El amanecer de los dragones (Dragonborn 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

A lex!

Se volvió de golpe mientras se guardaba el diente en el bolsillo de la chaqueta. Las ramitas se partieron haciendo el sonido de una ametralladora y una mujer salió de entre los árboles con los ojos desorbitados, bella y feroz, antes de dejarse caer de rodillas al verla.

—Oh, oh, Alex… —dijo, jadeando—. ¡Por fin!¡Oh, gracias al cielo!

Estaba vestida para ir a trabajar con un traje de color carbón, el pelo rojo recogido con fuerza y la blusa blanca inmaculada, pero inmaculada de verdad.

Tomó a Alex entre sus manos, comprobó su cara, sus brazos, su nuca, como si esperara descubrir que los cubría un sarpullido letal.

La abrazó con fuerza y con la misma fuerza la apartó de sí.

Su expresión se agudizó con un gesto tormentoso.

—¿Cómo se te ocurre?

—B-buenos días, mamá —logró decir Alex. El miedo la había dejado sin ideas en la cabeza—. ¿Has dormido bien?

—Alex, es que te has ido. ¡No te encontraba por ninguna parte, me he asustado muchísimo!

—Pensaba volver de inmediato, ¡te lo prometo! ¡Ni siquiera te habrías dado cuenta de que me había ido!

Su madre soltó una amarga carcajada.

—Oh, qué considerado por tu parte. —La cogió por la muñeca y tiró de ella mientras descendían por la colina—. No me lo puedo creer, Alex. ¿Qué decimos siempre? ¡Que nunca nos dejaremos solas la una a la otra!

—Solo han sido cinco minutos. Quería… quería tomar un poco de aire fresco.

—Entonces abre la ventana. O estás en la escuela o estás en un lugar donde pueda verte. Esa ha sido siempre la norma.

—Solo estaba en el bosque, mamá.

La mujer escudriñó los árboles con nerviosismo, como si cualquiera de ellos pudiera ocultar a un asesino encapuchado.

—Venimos al bosque cada domingo por la mañana durante quince minutos, esa es la norma. —Frunció el ceño al ver a unos ciempiés que se revolcaban ansiosos por el barro—. Aunque en realidad pienso que eres demasiado mayor para estar jugando por aquí.

La verja chirrió a sus espaldas mientras Alex se veía arrastrada hacia el pueblo.

Parpadeó por la sorpresa: en el rato que había pasado ausente, toda la calle se había llenado de decenas de carteles blancos, pegados a las farolas y a los coches aparcados, con la palabra «Desaparecido» encima de una foto en primer plano granulado de un alegre perro blanco de raza terrier.

—¿Mimsy ha desaparecido? —preguntó Alex, con una punzada de ansiedad.

Le caía bien ese perrito; le gustaba tirarle golosinas desde la ventana de su dormitorio entre un problema de álgebra y el siguiente.

—Una vez vi a esa criatura ladrarle a su propio reflejo —se burló su madre—. Es probable que haya cruzado la calle cuando no debía. Ahora escúchame: no puedes escaparte de esa manera, ¿me entiendes?

Alex asintió con la cabeza, taciturna.

—Sí, mamá.

—Tienes que concentrarte. Tienes que ser sensata. ¿Lo comprendes?

—Sí, mamá.

—¿Eres consciente de que voy a tener que castigarte por esto? No me has dejado otra alternativa.

Había un bullicio sorprendente en la calle para ser las siete de la mañana.

Cuatro ancianas parloteaban junto a la oficina de correos y una multitud ansiosa se había congregado alrededor de Bernard, el cotilla del pueblo.

Alex captó fragmentos de sus conversaciones mientras su madre la arrastraba e intentó unir los puntos:

—¡Cruzó el pueblo a la carrera, despotricando como un demente!

—Tres palomas se estamparon contra mi ventana.

—¡El señor Lowrie, el granjero! Un susto de muerte.

—Plaf, plaf, plaf… ¡Plumas por doquier!

—Dice que vio algo en el bosque.

Al oír eso, Alex volvió la cabeza y miró preocupada uno de los carteles con la leyenda de desaparecido, consciente del peso del diente en su bolsillo.

—Espera, ¿qué acaban de decir…?

—¡Alex, ¿quieres escucharme?! —le espetó su madre, haciendo que girara sobre sí misma para encararla; frías y pálidas, sus fosas nasales se hinchaban con cada inspiración rabiosa—. Te prohíbo entrar en el bosque. Para siempre. Ese será tu castigo.

Alex retrocedió a trompicones; tenía la sensación de que le habían pegado un cañonazo en el estómago. Su madre se alejó, decidida.

—Mamá, no. No, no, no. —Corrió tras ella, la cogió del brazo—. Por favor, no puedes hacer eso. No, no, ¡es la primera vez que me porto mal en siglos!

—¿Y qué? Con una vez basta.

—Pero… pero lo necesito.

—Nadie necesita un bosque, Alex.

—¡Haré lo que sea! Lavaré… lavaré los platos cada día. ¡No volveré a quejarme de esos documentales tan aburridos que vemos mientras cenamos!

—No, Alex. Lo siento, pero esta es la única manera de que aprendas.

—Pero… pero… —De repente sintió deseos de gritar, y tuvo que obligarse a contener la rabia en lo más profundo de su ser para poder exprimir las palabras en voz baja—: Pero es donde papá y yo íbamos siempre.

Su madre se detuvo junto a la verja de su casa y comprobó que su traje estuviera bien en el retrovisor de un coche. Estiró el brazo para arreglarle el pelo a Alex, pero esta retrocedió.

—Mamá, por favor… —le suplicó—. Es el único recuerdo que me queda de él. No puedes quitármelo.

—Bueno, deberías haberlo pensado antes de decidir que ibas a largarte por tu cuenta. Quizá así acabes comprendiendo lo importante que es esto.

Alex se quedó mirándose los pies, impotente, intentando recomponer sus ideas.

—Pero… pero no lo entiendo. ¿Por qué es tan importante? ¿Por qué debo ir con tanto cuidado?

Su madre no contestó; se limitó a mirarla con esos ojos penetrantes que no pestañeaban. Al cabo de un largo instante miró el reloj.

—Bien, vamos. Aún puedes ensayar un poco con el violín antes de ir a coger el autobús.

Cruzó la verja y subió por el sendero del jardín mientras Alex se frotaba el nudo doloroso que sentía en el vientre.

—Oh, casi se me olvida. —Su madre se volvió de nuevo y su rostro se recompuso para esbozar una sonrisa perfecta—. Feliz cumpleaños, cariño.