El Alquimista Imperial (Aventuras De Georgia Lee 1) Capítulo 45
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Capítulo 45

Georgia se despierta sobresaltada, con la respiración agitada rompiendo el silencio.

Los restos del sueño aún persisten, aferrándose a su mente como zarcillos que se niegan a soltarla.

Cuando por fin logró quedarse dormida, el sueño la llevó a un lugar oscuro donde estaba atrapada y aterrorizada, perseguida por hombres sin rostro.

Parpadea varias veces para ahuyentar el sopor. Le toma un par de segundos reconocer el lugar donde está y recordar cómo llegó hasta aquí. La casa está en silencio, y los únicos sonidos que escucha son los cantos de los pájaros afuera.

Una vez vestida, baja las escaleras y descubre por el reloj de pared que ya es pasado el mediodía, y que está sola en la casa.

Charlie ha dejado una nota sobre la isla de la cocina, avisando que fue al pueblo a comprar víveres.

Ha dejado la cafetera encendida, y el aroma del café recién hecho le hace agua la boca a Georgia.

Buen hombre.

Un café fuerte es exactamente lo que Georgia necesita.

Ha estado en vela toda la noche, revisando los dibujos y escritos en el cuaderno de Charlie.

Mientras sorbe la bebida caliente, sus ojos se posan en el teléfono antiguo sobre el mesón de la cocina, junto a la nevera de estilo de los años cincuenta.

El dueño de la casa tiene gustos retro. Sonríe mientras levanta el auricular del teléfono y marca un número que conoce bien, esperando con paciencia entre cada dígito mientras el disco de marcado gira de vuelta a su posición original cada vez. Tras una breve pausa, empieza a sonar.

—¿Aló?

—Sarah, soy yo.

—¡Dios mío, Georgia, me tenías muerta de preocupación! ¿Dónde estás? ¿Por qué no has contestado el teléfono?

—Es una historia larga —dice—. Mira, no puedo hablar mucho tiempo, solo quería que supieras que estoy bien. ¿Puedes llamar también a Amah y a Ethan para avisarles? Diles que voy a llamar cuando pueda.

—De acuerdo… —La voz de Sarah está cargada de suspicacia, pero no le hace preguntas a Georgia como lo haría normalmente. En cambio, dice—: Georgia, hay algo que tienes que saber.

Georgia guarda silencio mientras escucha a Sarah hablar con urgencia, y una inquietud comienza a enroscarse en el fondo de su estómago. Escucha un auto que se detiene frente a la casa y se da vuelta, viendo a través de la ventana que Charlie ha regresado.

—No, no hagas eso —dice rápidamente en respuesta a la pregunta de Sarah—. Oye, tengo que irme ya. Voy a llamar más tarde y te explico todo, ¿de acuerdo?

—Está bien. Ten cuidado⁠…

Georgia cuelga antes de tener la oportunidad de escuchar el resto de la frase de su asistente.

Sídney

Sarah Wu no es ninguna tonta, y desde luego no aprecia que la traten como tal.

Con cincuenta y ocho años y madre de tres hijos, hacía mucho que había desarrollado un instinto infalible para detectar las estupideces. Por eso era muy raro que alguien consiguiera engañarla.

Y eso es exactamente lo que ha pasado, a juzgar por lo que descubrió hoy.

La ha tenido resoplando de rabia durante todo el día, abriéndose paso por el campus universitario como una mujer poseída.

Incluso los otros profesores del departamento la han evitado, presintiendo el peligro cada vez que se acercaba.

Ese Lambert tiene unos huevos, metiéndose así con Georgia.

Y quien se mete con Georgia se mete con ella.

Sarah aprieta la mandíbula. Sí, se lo toma muy a pecho.

Estaba a punto de agarrar el teléfono y decirle al maldito exactamente eso, cuando recibió la llamada de Georgia.

Sarah no tiene idea de dónde está la chica, y tiene que admitir que este giro de los acontecimientos la tiene preocupada.

Sale del edificio del Departamento de Arqueología cargando su bolso sobre el hombro mientras camina a paso rápido hacia el estacionamiento.

Es tarde, y no hay nadie más alrededor mientras se dirige hacia su auto.

Sarah ha estado trabajando hasta tarde todo el mes, coordinando con China y administrando la excavación en nombre de Georgia lo mejor que puede.

Lleva un tiempo angustiada por el regreso de Georgia —manejar los trabajos de las dos al mismo tiempo no es nada sostenible, y ese profesor Chang de la Universidad de Pekín se está poniendo cada vez más mandón.

Además, el papeleo está empezando a acumularse.

Llega hasta su auto y revuelve dentro del bolso, rebuscando entre varios documentos y objetos varios para encontrar la llave.

¿Dónde diablos está?

Fue entonces cuando Sarah escucha los pasos detrás de ella.

Se le eriza la piel de la nuca y se vuelve para ver quién se acerca.

Pero el movimiento se interrumpe cuando una mano le cubre el rostro.

Forcejea para liberarse, pero unos brazos fuertes la inmovilizan.

Lanza un grito al sentir un pinchazo agudo en un costado del cuello, aunque su alarido queda ahogado bajo la mano de su atacante.

—Shh… —dice una voz.

Eso es lo último que escucha Sarah antes de que su mente se hunda en la oscuridad.