El Alquimista Imperial (Aventuras De Georgia Lee 1) Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

Georgia recorre la sala con la mirada y nota que es también un gabinete de curiosidades adornado con arte y reliquias asiáticas.

Rollos de pintura china a tinta cuelgan en el poco espacio de pared que queda entre las estanterías.

Un traje de samurái completo se yergue en un rincón, encerrado en una vitrina de vidrio.

Por la sala están dispersas varias vitrinas de exhibición de museo, y en una de ellas distingue antiguas espadas chinas, y en otra, vasijas de bronce.

—Es hermoso —dice ella con admiración mientras se acomoda en un sillón de cuero junto al de Mark, envuelta en el cálido aroma del cuero viejo y gastado, mientras sorbe su té.

—Bueno —dice Mark—, supongo que ahora es un buen momento para hablar de por qué te he invitado esta noche.

Ella se tensa.

—Antes hablamos de tu libro sobre el Emperador Qin —comienza Mark—. En él describes extensamente su búsqueda de la inmortalidad.

Georgia asiente lentamente. La afanosa búsqueda del elixir de la vida por parte del Emperador es un tema de sobra conocido.

Se convirtió en una de sus muchas obsesiones en la última etapa de su vida.

Envió varias expediciones hacia el este para encontrar la poción mágica de la eterna juventud, y cuando estas fracasaron, recorrió la costa norte de la provincia de Shandong para cazar al espíritu maligno que, según creía, le impedía comunicarse con los inmortales que supuestamente poseían el elixir.

Qin visitó la isla Zhifu de Shandong tres veces, con la esperanza de encontrar allí la inmortalidad.

Irónicamente, todos sus vanos intentos por evitar la muerte fueron precisamente la causa de su fin.

El Primer Emperador murió a los cuarenta y nueve años, tras haber consumido píldoras de mercurio recetadas por sus alquimistas como medio para fortalecer su resistencia a la muerte.

—Me interesó tu descripción de Qin enviando al alquimista imperial, Hsu Fu, en busca del Monte Penglai —continúa Mark—. Se rumoraba que esa isla mítica era donde vivían los Ocho Inmortales.

Georgia sorbe su té, pensativa. Es un relato que le resulta familiar desde que era pequeña.

Hsu Fu solicitó una fortuna para el viaje, que según él era un obsequio para los inmortales.

Se cree que su flota incluía sesenta barcas, varios cientos de jóvenes vírgenes, tanto varones como mujeres, y artesanos de distintos oficios.

La misión fracasó, por supuesto, y jamás se los volvió a ver.

Hasta el día de hoy, nadie sabe con certeza qué sucedió con la expedición.

—En fin —dice Mark—, todo esto no era para mí más que simple curiosidad, pura mitología. Hasta hace poco.

Georgia levanta la vista, enarcando una ceja.

—¿Hasta hace poco?

—Sí. —Hace una pausa para beber de su vaso—.

Verás, escuché otra historia que no aparece en tu libro.

Esta versión explica que la búsqueda no terminó ahí.

Habla del viaje de Hsu Fu mientras navegaba hacia el este.

Lo que el Emperador Qin no sabía era que Hsu Fu tenía sus propias razones para emprender el viaje.

Su hijo había nacido con una enfermedad incurable, y su estado empeoraba.

Incluso Hsu Fu, un renombrado alquimista y curandero, era incapaz de ayudar a su único hijo.

»La generosa oferta de Qin fue una oportunidad que llegó en el momento justo. Hsu Fu no creía realmente en el elixir, pero esperaba encontrar otras hierbas en alguna tierra lejana con las que experimentar, para poder curar a su hijo.

—Sí —frunce el ceño Georgia—. También he escuchado esta leyenda, pero en realidad no hay ninguna prueba⁠…

—Sígueme la corriente, profesora, por favor.

Déjame terminar. —Mark sonríe, y ella guarda silencio de nuevo—.

La historia continúa diciendo que, aunque Qin creía que el elixir se encontraba en la isla Zhifu, Hsu Fu pensaba lo contrario y siguió navegando hacia el este.

Enviaba mensajes a la corte con regularidad para informar al emperador de sus avances.

Pero al cabo de un mes, los mensajes se detuvieron.

»Qin se impacientó y ordenó al Adivino de la corte que se comunicara con los dioses. Grabaron las preguntas del emperador en un caparazón de tortuga, luego realizaron un ritual de piromancia que solo había existido en la dinastía Shang⁠…

—Bien, lo siento, pero voy a tener que interrumpirte aquí —interviene Georgia de nuevo, sintiendo una irritación creciente ante el rumbo de supercherías que toma la historia.

Le molesta que la gente mezcle la ficción con la historia.

Al fin y al cabo, es una mujer de ciencia—.

Mi abuela me contaba esta historia como cuento de hadas a la hora de dormir.

Por favor, no me digas que un hombre de tu educación ha caído presa de mitos y fantasías.

Mark respira profundo, y Georgia puede ver cómo los músculos de su mandíbula se tensan. Se levanta de su silla y dice:

—Deja que te muestre algo.

Se dirige hacia una vitrina en el centro de la sala. Abre la tapa, saca con cuidado un objeto pequeño y regresa para mostrárselo con las manos extendidas.

Ella baja la vista hacia la reliquia y ve que está presentada sobre una bandeja forrada con un suave paño negro.

Con el ceño fruncido, se inclina para estudiarla con más detenimiento.

Entonces, al caer en la cuenta de lo que es, sus ojos se abren como platos y levanta bruscamente la cabeza para encontrarse con su mirada.

—¿Dónde consiguió esto?