El Alquimista Imperial (Aventuras De Georgia Lee 1) Capítulo 62
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Capítulo 62

MacGyver era pura mentira.

Sarah mira con incredulidad el trozo de alambre que tiene en la mano. Es demasiado grueso para el agujero.

Sin querer rendirse, voltea para recorrer el sótano con la mirada una vez más. Realmente necesita un martillo, pero sabe con certeza que no hay nada semejante aquí dentro. Sus ojos se detienen en el escritorio al otro lado del cuarto.

Sarah baja los escalones hacia la mesa a paso firme, examina sus robustas patas de metal y se agacha para levantar una mientras coloca el alambre por debajo.

Luego, con toda la fuerza que puede reunir, golpea el peso de la mesa contra él.

Falla varias veces, pero con paciencia repite este torpe movimiento una y otra vez, y después estudia los resultados.

Perfecto.

Después de hacer lo mismo con el otro trozo de filamento, Sarah sube los escalones hasta la puerta. Esta vez, los filamentos encajan exactamente en el agujero.

Dobla ambos alambres por el extremo y los introduce en la cerradura en distintos ángulos.

Hace tiempo que no tiene que hacer esto, pero retomar la habilidad es como montar en bicicleta para ella.

Tanteando el ojo de la cerradura con uno de los alambres, calcula que hay al menos cinco o seis pasadores en el mecanismo de cierre.

Es cuestión de ubicar los pasadores y empujarlos hacia arriba uno por uno.

Sarah juguetea con los alambres durante un buen rato.

Su tamaño no es exactamente el ideal para esta tarea, incluso después de haberlos aplanado un poco.

Recuerda con claridad que a MacGyver le tomaba menos de un minuto hacer este truco en la televisión.

Pero es televisión, al fin y al cabo, y ella solo está feliz de haber llegado hasta aquí.

Le toma al menos media hora frente a la puerta, pero cuando el tenue e inconfundible clic surge desde el interior de la cerradura, siente que las lágrimas de alivio están a punto de brotar.

Le brotan gotas de sudor en la frente, y se seca las manos húmedas en la ropa sucia, respira hondo unas veces antes de ejercer una suave presión sobre el otro alambre para girarlo hacia la derecha, rezando para que sea la dirección correcta.

La cerradura gira sin resistencia, y Sarah observa con incredulidad cómo la puerta se abre de par en par tras un suave tirón de la manija.

Dios mío. Realmente funciona.

El alivio la invade y de repente rompe en llanto, riendo y sollozando al mismo tiempo. Luego se lleva las manos firmemente a la boca y espía a través de la abertura, intentando detectar cualquier movimiento al otro lado.

Cruza el umbral con extrema cautela, medio esperando encontrarse en una casa en ruinas, la siniestra guarida de un asesino en serie tal como en las películas de terror que le gusta ver.

En cambio, no ve nada más que un pequeño cobertizo de concreto.

Al igual que el sótano de abajo, está prácticamente vacío.

Una corriente de aire frío silba suavemente por la puerta de metal a la izquierda, y ella se acerca a abrirla, pero está cerrada con llave.

Uf.

Sarah voltea para recuperar los alambres de la puerta del sótano. Parece que este lugar la tendrá prisionera un poco más.

Cuando Sarah por fin logra abrir la puerta, queda en evidencia que el pequeño cobertizo que la ha tenido cautiva durante quién sabe cuánto tiempo está ubicado en algún lugar del outback australiano.

El sol está alto en el cielo, así que por suerte no tendrá que abrirse camino entre la maleza en la oscuridad.

Después de todo lo que pasó para escapar, sería el colmo de la ironía morir por la mordida de una serpiente o una araña venenosa.

Se estremece sin poder controlarse a la sombra, con la brisa invernal colándose por su delgado suéter.

Se adentra en la luz del sol y se frota los brazos intentando entrar en calor.

Debe haber un camino en algún lugar por aquí, decide Sarah.

Su secuestrador no pudo haberla llevado muy lejos sin un auto, aunque sea fuerte como un toro.

Mira a su alrededor, pero no hay más que árboles, uno tras otro.

Bajando la vista, Sarah busca algún indicio de una senda cerca de la puerta del cobertizo.

El hombre la visitó varias veces y, dado que el cobertizo está vacío, debió haber caminado hasta aquí desde su casa o su auto.

Observa la vegetación aplastada en el suelo y encuentra un rastro muy tenue que se aleja de la puerta.

Con los pies crujiendo sobre hojas secas, sigue el camino mal definido, pero lo pierde a unos pocos cientos de metros del cobertizo.

Frustrada y mirando en todas direcciones para recuperar su orientación, el inconfundible sonido de un vehículo que se acerca la hace levantar la vista.

Gira hacia la derecha y echa a correr en dirección al ruido, y poco después da con el camino cuando un gran camión pasa retumbando.

—¡Oye! —Sarah corre tras el camión agitando los brazos con desesperación en el aire, con la esperanza de que el conductor la vea por el espejo retrovisor. El vehículo sigue sin aminorar la marcha, levantando una nube de polvo a su paso.

Jadeando, Sarah apoya las manos en las rodillas intentando recuperar el aliento tras la carrera. No tiene idea de dónde está, pero tarde o temprano pasará otro auto. Cuando eso ocurra, se detendrá. Ella se asegurará de que así sea.

Necesita llegar a una estación de policía. Tiene que advertirle a Georgia.