El Alquimista Imperial (Aventuras De Georgia Lee 1) Capítulo 19
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Capítulo 19

—¿Señor?

Mark Lambert levanta la vista del periódico y ve a Joseph de pie junto a la puerta del salón.

—Le tengo listo el desayuno, señor —dice, equilibrando la bandeja entre los brazos—. ¿Le gustaría tomarlo aquí o en el comedor?

—Aquí está bien, Joseph.

—Como usted diga, señor.

El mayordomo se acerca a la mesa de centro junto a Mark y dispone los distintos alimentos y bebidas: un tazón de frutos rojos, un par de huevos duros, café, agua y un platillo pequeño con tres pastillas redondas.

—Gracias.

—Es un placer, señor. —Joseph sale de la habitación sin hacer ruido.

Mark se levanta del sillón y toma el café mientras camina hacia las puertas ventana.

Contempla las praderas heladas del exterior y observa cómo el cielo rosado se torna lentamente blanco y luego azul pálido a medida que el sol asciende en el horizonte.

Los canguros que pastaban se retiran uno a uno conforme la luz de la mañana se intensifica.

Le tiembla la mano. Temiendo derramar la bebida otra vez, deja la taza sobre la mesa junto a la ventana.

Su mirada recorre los portarretratos sobre la superficie y se detiene en la foto de su difunta hermana.

Nola lleva uno de sus trajes de ballet —del Lago de los Cisnes , si mal no recuerda.

Lo mira con los mismos ojos grises que él posee, y su cálida sonrisa ilumina su hermoso rostro.

Siempre fueron muy unidos, hermanos forjados por las penurias de la infancia.

Mark sintió un fuerte impulso protector hacia su hermana desde que eran niños, y para los demás siempre pareció que era él quien sostenía a la familia después de que su padre se marchara definitivamente.

Lo que nadie sabía era que Mark dependía de Nola tanto como ella dependía de él.

Su hermana era el ancla serena de su vida, la persona más bondadosa y gentil que ha conocido jamás.

Sin ella, está convencido de que hace mucho tiempo se habría desviado del camino, y que la energía y el ímpetu de su juventud habrían terminado canalizándose hacia empresas delictivas.

Nola era una bailarina extraordinaria. Recuerda una de las veces que la vio bailar en el escenario: su debut como el nuevo talento más prometedor de Londres.

Era la versión de ballet de Romeo y Julieta , y todo el que era alguien en el mundo de las artes estaba presente.

Había mucha expectativa y habladurías en torno a esta joven bailarina de quien nadie había oído hablar jamás, y que sin embargo había logrado de algún modo conseguir el papel principal del espectáculo.

Todos los críticos estaban allí, afilando sus lápices para escribir una reseña demoledora sobre el último error que el coreógrafo principal había cometido.

Pero cuando Nola finalmente salió al escenario, un silencio absoluto cayó sobre el público.

Irradiaba una belleza tan deslumbrante que, durante las horas siguientes, no solo demostró que los críticos estaban equivocados, sino que también los cautivó con una actuación inolvidable.

Nola bailó con una gracia tan sublime que hizo brotar lágrimas de los ojos de Mark.

La actuación fue un éxito rotundo, y al terminar el público se puso de pie en una ovación cerrada y aplaudió hasta que les ardieron las palmas.

Al día siguiente, los periódicos estaban cubiertos de artículos sobre esta bailarina hipnótica que había deslumbrado a Londres.

Los contratos, las giras y los elogios llegaron rápidamente, llevando la carrera en constante ascenso de Nola a todos los rincones del mundo.

Pero no duró mucho. Tres años y medio después, cuando Nola actuaba en El cascanueces en Nueva York, el público notó una extraña rigidez en sus movimientos.

Tropezó a lo largo de una serie de giros de Fouetté , un movimiento de ballet por el que era más reconocida.

Y cuando llegó el momento de descender por la gran escalinata del decorado, de alguna manera perdió el equilibrio en un escalón y cayó de bruces sobre el escenario.

Aunque la caída no fue de gran altura, Nola salió del accidente con la nariz rota y la muñeca torcida.

Sin embargo, esas lesiones eran insignificantes comparadas con la inmensa vergüenza que sufrió.

Mark insistió en que los médicos le hicieran una batería completa de pruebas, dado que se trataba de algo inusual.

Cuando por fin anunciaron el diagnóstico, supo que la carrera de bailarina de su hermana había llegado a su fin.

Durante los cinco años siguientes, Nola Lambert, la bailarina más cautivadora que el Royal Ballet había visto jamás, quedó reducida a una criatura atormentada y convulsa, incapaz de controlar sus propios movimientos, su habla o incluso sus pensamientos.

Su carácter habitual —reservado y sereno— fue sustituido por episodios de agresividad y cambios de humor repentinos.

Mark ya no podía reconocer a su propia hermana. En sus momentos de mayor lucidez, a veces ella le suplicaba que le pusiera fin a su vida. Le rogaba, con su habla fragmentada, que la salvara de la enfermedad humillante que no terminaba de matarla con suficiente rapidez.

—¿Acaso no ves que ya estoy muerta? —decía ella, con los ojos suplicantes.

Mark sacude la cabeza y suelta un largo suspiro al recordar el rostro desfigurado de Nola, los movimientos extraños y lentos de sus ojos, y la baba que no dejaba de escurrirle por la comisura de la boca. ¿Cómo era posible que un ser tan angelical cayera tan lejos de la gracia?

Su mente se desvía hacia Georgia. Si la profesora es tan buena como él cree, ella es la clave para poner fin a todo esto. Mark le hizo una promesa a su hermana antes de que muriera, y cree que Georgia es la única que puede ayudarlo a cumplirla.

—¿Señor? —La voz de Joseph lo saca de su honda cavilación. Mark se vuelve, sorprendido de ver a su mayordomo junto a él. Ni siquiera lo oyó entrar.

—¿Sí?

—El auto está listo, señor. —Cuando Mark lo mira con momentánea confusión, Joseph explica—: Tiene un vuelo que tomar hoy.

—Cierto. —Mark se yergue y recupera la compostura de inmediato—. Salgo en unos minutos.

—Por supuesto, señor, le diré a Paul que cargue su equipaje ahora. —Joseph hace una pausa antes de salir—. No olvide tomar su medicación, señor.

—Sí. Gracias, Joseph.

El mayordomo sale de la habitación, y Mark se acerca a la mesa de centro, toma las tres pastillas redondas del platillo y las baja con un poco de agua.

Se frota el dolor sordo que siente en las manos.

Jamás querría terminar igual que Nola. Que Dios lo ayude, pero se quitará la vida antes de que eso ocurra.