Capítulo 3 #2
—No —contestó Alex al fin—. No podéis estar aquí. Mi madre volverá dentro de una hora.
—Quizá se retrase…
—Ella nunca se retrasa. ¡Y hay un ciento por ciento de posibilidades de que me asesine si se encuentra a una pandilla de friquis cenando en casa!
—Una cena de cuatro platos —le aclaró el desconocido, metiendo un cucharón en una olla—. Con sopa de calabaza como primero.
Alex dio un paso al frente, tragándose el miedo. Pero este reapareció de inmediato.
—No lo entiendes. No me dejan que hable con la gente. Tenéis que iros.
—¿Estás segura? Una buena comida y una buena compañía son dos de los principales regalos que hay en esta vida, ¿sabes? Por mucho que esa compañía esté compuesta de friquis. Además, tengo que contarte algo muy importante. Quizá quieras tomar asiento antes de que lo haga.
Alex frunció el ceño… ¿qué podía tener que contarle? Le dirigió una mirada ansiosa al reloj, pero entonces le pudo la curiosidad. Se sentó.
El desconocido asintió con la cabeza, satisfecho.
—Maravilloso. Bueno, ¿estás lista? Allá va…
Volvió a sonar el timbre de la puerta.
—¿Puedes ir a abrir, por favor?
De repente, Alex sintió la necesidad de gritar, llorar o comenzar a tirarse de los pelos. En vez de eso fue a abrir y se encontró a un hombre con aspecto de estar muy cansado, que temblaba por debajo de su gorra con visera.
—Soy… soy el señor Lowrie, ¿el granjero? —dijo—. Me ha pedido que estuviera aquí a las siete…
Alex se limitó a volver a la cocina, sintiendo que un dolor de cabeza iba creciendo entre sus ojos. El señor Lowrie no tardó en estar sentado a la mesa («¡Tienes que probar esta sopa!»), mientras que Alex se quedaba en una esquina, mordiéndose las uñas y murmurando para sí.
—Tenéis… tenéis que iros… No podéis estar aquí… Mi madre…
El desconocido seguía ocupado ante la encimera. Era tan alto que sus rastas tocaban el techo.
—También he traído algo de comida para llevar —dijo, y fue abriendo varios envases de papel de aluminio en los que había arroz frito con huevo y tofu y unos tallarines humeantes—.
Siempre que visito un lugar nuevo me gusta probar la cocina local.
¿Te pasa algo, Alex? Ya vuelves a tener ese tic en el ojo…
—¡SÍ! —chilló ella, y Mimsy se cayó del hombro del desconocido, aunque aterrizó en su mano abierta—. Claro que pasa algo. ¡No podéis presentaros aquí sin mi permiso, tenéis que marcharos todos!
—Oh, mira… ¡aquí está el aceite! Bueno, ¿por qué no comenzáis con la sopa? Ahora sí que estáis todos, sin la menor duda.
Sonó el timbre.
—¡AH! —gritó Alex.
Esa vez era la vieja señora Wiggins, la dueña de Mimsy, que se echó a llorar al ver a su perro y abrazó al desconocido con tanta fuerza que a este se le salieron los ojos de las órbitas.
Al poco estaban todos sentados menos Alex, comiendo en un silencio placentero mientras Mimsy corría de aquí para allá dejando huellas de barro por el suelo.
—No, no, no… —dijo Alex, que se metió bajo la mesa persiguiéndolo con un trapo de cocina para limpiar las pruebas incriminatorias tal y como el perro iba dejándolas.
Vio que Ian se había puesto en pie para admirar la colección de teteras de su madre: un extraño surtido que iba desde las antigüedades de porcelana dorada hasta la tetera de la vieja casa de juguete de Alex.
La chica aulló al ver que se le caía una, se lanzó en plancha y la atrapó con la punta de los dedos.
—Oh, uh, lo siento —dijo Ian con una pequeña sonrisa, mientras Alex se ponía en pie y devolvía la tetera a su sitio con muchísimo cuidado.
En su lateral había una foto impresa de Alex con sus padres, los tres juntos, los tres sonrientes.
Ella se volvió y se dirigió hacia el desconocido con los puños temblando a los lados del cuerpo y la sangre hirviendo a la temperatura de la lava.
El hombre asintió, dándole su aprobación, y le entregó una olla.
—¿Para… para qué es esto?
—Iba a sugerirte que me golpearas con ella.
—¿Cómo? ¿Por qué?
—Quizá así me llegue el mensaje. Pero, si no piensas golpearme, insisto de verdad en que te sientes. ¿Cuándo fue la última vez que pasaste la tarde entre amigos?
Alex miró la mesa mientras los demás se acomodaban en sus asientos.
—Vosotros no sois mis amigos —susurró, de manera que solo el desconocido pudiera oírla.
—Ajá —contestó él con suavidad—. Pero ¿no sería agradable tener alguno?
Alex le miró y a continuación levantó la vista hacia el reloj de pared.
Ian empujó una silla hacia ella con timidez.
Ella intentó recordar la última vez que había cenado con alguien que no fuera su madre.
Recordó la triste cena de Navidad del año anterior, con la silla vacía al otro lado de la mesa.
—Vale —dijo al fin—. Pero tenéis que largaros de aquí antes de que vuelva mi madre.
—Muchísimo antes —dijo el desconocido—. Ahora creo que ha llegado el momento de hacer un brindis —anunció, lo que provocó un silencio expectante en la cocina—.
Cumplir doce años no es tarea sencilla, pero estoy seguro de que todos coincidiréis conmigo en que Alex lo ha conseguido con gran fuerza y elegancia.
—Levantó el vaso de agua—. Feliz cumpleaños, Alex.
Los demás le imitaron.
—¡Feliz cumpleaños, Alex!
Ella notó que se le sonrojaban las mejillas mientras paseaba la mirada entre una cara sonriente y la siguiente.
—Gr-gracias —susurró.
Se comió los tallarines e Ian le puso un bao en el plato mientras la señora Wiggins le pasaba un poco de arroz.
Alex se dio cuenta de que, para su sorpresa, se sentía cómoda; experimentaba una calidez agradable en el pecho.
Volvió a mirar el reloj, deseando que sus manecillas dejaran de girar.
De repente, estar acompañada había pasado a ser algo maravilloso.
—Bueno… —El desconocido se acabó el rollito de primavera y se secó los labios con la servilleta—. La verdad es que tenemos un regalito para ti, Alex… Señor Lowrie, si es tan amable…
El señor Lowrie soltó un gritito y puso los ojos como platos por el terror.
—Bueno, bueno… —dijo el desconocido—. Recuerde lo que le he dicho: no hay nada que pueda hacerle daño. Sobre todo estando yo aquí.
El granjero asintió con rigidez y se sacó del bolsillo un móvil lleno de arañazos para depositarlo delante de Alex con mano temblorosa.
Esta lo miró, confundida.
—Oh, hum, es muy generoso por vuestra parte, pero mi madre no me deja tener móvil. Además, ¿este no es el suyo?
—Dámelo —dijo el desconocido, que dio cuatro golpecitos sobre la pantalla—. Silencio, perrito —le pidió a Mimsy, que estaba gruñéndole al zapato de Ian.
Mimsy se calló de inmediato. Todos lo hicieron.
Un sonido crepitante surgió del aparato. El sonido del viento, el susurro de las hojas. Una respiración ruidosa, aterrorizada.
Silencio.
Y entonces:
Un rugido.
Un rugido rabioso, salvaje, gorjeante, que se coló por los oídos de Alex y se precipitó hacia las profundidades de su estómago. Un rugido que hizo gimotear a Mimsy, que dejó pálido al señor Lowrie y que llevó a que Ian se cayera de la silla.
—Shh… —pidió el desconocido, con dulzura, mientras levantaba a Ian del suelo y lo devolvía a su sitio.
—¿Qué… qué ha sido eso? —preguntó Alex.
—No lo sé, no tengo ni idea, ¡nunca había oído nada parecido! —chilló Ian, que se volvió hacia el desconocido con los ojos bañados en lágrimas—. ¡Por favor, no quiero hablar de eso! ¿Me pasa los rollitos de primavera?
—No pasa nada, chavalín —dijo el desconocido, dando unos golpecitos en la mano de Ian.
—Vale, sí que he oído algo así, pero aparecieron unos… t-tipos del gobierno y me dijeron que mantuviera la boca cerrada.
—Y, si te tocan un solo pelo de la cabeza, tendrán que vérselas conmigo. Ahora, por favor, Alex tiene derecho a saberlo.
—¡Vi algo! —espetó Ian, histérico—. Hace un tiempo. Una noche me quedé despierto hasta tarde. No podía dormir, así que saqué a la gata a pasear por la playa.
—¿Sacas… sacas a pasear a la gata? —preguntó Alex.
—Le gusta la brisa marina. ¡Pero comenzó a soplar mucho viento, como si hubiera una tormenta! Una especie de relámpago estuvo a punto de dejarme ciego. Entonces…
Le temblaba la mano, con lo que el tenedor tintineaba al golpear el plato. Ian miró entonces al desconocido, como pidiéndole permiso para proseguir. El hombre asintió con la cabeza.
—De… de repente estaba allí —dijo Ian en un susurro—. Cayó del cielo mismo hacia el mar. Yo no me lo podía creer. Era… era tan grande… Su cola tenía el tamaño de un autobús. Sus alas podrían haber cubierto un campo de fútbol. —Señaló el móvil del señor Lowrie—. Hacía un ruido igual que ese.
Un silencio estruendoso llenó la cocina y, durante esos instantes, Ian dejó el tenedor en el plato, lo cogió y lo dejó de nuevo.
Alex frunció el ceño y los miró a todos con incredulidad. Se preguntó a medias si no estarían a punto de echarse a reír y admitir que se trataba de una extraña broma de cumpleaños.
—No. No, es imposible. Tienes… tienes que habértelo imaginado.
—Ian… —dijo el desconocido—. ¿Puedes decirme la fecha de esa noche?
El muchacho miró a Alex y a continuación se aclaró la garganta.
—Fue hace dos años. El 9 de octubre.
Alex se sacudió en la silla. Su cabeza se llenó de olas que chocaban entre sí bajo el aullido del viento.
—No.
—¿Tiene eso algún significado para ti, Alex?
—Es… es… —intentó hablar, pero sus dientes y su lengua parecían haberse vuelto de golpe demasiado grandes para su boca. Inspiró hondo. No le salían las palabras.
—Es la noche en que murió su padre —dijo la señora Wiggins con una vocecilla, y negó con la cabeza—. Qué hombre tan valiente.
—Murió realizando un acto noble, ¿eh? —dijo el desconocido.
La señora Wiggins asintió con solemnidad.
—Fue la tormenta. Un barco se estaba hundiendo ahí fuera, en la bahía. Nadó hasta él y salvó a tres personas de ahogarse. ¡Debía de ser un hombre muy fuerte! Pero regresó en busca de más supervivientes y… —Recogió a Mimsy y lo abrazó con fuerza.
—Hum… —dijo el desconocido.
Alex sintió una punzada de rabia.
—¿Qué? ¡Es lo que pasó!
El hombre la miró.
—¿Estuviste allí? ¿Y tu madre?
—No, estábamos durmiendo. Papá siempre salía a pasear de noche.
—Y esas personas a las que salvó, ¿las conociste? ¿Te dijeron cómo se llamaban?
—Yo… No.
—Humm…
Su voz se enroscó en torno a Alex como si estuviera hecha de alambre de púas.
—¡Deja de decir «humm»! —le gritó, poniéndose en pie de un salto—. ¡Es lo que pasó!
Los demás pasearon miradas nerviosas entre ella y el hombre, como si pensaran que iban a empezar a pelearse. En su lugar, el desconocido se recostó contra la silla.
—Pero ¿no es un poquitín sospechoso? Que tu padre muriera salvando a tres personas cuyos nombres no conoce nadie, la misma noche en que Ian vio…
—¿Qué? ¿Estás diciéndome que un dragón mató a mi padre?
La palabra sumió la cocina en un hechizo horrible: de repente, los demás parecieron indispuestos. Todos menos el desconocido, que le devolvió la mirada a Alex con otra de la misma intensidad.
—Lo que digo es que hace dos años se vio un dragón por aquí, y que ahora ese dragón ha regresado.
Alex parpadeó y pensó de inmediato en el diente.
Ian dejó caer el tenedor otra vez.
—¿Ha vuelto? —gimoteó—. ¿Qué quiere decir que ha vuelto?
—Señor Lowrie —dijo el desconocido, aunque sin apartar la mirada de Alex—. ¿Cuándo grabó ese sonido?
El señor Lowrie apenas había tocado el plato.
—Anoche —contestó con voz ronca—. Apareció en mi granja. Aterrorizó a las cabras. Hay una que sigue perdida. Creo que quizá se la ha… quizá se la ha…
—¿Lo viste? —preguntó la señora Wiggins, abrazando a Mimsy con tanta fuerza que casi le corta la respiración al animal.
—Salí con la linterna para ver qué era todo ese jaleo. —El granjero se estremeció—. L-l-lo vi escabullirse hacia el interior del bosque.
Alex se sentó y hundió los dedos en el regazo. El horrible rugido seguía sonando en sus oídos.
—No… No le vería los dientes, ¿verdad?
El granjero asintió con la cabeza.
—Unas cosas afiladas y repugnantes.
—¿De… de qué color eran?
—Negros.
Alex enderezó la espalda, electrizada. El desconocido reparó en su expresión.
—Alex, ¿hay algo que quieras contarnos?
Ella respiró hondo y entonces vio la hora que mostraba el reloj de pared.
—No. No, todo esto es… ¡es tan estúpido! Mi madre llegará en diez minutos. ¡Tenéis que iros!
El desconocido asintió con la cabeza, pensativo, y a continuación suspiró.
—Muy bien, supongo que llevamos demasiado rato invadiendo la cocina de la señorita Evans. Si me ayudáis a limpiar, podremos estar fuera de…
Se detuvo, mirando hacia la puerta de la cocina. Alex siguió su mirada y se llevó las manos a la boca.
Aunque la cocina estaba llena de huéspedes inesperados, la madre de Alex no parecía sentir ningún interés por el señor Lowrie, ni por Ian, ni por Mimsy, que lamía la sopa de calabaza que había caído al suelo. Solo tenía ojos para el desconocido y estaba cada vez más pálida.
—Tú…