Capítulo 3
N ada más llegar a casa de la escuela, Alex se dirigió de inmediato al bosque.
Su madre estaría de vuelta a las ocho: siempre trabajaba hasta tarde los martes. «Tú prepara la cena y celebraremos juntas tu cumpleaños en cuanto entre por la puerta, ¿de acuerdo?».
Alex se había pasado todas las clases debatiendo consigo misma.
«¡No puedes ir, no puedes! ¡Si se entera te mata!
». Entonces notó el diente en el bolsillo, pensó en los carteles de desaparecido y eso la llevó a decidirse.
Iría en busca de Mimsy, se despediría como debía del bosque y estaría sana y salva en casa, sentada a la mesa con un halo sobre la cabeza, antes de que su madre regresara del trabajo.
Así que, en cuanto se bajó del autobús, Alex subió corriendo a su habitación, levantó la alfombra por una de sus esquinas y abrió haciendo palanca uno de los tablones de madera del suelo.
Sacó la mochila que había escondido debajo y salió por la puerta trasera —estaba convencida de que su madre le había pedido al señor Harrison, que vivía en la acera de enfrente, que la espiara—; entonces siguió la calle a la carrera y se zambulló en el bosque como las focas se tiran al agua.
—¡Mimsy! —gritó, saltando por encima de unas piedras musgosas y unas madrigueras de conejo que conocía tan bien como las pecas de sus brazos—. Mimsy, ¿estás ahí?
Pero no oyó nada. Un silencio extraño reinaba en el bosque, donde por lo general sonaba el alegre canto de las aves. Aunque no llovía desde hacía varios días, el aroma dulzón de la tormenta flotaba en el aire.
Alex sacó de la mochila un walkie-talkie de plástico mellado, cubierto con adhesivos desleídos de flores. Se quedó mirándolo con el pulgar flotando vacilante sobre el botón. Acabó por apretarlo.
—Aún no hay señales del perro, papá… corto.
A él le habría encantado: salir al bosque con una misión, hacer algo aventurero.
Algo heroico. Alex fue a mirar el pozo seco, por si Mimsy se había caído en él, y a continuación metió la cabeza en la madriguera de tejón abandonada.
Y acabó por llegar a su lugar favorito, donde se las arregló para esbozar una sonrisa.
Era el árbol de mayor tamaño en todo el bosque, el Viejo Roble.
Alex y su padre iban a menudo a sentarse en él —desde allí se veía el mar y también se veía la puesta de sol— y, como con tantas otras cosas del lugar, su padre tenía una historia sobre él.
Decía que el Viejo Roble era mágico, que no se alimentaba de agua y nutrientes como los árboles normales, sino del oro y las piedras preciosas que las hadas colocaban en torno a sus raíces.
Alex extendió una manta encima del barro. A continuación, abrió la mochila y sacó decenas de pequeños objetos de su interior, uno por uno, con la minuciosidad de un curador de museo.
Ella los llamaba sus «tesoros». Eran fragmentos de memoria solidificados: un total de ciento veintiséis.
El trozo de madera arrastrado por la corriente en el que su padre había tallado un zorro.
El soldadito de juguete que había ganado en la feria de Navidad para ella.
El relicario que Alex le había regalado por su cuarenta cumpleaños y que él llevaba colgado del cuello con una cadena, tras haber prometido que no se lo quitaría nunca.
La manta no tardó en quedar cubierta por los objetos y Alex los observó satisfecha. Por último, sacó un sobre blanco de una funda transparente y le puso el relicario encima para que no se lo llevara el viento. Sobre él se leía en tinta azul:
P ARA ALEX, EN SU DECIMOCTAVO CUMPLEAÑOS.
Se atrevió a tocar el sobre con el mayor cuidado, temerosa de manchar el papel.
Su padre había escrito esa carta el día en que Alex nació y, aunque a menudo había sentido la tentación de abrirla, nunca había estado cerca de hacerlo; ni siquiera la había puesto a contraluz para echarle un vistazo a las palabras que contenía.
Cogió el walkie-talkie y susurró al receptor:
—Seis años más, papá… corto.
Se tumbó de espaldas y levantó la vista hacia el cielo, cada vez más oscuro.
¿Cómo se las arreglaría sin el bosque? Era su lugar favorito, el de los dos: su padre y ella.
Le recordaba a tiempos mejores, antes de que su madre tomara su vida y la dividiera en franjas de media hora de duración.
Abrió sitio entre los tesoros, puso la cabeza allí y se extravió en sus recuerdos.
Tres mil seiscientos veintitrés días. Era el tiempo que habían pasado juntos —lo había calculado— y esa cifra no iba a cambiar nunca.
La perfección de los días otoñales en que se dedicaban a aplastar setas en el bosque y a observar la nube de esporas resplandecientes que brotaba de ellas.
Las noches de invierno en que frotaban dos ramitas entre sí para hacer una hoguera, soplando a fin de alentar las llamas, para a continuación asar los malvaviscos hasta que se volvían pegajosos, o para cocinar el salmón que habían pescado, después de haberle limpiado las escurridizas entrañas.
Primaveras en las que salían de excursión y escalaban y entonaban a gritos groseras quintillas allí donde nadie los oía; veranos de gusanos lustrosos en los que masticaban tallos de heno y se quemaban al sol, en que apretaban los capullos de madreselva para beber su néctar, en que se quitaban los aguijones de abeja con las pinzas de la navaja multiusos de su padre y hacían como que no les dolía.
Días interminables de ampollas y de cabellos llenos de barro y de destellos gelatinosos de los renacuajos en el río, de nidos de avispa finos como el papel y de moras verdes pero deliciosas que hacían que a ella le doliera el estómago, los ojos de cuarto creciente de un zorro entre los árboles durante el ocaso.
Esas tardes en que la puesta de sol bañaba el horizonte con remolinos de color violeta oscuro y regresaban a casa congelados, empapados por la lluvia, con las mejillas sonrosadas, para volver a repetirlo todo al día siguiente.
Alex sonrió al sentir que los recuerdos la llenaban.
Visualizó la noche de agosto, dos años antes, en que montaron la tienda de campaña allí mismo, junto al Viejo Roble.
Se tumbaron con las cabezas fuera de la tienda para ver una lluvia de meteoritos y tomaron zumo de manzana caliente mientras el cielo se llenaba de luces brillantes que pasaban a toda velocidad.
Abrazó el walkie-talkie y se imaginó que una voz surgía de él, distorsionada pero cálida. Una voz que siempre parecía estar cerca de la risa.
«Feliz cumpleaños, Alex».
Al despertarse, Alex se dio cuenta de dos cosas: se había quedado dormida sin querer y algo la observaba.
—¿Mimsy? —farfulló, levantando la cabeza adormilada.
Pero se trataba solo de un conejo que se frotaba el hocico contra las patas delanteras.
Alex se incorporó e hizo una mueca de dolor porque el diente que llevaba en el bolsillo se le había clavado contra el costado. Lo sacó y lo examinó a la luz del crepúsculo. El conejo comenzó a temblar con las orejas caídas, a la vez que lo miraba fijamente.
Movió el diente a derecha e izquierda. El conejo lo siguió con la vista.
—¿Qué… qué es? —le preguntó en un susurro y escudriñó los árboles que la rodeaban, convencida de que las sombras se movían. Se le erizó el vello de la nuca.
Entonces el cielo rugió, y unos pesados goterones cayeron sobre la cara de Alex y enfriaron su emoción.
Suspiró. El bosque no se movía, claro que no.
Estaba igual que siempre durante esos últimos tiempos: silencioso, vacío, apenas una sombra de lo que había sido antes de la muerte de su padre. Otro recuerdo, nada más.
—Se acabaron las aventuras —dijo, y tiró el diente al barro.
La lluvia comenzó a caer con más fuerza, así que Alex se apuró a recoger sus tesoros, dedicando un cuidado especial a la carta de su padre.
Miró el reloj mientras se apresuraba a volver a casa.
«Estúpida», se regañó. ¡Ya eran casi las siete!
«Estúpida, estúpida». A partir de ese momento iba a tener que hacer las cosas mejor, trabajar más duro, comportarse bien.
De esa manera, quizá su madre se mostraría más paciente con ella.
Se apresuró a entrar y se dirigió corriendo a la cocina mientras se sacudía la lluvia del pelo. Rebuscó en la alacena, sacó una olla y un paquete de espaguetis, y entonces se volvió. El desconocido del bosque estaba parado junto al horno.
—¡Oh, qué bien, ya has llegado! Escucha, ¿puedes indicarme dónde guardas el aceite?
Alex gritó y dejó caer la olla con un estrépito ensordecedor.
—¿Qué… qué haces aquí?
—Bueno, primero he forzado la puerta, luego he picado estas cebollas y ahora esperaba freírlas, pero es que no encuentro el aceite.
—Pero… pero… —A Alex le costaba respirar. El desconocido se volvió y, con ello, quedó a la vista el perro perdido de barro que descansaba feliz sobre su hombro—. ¿Has encontrado a Mimsy?
—Ajá. —Le acarició la oreja—. La pobre cosita estaba escondida en un matorral. ¿Tienes hambre? Yo es que me comería una ballena azul. Bueno, si no fuera vegetariano. —Frunció el ceño, pensativo—. Y si no les tuviera mucho cariño a las ballenas azules. ¿Te importa ocuparte de eso?
Alex parpadeó.
—¿Ocuparme de qué?
Sonó el timbre de la puerta. Alex miró sin comprender al desconocido y se dirigió hacia la puerta. Fuera estaba Ian, un adolescente con acné que vivía junto a la playa y que parecía tan confundido por estar en la puerta de Alex como ella de encontrárselo allí.
—Él… él me ha dicho que viniera a las siete —tartamudeó Ian.
—¡Has venido! —exclamó el desconocido, saliendo de la cocina—. Entra, que te estás mojando, muchacho. ¡Vamos a cenar en cuanto encuentre el aceite!
Tomó a Ian con tanta firmeza por el brazo que prácticamente lo levantó en volandas. Alex los siguió con la sensación de que se había tropezado y había caído en una pesadilla.
—¿No vas a sentarte, Alex? —preguntó el hombre mientras dejaba caer a Ian en una silla junto a la mesa.