Capítulo 28
L o primero que notó fue el remolino de calor en el vientre, el hormigueo que le subía por la espalda.
Le dolían los dientes, le dolían las uñas de los dedos.
Le dolían los huesos. De pronto, tuvo la sensación de que su cuerpo era demasiado pequeño, como si se hubiera pasado muchos años atrapada, apretujada con fuerza dentro de una cajita.
Sus brazos y piernas habían estado comprimidos en ángulos extraños y dolorosos; su cuello, doblado, como si hubiera dormido en mala posición.
Sus alas estaban plegadas como abanicos de papel contra sus hombros, la cola se le clavaba en la espalda como una cadena de clavos.
Tenía la sensación de que la presión estaba a punto de hacerla trizas.
Un remolino de humo pasó por delante de sus ojos y, por un instante, el mundo se volvió negro por completo.
Un trueno retumbó en sus oídos y entonces…
«PUM-PUM, PUM-PUM».
Toda ella se desenmarañó de golpe.
El dolor había desaparecido, como si nunca hubiera existido.
El humo se alejó, el prado estalló a su alrededor en manchas de hierba y de fuego.
Seguía corriendo, pero su cuerpo parecía lento, desequilibrado, así que se puso a cuatro patas y el suelo tembló bajo sus manos y pies.
El mundo cantaba en sus oídos. Oyó el canto de los insectos en la hierba, los miles de millones de pequeñas ráfagas de viento que se estrellaban contra sus escamas.
Oyó la fragua que había pasado a tener en el lugar del corazón —«PUM-PUM, PUM-PUM»— llenar sus venas de fuego.
Y oyó el rugido de una máquina por encima de la cabeza, el zumbido de sus hélices, el humo que escupía el motor a través de un agujerito, el traqueteo de un tornillo suelto. Los murmullos de la persona que había dentro.
«¡Eres mío, eres mío, eres mío!».
La máquina apestaba a gasolina y sudor. Parecía mucho más pequeña que antes, un ave diminuta de metal maltrecho.
Sus armas hablaban, ahogaban el resto de sonidos y, al golpear el prado, las balas hicieron saltar altas columnas de agua.
No muy lejos había un hombre arrodillado en el barro y por un instante no recordó su nombre, como si se lo hubiera dejado en el otro cuerpo.
Pero sabía todo lo demás acerca de él y, por encima de todo, sabía que no iba a dejar que muriera.
—¡Oliphos! —gritó.
Pero la palabra se perdió entre sus anchos labios y esa gruesa lengua tan poco familiar hasta convertirse en un silbido arrastrado.
Esprintó, vio el avión atravesar el prado, vio que las salpicaduras de las balas se dirigían hacia el hombre.
Deseó saltar y de un golpe aplastar ese avión del cielo, pero no supo cómo.
Entonces, la voz de Erik salió a la superficie entre sus recuerdos.
«El secreto del vuelo está en los hombros».
Ella los retorció y encontró las alas, y por primera vez las hizo batir, y sintió que unas pequeñas molestias las recorrían, como si no las hubieran usado nunca.
El viento pasaba entre ellas como el agua entre los dedos; hacía que se estremecieran, tensas y expectantes.
Tiró de ellas hacia abajo con todas sus fuerzas, se impulsó de manos y pies contra el suelo y el viento la levantó.
Hizo bajar las alas otra vez, y otra, y, con cada batida, el prado fue volviéndose más pequeño.
Pero el avión era mucho más rápido que ella, era imposible que llegara a tiempo. Llenó de aire los inmensos pulmones.
—¡NO!
La palabra se incendió mientras corría por su garganta, brotó de sus labios y floreció en una llama de color amarillo brillante que extendió sus pétalos por el cielo.
Y que rozó una de las alas del avión.
El fuego se extendió, las llamitas ardían con viveza a lo largo del metal, las hélices se fundieron como si estuvieran hechas de cera. Un grito de furia surgió de la cabina mientras el avión se inclinaba con brusquedad y sus armas quedaban en silencio. Oyó al piloto resoplar y escupir.
Se elevó hasta que justo por debajo tuvo el avión, que era solo un poco más grande que ella, y, con un golpecito de la uña, abrió de cuajo la cabina.
El piloto estaba preparado: levantó la pistola y disparó hacia arriba.
Pero ella apartó la cabeza de golpe, introdujo la pata, lo arrancó del asiento y lo sacudió como si fuera un juguete hasta que se le cayó la pistola de las manos.
El avión comenzó a rodar, cayó en barrena hacia el mundo bajo sus pies y se estrelló en un gran lago que comenzó a brillar como un vitral de color rojo a la luz de las llamas.
Y, en el reflejo de ese lago, Alex vio un dragón.
No lo reconoció. Tenía el cuello alargado y una cola como un látigo, y su cabeza era casi como la de un ciervo, las mandíbulas torcidas en un gruñido de fiereza, con hilillos de humo que se elevaban entre sus afilados dientes de color negro.
Cuatro cuernos dorados le salían de la cabeza, sus alas se desplegaban como una capa inmensa y brillante que se ondulara al viento. Y sus escamas…
Sus escamas eran rojas y anaranjadas.
Los colores de un amanecer.
Alex abrió la boca y lanzó un grito triunfal.
Pero la voz que salió de sus labios no fue la de una jovencita, sino un rugido profundo y salvaje que pareció esparcirse por el mundo entero y que resonó en las montañas como si un millar de potentes voces se hubieran sumado a la suya.
Los últimos aviones se alejaban petardeando hacia el horizonte y un ruido sordo de alas la rodeó en las alturas: eran Ferox y Pan, que escupían chorros de llamas resplandecientes como fuegos artificiales.
Abajo, vio a Kaida y a Shanks aullar su dicha hacia el cielo mientras Oliphos le dirigía una mirada de orgullo con el brazo por encima de los hombros de Rannock, que estaba pálida y lucía una expresión de agotamiento.
Y entonces, en el otro extremo del prado, Alex vio a un hombre alto con una melena canosa y una cajita dorada en la mano que le sonreía, le dedicaba una pequeña reverencia y se volvía para desaparecer entre la niebla.
Sus alas se estaban cansando. Le dolía el pecho. De repente, le pareció que tenía un cuerpo demasiado grande. Se sacudió y cayó unos tres metros; a sus alas les costaba ya dominar el viento.
Pan y Ferox volaron hacia ella, la sujetaron con sus garras y entrelazaron las tres colas. La hicieron bajar al prado, donde se derrumbó de cara con las alas abiertas de par en par. Emory Steen se retorció para escapar de sus garras y se encontró con que Rannock le plantaba una bota en el pecho.
—¡Lo has logrado! ¡Lo has logrado! —Kaida y Shanks llegaron corriendo para sumarse a Pan y a Ferox en la celebración, en los sollozos y las palmadas sobre las escamas de Alex.
Ella quería abrazarlos, pero no sabía cómo.
—¿Cómo me transformo de nuevo? —intentó decir, pero las palabras se convirtieron en gruñidos en la caverna de su boca.
De alguna manera, Oliphos entendió lo que decía.
—Ah, bueno, esa parte es sencilla. Mira.
De sus garras brotaron unos hilos de humo que se enroscaron entre sí.
Vio que una pequeña tormenta le envolvía la cola.
Notó que las alas se plegaban contra sus hombros otra vez y, al pasarse los dedos por los brazos, no encontró más que su piel, fría y lisa.
Cuando el humo desapareció, estaba sentada en la hierba.
El mundo había crecido a su alrededor, y Oliphos y los demás se cernían sobre ella.
Alex se puso en pie y los otros muchachos se abalanzaron para abrazarla; fue algo brutal, doloroso, maravilloso.
—¡Tendrías que haberte visto! —gritó Kaida, palmeándola con fuerza en la espalda.
—¡Quién iba a decir que eras tan grande! —dijo Shanks, con lágrimas en los ojos.
—¡Estuviste majestuosa! ¡Preciosa! ¡Aterradora! —gritó Pan.
—Muy bien, animalitos, dejadla respirar —pidió Oliphos, aunque Alex deseaba que sus amigos se quedaran ahí para siempre.
En cierta forma, notaba el corazón tan lleno como dolorido, como si hubiera sentido demasiadas cosas en demasiado poco tiempo.
Levantó la vista hacia Oliphos y le sonrió.
—Lo he conseguido. Soy un dragón.
Oliphos le puso la mano con suavidad en el hombro.
—Siempre lo fuiste.