Capítulo 59
Ni un solo maldito clip.
Frustrada, Sarah vuelve a caminar de un lado a otro de la habitación.
Horas atrás logró liberarse de las cuerdas frotándolas contra un ángulo debajo de las escaleras.
Desde entonces, ha estado intentando descifrar cómo abrir la puerta.
Hecha de madera maciza y con apertura hacia adentro, es imposible derribarla a la fuerza, por más que tuviera suficiente energía para intentarlo.
La buena noticia, sin embargo, es que tras examinar la cerradura llegó a la conclusión de que parece ser un simple mecanismo de pasadores y resortes. Sarah está bastante segura de que puede abrirla si encuentra algún tipo de alambre delgado.
Lo ha hecho muchas veces, sobre todo cuando sus hijos todavía vivían en casa y tenían la costumbre de cerrar sus cuartos con llave por la noche.
En lugar de prohibirles hacerlo, Sarah les concedía la ilusión de intimidad y la sensación de tener el control.
Sin embargo, casi siempre abría la cerradura después para comprobar que no se hubieran escapado de la casa.
Ninguna cerradura iba a mantener a mamá afuera. Bastaban un par de horquillas y cinco minutos de su tiempo.
Pero ahora, después de haber registrado el sótano de arriba abajo, Sarah no encuentra absolutamente nada que pueda ayudarla a abrir la puerta que la mantiene prisionera.
Se acerca al escritorio otra vez, se pone en cuatro patas y se mete debajo, con la esperanza de haber pasado algo por alto la primera vez. Debajo de la mesa, Sarah pasa los dedos por cada superficie, por cada grieta, buscando algo que pueda usar. No encuentra nada.
Rindiéndose, Sarah se tiende en el suelo frío y lucha contra la desesperación que va ganando terreno. Aprieta los ojos con fuerza y respira hondo varias veces para contener las lágrimas.
Contrólate, Sarah.
Abre los ojos y clava la mirada en la luz incandescente del techo. Parpadea como si se burlara de ella. Y entonces la idea la golpea de repente.
Mmm . Recuerda haber visto a MacGyver hacer ese truco en su programa una vez. Quizás sea justo lo que la salve.
Se pone de pie y arrastra el pesado escritorio para colocarlo debajo de la luz y sube encima de la mesa.
Con las manos temblando de hambre, se jala la manga del suéter para cubrirse la piel, luego se pone de puntillas y extiende el brazo hacia el foco incandescente atornillado al techo.
Cuando lo gira, la habitación se oscurece un poco más, iluminada ahora solo por la luz del otro lado del cuarto.
Haciendo una mueca por el calor abrasador del foco que penetra la tela, se apresura a soltarlo del portalámparas.
Con su tesoro en mano, Sarah salta al suelo y lo coloca sobre el escritorio para que se enfríe.
Años atrás, cuando era ama de casa y cuidaba a dos niños pequeños, Sarah disfrutaba de la televisión a mediodía cada vez que sus hijos dormían la siesta.
Era el único momento del día en que tenía algo de tiempo para ella, un breve remanso de paz y tranquilidad en medio de una vida que, por lo demás, era un completo caos.
Fue durante ese período que se obsesionó con las repeticiones de MacGyver .
Dejando aparte su flechazo de fanática por Richard Dean Anderson, era un programa de televisión tremendamente bueno.
Sarah siempre había tenido un vivo interés por la física y por la manera en que el mundo funcionaba a su alrededor, y ese programa de acción y aventura la entretenía y la instruía al mismo tiempo.
Como agente secreto y científico entrenado, el ingenioso MacGyver resolvía problemas complejos fabricando cosas extraordinarias a partir de objetos cotidianos.
No dejaba de asombrar a Sarah con las aplicaciones cada vez más insólitas de su navaja suiza y su cinta adhesiva.
Ahora, puede que MacGyver sea precisamente quien le salve la vida.
Baja la vista hacia el foco sobre la mesa y recuerda un episodio en particular donde él abría la cerradura de una puerta con filamentos extraídos de una lámpara.
Dos trozos de acero para resortes —forma y tamaño perfectos.
Agarra el extremo del foco con la mano cubierta por la manga y lo golpea contra el borde de la mesa. El vidrio se rompe con facilidad, y jala los dos pedazos de alambre de soporte para desprenderlos de la base de plástico.
¡Bingo!