Capítulo 12
El Gugong Museum, también conocido como el Museo Nacional del Palacio de Taipéi, alberga la colección permanente más grande y selecta de antigüedades chinas del mundo.
Situado al pie de una montaña en el noroeste de Taipéi, su extenso recinto incluye dos edificios de exposición, una biblioteca y poco menos de dos hectáreas de jardín chino que refleja los estilos clásicos de las dinastías Song y Ming.
Las áreas de exposición se alojan en la arquitectura china tradicional de paredes color amarillo Nápoles y tejas de techo en azul turquesa, con grandes arcos y una amplia avenida que conduce al edificio principal.
Con un tesoro de casi setecientas mil antigüedades, abarca más de ocho milenios de historia china, desde la era Neolítica hasta el período republicano.
Solo alrededor de tres mil piezas de la colección pueden exhibirse en un momento dado, y se especula que aún existen grandes reservas de tesoros ocultos en bóvedas bajo la montaña, antigüedades preciosas que jamás han sido mostradas al público.
También es uno de los lugares favoritos de Georgia en el mundo.
Cada vez que pisa este edificio, le da sus silenciosas gracias a Chiang Kai-Shek.
A pesar de la controversia en torno al gobierno marcial del generalísimo en Taiwán, y de la corrupción generalizada de su ejército y su gobierno, también le dio al mundo un legado perdurable al preservar el patrimonio y la herencia de la cultura china.
El Museo Nacional del Palacio de Taiwán comparte sus raíces con el Museo del Palacio de la Ciudad Prohibida de Pekín, en China.
La colección original del museo de Pekín se dividió en dos después de que Chiang Kai-Shek perdiera la guerra civil frente al presidente Mao.
El ejército nacionalista chino se retiró a Taiwán llevándose consigo algunas de las mejores piezas del patrimonio chino.
Durante ese período, casi tres mil cajones de antigüedades fueron trasladados en secreto bajo escolta militar, aunque esa cantidad apenas representaba el veinte por ciento de los cajones que habían salido originalmente de Pekín.
El resto fue confiscado por el ejército comunista en 1949.
China ha sostenido durante mucho tiempo que la colección fue robada, pero Taiwán insiste en que fue un acto necesario para proteger el valioso tesoro de su destrucción; especialmente durante la Revolución Cultural, en la que Mao alentó a su pueblo a purgar todos los vestigios de los «elementos capitalistas y tradicionales» de la sociedad.
Entre 1966 y 1976, los Guardias Rojos de Mao destruyeron innumerables edificios antiguos, templos, reliquias y antigüedades.
Mao persiguió a miles de intelectuales y académicos, y llevó a cabo frecuentes quemas de libros.
Abolió el uso del texto tradicional e introdujo en su lugar el uso de los caracteres chinos simplificados, negando eficazmente miles de años de literatura y cultura que habían evolucionado a partir del arte de la caligrafía china.
El ejercicio de muchas costumbres y expresiones culturales tradicionales también quedó gravemente debilitado como consecuencia.
En efecto, algunos argumentarían que Taiwán se convirtió en heredero del verdadero legado chino tras aquella década de ruina.
Cuando Georgia entra en el edificio principal del Museo Gugong, queda consternada por la transformación que ha experimentado en los tres años transcurridos desde su última visita.
Ya no queda rastro de aquel lugar sereno, propicio para la contemplación, donde uno podía admirar el legado de una gran civilización.
En su lugar, tiene la sensación de haber entrado en un mercado abarrotado, rodeada de una multitud de turistas chinos cuyo ruido y bullicio hacen difícil atravesar el amplio vestíbulo sin tener que abrirse paso entre la gente.
Horrorizada, sube la amplia escalinata y por poco choca con un grupo de niños que corren y gritan jugando a las perseguidas.
Suelta un suspiro de exasperación. En la última década, la hostilidad entre Taiwán y China se ha ido disipando gradualmente, y los dos países han abierto sus fronteras al turismo a través del estrecho.
Es comprensible que más de medio siglo de segregación mutua genere cierto nivel de curiosidad en ambos lados.
Se estima que cada día más de diez mil turistas chinos llegan a Taiwán, la mayoría fascinados por la isla y su historia, y en especial por su antiguo jefe de Estado, el célebre Chiang Kai-Shek.
Como resultado, todo lo relacionado con el anterior gobernante marcial es sumamente popular entre los turistas chinos, sobre todo el museo que alberga la colección que supuestamente robó de China.
Se dirige directamente al ala oeste del segundo piso, donde se encuentra la sección de pintura y caligrafía.
Hay menos gente aquí, ya que la sección es menos popular entre los turistas.
La colección permanente suele rotarse cada tres meses, y Amah le ha asegurado que el cuadro de Hsu Fu está actualmente en exhibición.
Amah lleva solo unos pocos años como guía voluntaria en el museo, pero su conocimiento de este no deja de impresionar a Georgia.
Recorre el ala oeste de forma metódica, examinando cada cuadro antes de seguir adelante. Hay seis áreas de exposición en total, y no es hasta que llega a la quinta sala que encuentra lo que busca.
De pie frente a él, contiene el aliento.
Una pintura a tinta y color sobre un pergamino de seda, la obra ha amarilleado con el tiempo y tiene los bordes deshilachados, pero por lo demás se encuentra en buen estado.
Representa a dos hombres; uno de ellos es evidentemente el Emperador Qin, alto y majestuoso.
Qin luce una túnica negra con franjas de bordado dorado bajo la cintura.
Como corona lleva una tiara negra decorada con hilos de jade engarzado que cuelgan tanto por delante como por detrás de su cabeza.
Un brazo está extendido hacia el otro hombre, como si le impartiera instrucciones.
El otro hombre, alto y delgado, se inclina hacia el emperador con las manos entrelazadas dentro de las anchas mangas de su túnica pálida.
Tiene un rostro inusualmente largo y estrecho, con mandíbulas cuadradas.
Una perilla le cuelga del mentón, y sobre los labios luce un fino bigote bajo una nariz aguileña.
Pero el rasgo más llamativo de todos son sus extraños ojos verdes.
Georgia baja la vista hacia la etiqueta junto al pergamino de seda:
Qin Shi Huang y Hsu Fu, 100-200 d. C.
La observa de perfil desde las sombras de la penumbra de la sala de exposición, frunciendo el ceño ante este nuevo giro de los acontecimientos. Soltando un suspiro, el hombre se pasa los largos y delgados dedos por el cabello enmarañado.
Parece que Georgia ha encontrado el cuadro de Hsu Fu y el Emperador Qin.
Sabía que no encontraría nada en las Islas Senkaku. Esos islotes desolados son incapaces de albergar algo que no sean unas pocas especies de aves y roedores. Es un desvío hábilmente construido para distraer y desalentar a cualquier mente curiosa.
Un desvío que siempre ha funcionado. Hasta ahora.
Conociendo la clase de persona que es, el hombre asumió que habría descartado de inmediato toda la idea por considerarla una fantasía que no merecía ser investigada. Pero algo, o alguien, ha logrado despertar su interés.
Y, viendo hasta dónde ha llegado, teme que sea solo cuestión de tiempo antes de que consiga lo que busca.