El amanecer de los dragones (Dragonborn 1)
© inepub.com
Capítulo 1
E ra una fría mañana de octubre y a Alex Evans le iba todo bien. En serio. Le iba de fábula.
Se levantó e hizo la cama —a la perfección, las sábanas quedaron lisas como la superficie de un estanque helado—, y a continuación se cepilló los nudos del pelo hasta que lo tuvo liso por completo.
Se dirigió al escritorio y revisó tres veces los deberes que había hecho la noche anterior antes de dividirlos entre las dos bandejas de plástico, una etiquetada como deberes para la escuela y la otra como deberes para casa.
Se dio cuenta de que las sábanas se habían soltado en una esquina y se acercó a solucionarlo.
Una voz le preguntó desde la habitación contigua:
—¿Has hecho la cama, cariño?
—Sí, mamá —contestó ella con calma.
Alex marcó con un círculo la fecha de ese día en el calendario que ocupaba una pared entera de su habitación; meses, semanas, días y horas, todos ellos llenos con la caligrafía de su madre en color rojo.
La primera orden del día decía: «6:30 - ensayo de violín, 15 minutos».
Miró el instrumento, que descansaba con arrogancia contra la mesita de noche.
Vio que las sábanas se habían soltado de nuevo y se acercó a arreglarlas.
—Todo está bien —dijo con calma, y se puso a practicar la sonrisa en el espejo: perfecta, mostrando los dientes, los ojos fruncidos con suavidad.
Vio que tenía una mancha de tinta en el labio y no dejó de restregarla hasta que desapareció. Se puso el uniforme escolar y se ajustó la corbata hasta que alcanzó una tensión perfecta.
—¿Te has acordado de hacerte bien la corbata esta vez? —volvió a sonar la voz de su madre.
Alex se tiró de la corbata para ajustarla aún más, y el nudo se le clavó en la garganta.
—Sí, mamá —contestó con mucha calma.
Se dirigió a coger la chaqueta del uniforme pero tropezó con la pata de la mesa y el violín se estremeció, indignado, cuando ella se golpeó contra la mesita de noche. Hizo una mueca de dolor mientras se frotaba el dedo del pie.
—¿Todo bien, palomita mía?
—Sí —dijo ella con mucha, muchísima calma, y se dirigió dando saltitos hacia el espejo—. Todo está bien.
Se puso la chaqueta del uniforme; un botón, dos botones, tres botones. El cuarto salió volando, golpeó el espejo con un sonido metálico y se estrelló contra su nariz. Ella miró su reflejo. Sus ojos se estremecieron. Vio en el espejo que las sábanas habían vuelto a soltarse.
Alex respiró hondo.
Se volvió, abandonó en silencio la habitación, bajó la escalera y salió de la casa a la fría luz matutina.
Avanzó por la calle vacía en dirección al viejo bosque que había a las afueras del pueblo.
Se adentró entre los árboles con la espalda recta, el rostro inexpresivo, con una calma completamente completa.
Por último se detuvo en un pequeño claro. Y por un instante no hizo nada.
Entonces, Alex se arrancó la corbata, echó la cabeza hacia atrás y gritó tan fuerte como pudo.
Fue como si una bomba hubiera detonado en su pecho.
El sonido brotó imparable a través de sus labios, rascándole la garganta, triste y terrible y doloroso de oír.
Sin embargo, con cada segundo que pasaba iba sintiéndose más ligera, más tranquila en su interior.
Como si estuvieran vaciándole el cuerpo de todo ese veneno.
Al final, cuando no le quedó nada por lo que seguir gritando, el sonido se convirtió en un gemido apagado y se dejó caer contra un árbol para recuperar el aliento dando pequeñas bocanadas. Sintió una gran alegría porque nadie la hubiera visto.
—Vaya, qué visión tan extraña para un martes por la mañana…
Alex ahogó un grito y, al volverse, se encontró con un hombre que vestía una capa del color de las hojas en otoño.
Era la persona de mayor tamaño que ella hubiera visto nunca, tenía la piel muy morena y unas rastas coronaban su cabeza.
Los ojos le brillaban de curiosidad, como si el día se hubiera vuelto para él mucho mucho más interesante.
Alex retrocedió un paso.
—¿Quién eres? ¿Qué estás haciendo en mi bosque?
—Ah, así que es tu bosque… —dijo el hombre con una voz que era como un trueno suave—. Genial, porque quería hablar con su dueña. ¿Qué ha sido todo eso, pues?
—¿Qué ha sido qué? —preguntó Alex con excesiva rapidez.
El hombre frunció los ojos, divertido.
—Ya veo. Así que quieres jugar, ¿eh?
—Yo solo, hum… estaba aclarándome la garganta.
—Por supuesto. Cuando yo me aclaro la garganta también suena como si hubiera cien gatos hambrientos y moribundos.
—Tienes acento escocés… —observó Alex, con la esperanza de cambiar de tema.
—Ajá, se conoce que emigramos hacia el sur cuando llega el invierno. ¿Has estado allí alguna vez? La campiña es hermosa y la gente, encantadora. ¿Ha hecho que te sientas mejor?
—¿Escocia?
El hombre sonrió.
—Aclararte la garganta.
—Oh… —Alex movió los pies, nerviosa—. Sí. Un poco. —Pensó en el duro y doloroso nudo que sentía en el estómago—. Por un rato.
—¿Hay algo de lo que te apetecería hablar?
Ella negó con la cabeza.
—Estoy bien. Todo va bien.
—Ajá, la gente que está bien suele decir: «Estoy bien, todo va bien» mientras sufre un tic en el ojo izquierdo. No es bueno reprimir las cosas, ¿sabes? Podrías acabar haciendo algo raro, como meterte en el bosque a gritarle a un desconocido.
Alex se frotó la nariz.
—Eso no ha sido raro —murmuró en voz baja.
El hombre frunció el rostro para expresar su completo desacuerdo.
—Ha sido un poquito raro.
—Ya, bueno… tú eres raro. ¿Quién viste así, como tú?
—¿Qué quieres decir? —Él bajó la vista para mirarse, ofendido—. Esta es mi ropa de viaje. Al menos no estoy encarcelado dentro de un uniforme gris que pica. Te falta un botón, por cierto.
—Ya lo sé —dijo Alex.
—Ah, aún pareces un pelín enojada. ¿Necesitas volver a gritar?
—¿Qué haces aquí, a todo esto?
—Estoy cazando.
—¿Cazando? ¿Cazando qué?
—Humm… osos.
—No hay osos en Gran Bretaña.
Él se encogió de hombros.
—Depende de dónde mires.
Alex frunció la nariz y miró el reloj. Su día había experimentado un giro de lo más extraño, y no eran ni siquiera las siete de la mañana.
—Tengo que volver a casa.
El hombre miró por encima de la cabeza de Alex, como si el grito siguiera flotando sobre ella.
—¿Estás segura de que esa casa es el lugar que más te conviene?
Ella se volvió.
—Estoy bien. Solo tengo que… mantener la concentración. Todo saldrá bien si hago solo lo que me piden.
—Humm… —El hombre la estudió—. Nunca había visto un ave tan ansiosa por cerrar la puerta de su propia jaula.
Alex le fulminó con la mirada; deseaba ponerse a discutir con él, pero le faltaban el valor y las palabras. Una sonrisa iluminó la cara del hombre.
—Bueno, será mejor que me vaya, tengo cosas importantes que atender.
—Sí. —Alex enarcó una ceja—. Alguien tendrá que darle caza a esos osos.
—No… no, en efecto, deberían ir con cuidado. Hay un montón de cosas raras hoy en este bosque. —El hombre se arrebujó bajo la capa, y le dirigió una expresión astuta—. Que tengas un buen día… y que sigas igual de bien.
Dicho lo cual, dio media vuelta y se adentró en el bosque haciendo muy poco ruido para alguien tan grande.
Alex se estremeció, agitada por la conversación que habían mantenido, enojada con él o algo por el estilo.
Le pegó una patada a lo que pensó que era una ramita, pero en realidad se trataba de una raíz, así que volvió al pueblo cojeando.
—Estoy bien —se dijo, gruñona—. Todo va bien.
No tenía más que seguir mirando al frente.
Hacer los deberes. Ir a la escuela. No dejarse distraer.
Porque, si se detenía a pensar demasiado, comenzaría a dolerle la barriga, y la rabia le quemaría por dentro.
Debía hacer que las cosas fueran sencillas y sensatas.
Pequeñas. Tenía que dejar de esperar que su vida se volviera más importante.
Un brillo oscuro llamó su atención; había algo entre la exuberante vegetación.
Frunció el ceño, se acercó con cautela y se puso de rodillas para verlo de cerca.
Por alguna razón, el objeto resaltaba encima de una roca de gran tamaño sobre la que se amontonaban, excitadas, las cochinillas de la humedad. ¿Qué hacía eso en el bosque?
Alex apartó a los insectos y lo cogió con cuidado de no cortarse. Era dentado y triangular, y, al cogerlo, vio que su tamaño se extendía entre su muñeca y las yemas de sus dedos. Brillaba y era negro como la tinta. Y lo bastante afilado para haber atravesado la roca.
Se trataba de un diente.