Capítulo 4
F uera —dijo entre dientes—. Todos vosotros. Fuera.
Los demás huyeron de la cocina haciendo chirriar las sillas. La señora Wiggins cogió a Mimsy entre sus brazos. Pero la madre de Alex siguió sin dirigirles la mirada, que estaba clavada en el desconocido como si fuera una pistola cargada.
—Parece que sabe usted quién soy, señora Evans —dijo el desconocido, sentado con comodidad en la cabecera de la mesa, como si estuviera en su casa y no en la de ellas—. Pero confieso que no reconozco su cara. ¿Alguien le ha hablado de mí?
—Mi marido —contestó ella, cogiendo a Alex de la muñeca y tirando de ella hacia sí. Alex nunca había estado tan asustada—. Me dijo que eras una de las personas más peligrosas del mundo. Ahora lárgate de mi casa.
La silla crujió cuando el desconocido se puso en pie y Alex se sorprendió otra vez al ver lo grande que era; tanto que la habitación pareció encogerse a su alrededor. De repente se sintió estúpida por no haber corrido a llamar a la policía en el momento en que se lo encontró dentro de casa.
—Le aseguro que no represento ningún peligro, ni para usted ni para Alex.
—Discrepo. —Su madre le mostró los dientes—. Largo.
—Por supuesto. Aunque debo preguntarme… ¿es lo mejor para su hija?
Su madre dio un paso al frente y Alex sintió deseos de tirar de ella hacia atrás.
—Yo sé lo que le conviene a mi hija.
El desconocido aguantó la mirada hostil de su madre durante un largo instante, como si buscara algo en sus ojos.
—Discúlpeme, pero no estoy seguro de que sea así. Diría que la ha tenido entre algodones, con la esperanza de que nunca…
—¡Silencio! Tienes que irte ahora mismo.
—¿Acaso no merece saber quién fue su padre en realidad?
—¡HE DICHO SILENCIO!
Pero ya era demasiado tarde. Las palabras ya habían salido de su boca para introducirse, temblorosas, en los huesos de Alex y arraigar en las profundidades de su corazón. Su padre. SU PADRE. Se arriesgó a dar un paso en dirección al desconocido.
—¿Qué has querido decir? ¿Quién fue mi padre?
—Vuelve aquí, Alex.
—Pero ¿quién fue?
El hombre volvió la cabeza.
—Fue…
—¡Ya es suficiente! —gritó su madre con una mirada tan fría como la de las estatuas de un cementerio—. Ya te lo he pedido cuatro veces, así que vete.
El desconocido hizo una reverencia.
—Mis disculpas. Me marcho, pues. —Bajó la vista hacia el desorden de platos a medio comer que se extendía por la mesa—. Perdón por no recoger.
Dicho lo cual, salió de la casa. Los gruesos goterones golpearon con fuerza contra su capa mientras se adentraba en la oscuridad.
Entonces se volvió.
—Si alguna vez tienes problemas, prueba a decir mi nombre. Sabe cómo llegar hasta mí.
Dio otro paso y se volvió de nuevo. La lluvia caía con violencia sobre su ceño feroz y fruncido.
—Es Oliphos.
Con un gruñido, la madre de Alex cerró de un portazo y se dirigió enojada hacia la cocina, donde comenzó a recoger los envases de comida para llevar y a meterlos en una bolsa negra de basura. Alex la siguió, recelosa, con miedo de romper el silencio y cortarse con las esquirlas.
—Mamá… ¿qué ha querido decir? ¿Quién fue papá?
—Vete a la cama —contestó su madre, rascando un plato con movimientos furiosos para tirar los tallarines a la basura.
Pero, mientras amontonaba los platos sucios, Alex se atrevió a preguntar:
—Ese hombre… ¿es la razón por la que debemos tener tanto cuidado?
—He dicho que te vayas a la cama, Alex.
Horrorizada, Alex vio que su madre estaba llorando. Siguió poniendo orden en la cocina y entonces pareció olvidar por qué lo hacía. Alex le tocó la mano.
—Mamá… quizá, si me cuentas por qué tienes tanto miedo, a lo mejor podría ayudarte…
—No —dijo la mujer entre dientes, y cogió enojada los platos que Alex había apilado encima de la mesa. Su mirada se detuvo un instante en la tetera de la estantería, la que mostraba la foto de los tres—. No —dijo, esa vez con dulzura—. Mi trabajo consiste en cuidar de ti, no al revés.
Llevó los platos al fregadero. Alex se rascó los brazos; le picaba la piel y le dolía la cabeza por todas las preguntas que contenía. Deseó que alguien le contara lo que pasaba en realidad.
—Esto… ¿Tiene algo que ver con los dragones?
Su madre soltó los platos, que cayeron al suelo con estrépito; mil fragmentos diminutos se precipitaron alrededor de ella. Se volvió poco a poco, los ojos enormes y temblorosos.
—Los dragones no existen —dijo con un susurro.
—Oh —dijo Alex, bajando la vista hacia los trozos de vajilla rota, y la levantó a continuación hacia la pálida expresión de su madre.
Para tratarse de alguien que no creía en los dragones, sin duda les tenía miedo—.
Es solo que… el señor Lowrie ha grabado un rugido.
Y además Ian ha dicho que vio uno la noche en que murió papá.
Pero tienes razón, los dragones no existen —se apresuró a añadir, con la esperanza de tranquilizarla—.
Deben de haberme gastado una broma, ¿verdad? Los dragones no…
—¡Deja de decir esa palabra! —chilló su madre, cogiéndole la mano.
—Mamá, me estás haciendo daño —dijo Alex, que tenía el brazo estirado como si estuviera a punto de desencajársele.
De repente, su madre se lo soltó y comenzó a pasearse de arriba abajo.
—No pasa nada. No pasa nada. —Inspiró hondo—. Esta noche trazaré un plan. Tendremos que irnos. A primerísima hora de la mañana. Creo que una mudanza podría irte bien. Aquí hay demasiados recuerdos malos.
Alex la observó, asustada por el miedo que veía en sus ojos. Su madre siempre estaba serena, siempre tenía un plan, pero, en ese momento, el pelo le caía sobre la cara como una neblina rojiza y se le había corrido el maquillaje.
—¿Cuándo volveremos?
Pero, por la mirada que le dirigió ella, supo que nunca iban a hacerlo.
—Escúchame, palomita. Necesito que subas a tu habitación y que te quedes allí, ¿de acuerdo? Es por tu propia seguridad.
—Pero… todo está aquí. El bosque está aquí. Papá está aquí. No… no puedo irme.
Su madre le apartó el pelo de la cara con una caricia.
—Es necesario. Lo siento.
—Por favor, mamá, no puedo.
—¡Alex, ¿quieres hacer lo que te pido?! —espetó la mujer—. Bueno, vamos…
La arrastró escalera arriba, y Alex sintió deseos de soltarse de un tirón, salir por la puerta y no dejar de correr nunca más. Su madre la metió en el dormitorio de un empujón y Alex descubrió que también estaba llorando.
—¿Por qué no me cuentas lo que pasa, mamá? ¡Por favor, dime la verdad!
Su madre la miró a través de la rendija de la puerta, con el rostro tenso y cansado.
—No puedo contarte la verdad, Alex. Es de la verdad de lo que nos estamos escondiendo.
La puerta se cerró con un clic. Alex se tiró sobre la cama y se clavó las uñas en la palma de las manos para no gritar.
Con movimientos temblorosos, levantó la mochila, vació sus tesoros y se enroscó entre ellos, respirando larga y profundamente, hasta que al fin el corazón dejó de martillearle en el pecho.
Comenzó a recogerlos uno por uno y fue hallando consuelo en las historias que le contaban.
El ramito de brezo seco… La brújula de cobre de su padre… La carta…
La hizo girar entre sus manos con cuidado y se preguntó si eso no sería exactamente lo que estaba escrito en su interior: la verdad.
No era la primera vez que pasaba el dedo sobre la solapa del sobre y pensaba en abrirlo.
Quizá, si lo hacía, sería como si él estuviera allí y pudiesen conversar.
Quizá él conseguiría que todo se arreglase.
PARA A LEX, EN SU DECIMOCTAVO CUMPLEAÑOS .
Dejó la carta, oyó que su madre caminaba con pesadez en la habitación de al lado.
Abatida, confundida y exhausta, se puso el pijama y se metió en la cama, aferrándose al recuerdo de su padre cuando los dos se tumbaron en la tienda de campaña a contemplar el firmamento nocturno.
Se lo imaginó con su gorra de lana, el aliento condensándose en el aire frío, los ojos brillantes a la luz de un millar de meteoritos.
Y, en algún momento, de alguna manera, Alex se quedó dormida.