente las observaban, parpadeando de incredulidad.

Su madre hablaba con rapidez:

—Todo irá bien, ¿vale? —Empujó a Alex hacia el sendero que atravesaba el jardín—. Ponte algo de ropa y haz la maleta. Salimos en diez minutos.

—No quiero irme. Por favor, mamá, no quiero.

—¡VÍSTETE, Alex!

Se alejó tambaleante de la tormenta que contenía la voz de su madre y subió, descalza y a trompicones, a su habitación.

Entonces se detuvo, pues había reparado en algo frente a la puerta.

Porque allí mismo, en la moqueta, había una huella de barro descolorida, que apuntaba hacia su habitación.

Bajó la vista hacia el nuevo rastro de huellas que había dejado en la escalera, a sus espaldas, y volvió a mirar la de delante de la puerta. Sin duda le pertenecía.

«¿Qué hace ahí?… Un momento… ¿He…? ¿Y había hecho esto antes?». ¿Se había ido caminando al bosque y había vuelto sin llegar a despertarse en ningún momento?

Se vistió, aunque tuvo que hacer un esfuerzo para encajar el pie tembloroso dentro del calcetín, para abrocharse los botones con esos dedos que eran como témpanos.

Vio el bosque al final de la calle a través de la ventana y sintió el extraño destello de un recuerdo: las ramas que la rozaban, el barro húmedo entre los dedos de los pies.

El bosque la había llamado durante la noche; ahí fuera había algo, estaba segura de ello, y no le importaba que fuera horrible, o peligroso, porque en ese momento tuvo la seguridad de que se trataba de la verdad.

Oyó que su madre abría la cremallera de una maleta en la habitación contigua.

Con rapidez, Alex llenó la mochila, asegurándose de meter todos sus tesoros, y esperó a que los pasos de su madre se dirigieran hacia el armario.

Entonces atravesó el rellano de puntillas con un extraño pitido en los oídos.

Por alguna razón se sentía desconectada de su propio cuerpo, como si viera el mundo a través de una pantalla de televisión.

Oyó el roce de sus zapatos en la escalera, vio su mano en el pomo de la puerta.

Ya fuera, olió el aroma a gravilla húmeda del camino.

Un grito sonó dentro de la casa:

—¡ALEX! ¿QUÉ ESTÁS HACIENDO?

La dura acera hizo que sus rodillas se estremecieran mientras corría.

La gente que se había congregado en la calle la señaló mientras ella pasaba veloz a su lado.

Entró a la carrera en el bosque, esquivando ramas, saltando por encima de las raíces, proyectando una lluvia de barro, y por un instante volvió a sentir que era ella misma, se sintió libre, como si su vida fuera una representación muy bien ensayada de la que había escapado para correr como una loca entre bambalinas.

—¡ALEX!

Su madre salió de la nada, veloz y violenta —¿cómo era posible que fuera tan rápida?

—. Alex se agachó y los dedos con los que ella intentó cogerla pasaron a unos centímetros de su cuerpo.

Las espinas le rasguñaron los tobillos cuando optó por zambullirse entre los arbustos.

El aliento de su madre resonaba en sus oídos; echó un vistazo por encima del hombro y se encontró con su mirada furiosa a sus espaldas.

Ella lanzó otro manotazo y la agarró por la mochila.

Alex sintió que las correas se tensaban y algo se soltó.

Vio el walkie-talkie volar por los aires y estrellarse contra una piedra.

Las dos se detuvieron, se quedaron contemplando los trozos y entonces se miraron la una a la otra. Su madre parecía no saber qué decir.

—Lo… lo has roto —dijo Alex en un susurro.

Y, en ese instante, el recuerdo se quebró también, y dejó de oír la voz cálida y distorsionada de su padre salir del altavoz. Se le revolvió el estómago de golpe, con urgencia, como si estuviera a punto de devolver.

Echó a correr en zigzag por los senderos más sinuosos y traicioneros.

Una pequeña idea la atosigaba: ¿cómo era posible que mantuviese ese ritmo?

¿Cuánto tiempo podría seguir corriendo? El olor a humo ganaba intensidad y reparó en los profundos surcos que se hundían en el suelo, subió la colina siguiendo el rastro de los árboles jóvenes quebrados y las matas reventadas.

Había ramas chamuscadas por el suelo. Copos de ceniza flotaban en el viento.

Alex llegó al fin a su lugar favorito del bosque y se dio cuenta de que sus pies habían querido conducirla hasta allí desde el principio: el punto donde habían montado la tienda de campaña, al lado del Viejo Roble, para ver los meteoritos iluminar el cielo.

Pero, nada más llegar, cayó de rodillas y se llevó una mano al vientre.

El Viejo Roble estaba muerto. Algo lo había arrancado por la base y su tronco inmenso yacía en el barro.

—No, no, no… —sollozó Alex, sintiéndose como si estuviera contemplando su propio brazo amputado.

Y allí, no muy lejos del tronco, vio el diente. Justo donde lo había dejado. Lo recogió y se quedó mirándolo mientras el corazón le latía como un tambor de guerra. ¿Qué estaba pasando?

Oyó los ruidos que producía su madre algo más abajo.

Se puso en pie como pudo, conteniendo las lágrimas, y corrió para adentrarse aun más en el bosque.

Con cada segundo que pasaba le dolía más el estómago, y no veía más que el walkie-talkie destrozado, el árbol partido y al padre y el bosque que le habían arrebatado para siempre.

Iba a devolver, estaba segura de ello. Atravesó la barrera de árboles, entró en la neblina blanca del prado que había más allá y se zambulló entre la hierba alta.

—¡ALEX!

La niebla se volvió tan espesa que no se veía ni las manos, pero siguió corriendo, corriendo más, y el silencio apagó los gritos de su madre. Sus pulmones resollaban con el aire frío y, a juzgar por los calambres que sentía en el estómago, parecía que le hubieran dado un puñetazo.

Cayó de rodillas y se lanzó hacia delante.

Y de sus labios brotó una llamarada.

Abrió muchísimo los ojos al verla salir de sí: un mar amarillo, silbante y embravecido, que ennegreció la hierba con solo tocarla. Tosió mientras una última llamita salía retorciéndose de su boca y entonces reparó en la mochila a su espalda.

—¡NO!

Por el desgarro en el lateral asomaba la carta de su padre, cuya esquina mostraba un resplandor anaranjado. Alex gritó e intentó apagar las llamas golpeándolas con las manos, haciendo rodar la mochila por la hierba. Se acordó de las palabras del desconocido.

—¡AYÚDAME, OLIPHOS! —gritó.

Pero no se le ocurrió cómo iba a poder hacerlo. Una imponente pared de fuego se acercaba a ella abrasándolo todo a su paso. Alex olió el hedor de su propio cabello quemado. Estrechó la mochila con fuerza contra su cuerpo y pensó en su padre.

Un trueno retumbó entre la niebla.

Estupefacta, vio que un vendaval barría la hierba alta y apagaba las llamas con un manto de neblina lloviznosa. Alex parpadeó; tenía gotas de agua fría en las pestañas. La ventolera había pasado con la misma rapidez con que había aparecido, y se había llevado el fuego consigo.

El mundo se había quedado en silencio. La niebla flotaba espesa a su alrededor. Alex intentó ver algo en esa blancura interminable; no oía nada más que su propio aliento asustado.

El suelo se ladeó bajo sus pies y ella cayó de rodillas. Una decena de gorriones se adentró en la niebla, aleteando con alegría; lombrices y ciempiés se retorcían en el barro, como si acudieran con prisas a saludar a un viejo amigo. Alex miró al frente.

La niebla estaba cambiando.

Su parte central se volvió de color gris y pasó a continuación a ser del negro más negro posible.

Algo era cada vez más grande al otro lado de la cortina blanquinosa: una sombra, una sombra inmensa que se acercaba con pasos lentos y cuidadosos, pero que hacían temblar la tierra.

Alex tuvo la seguridad de que la miraba a ella.

Reparó en el largo cuello oscuro y, a continuación, en las dos velas negras e inmensas que se extendían a lado y lado de su cuerpo, y que crecieron un poco más, se abrieron en abanico y estuvieron a punto de tocarse en lo alto.

Una de ellas realizó un ligero aleteo y una segunda ráfaga feroz de aire recorrió el prado y apagó las últimas llamitas.

Se oyó un crujido grave, como el de un árbol centenario que se doblara bajo el viento. Un aliento ruidoso como el mar turbulento.

Y entonces…

«PUM-PUM. PUM-PUM».

El palpitar de un corazón. Abriéndose paso como un temblor del suelo que hizo saltar a los insectos. Como si se tratara del latido del mundo mismo.

El miedo inundó a Alex como si fuera agua helada. No lograba moverse; tuvo el convencimiento de poder contar los instantes que le quedaban a su vida. La sombra se cernió sobre ella. Cerró los ojos.

Se produjo otro estruendo. El crujido de un nuevo paso. Entonces, nada.

Alex se atrevió a mirar.

La sombra había desaparecido. La buscó con la mirada, parpadeando, prestando atención para oír su latido inmenso.

En vez de eso oyó unos pasos livianos sobre la hierba. Alguien avanzaba hacia ella a través de la niebla, allí donde había estado la sombra. Unos hilillos blancos se enroscaban sobre sus hombros.

—Bueno —dijo Oliphos con la voz de un trueno ligero—. ¿Me has llamado?