El alquimista de la sentina (Corazones bajo bandera negra nº 11) CAPÍTULO 48 EL REGRESO DEL CAIMÁN AL TÁMESIS
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CAPÍTULO 48 EL REGRESO DEL CAIMÁN AL TÁMESIS

La bruma del estuario del Támesis era una masa gélida, grisácea y sucia, saturada por el hollín de los carbones y el vaho caliente de las chimeneas industriales que borraba la línea de la costa como una farsa cartográfica.

El Crisol se deslizaba por las aguas oscuras y aceitosas con una parsimonia quirúrgica, reducida su arboladura a los foques y la vela de trinquete para no levantar sospechas ante los vigías de la Corona.

Navegábamos bajo el falso pabellón de un mercante holandés, con las amuras pintadas de un ocre mortuorio y las portas de los cañones de a doce libras rígidamente cerradas para camuflar la herida de nuestra artillería.

Aferré las cabezas de los radios de roble con una fijeza desalmada, sintiendo el latigazo punzante de las costuras de mi costado derecho protestar ante cada sutil corrección del rumbo.

Había vendido tres cuartas partes del botín de La Española en los mercados clandestinos de La Tortuga para comprar bitácoras falsificadas, pasaportes con firmas falsas y el silencio de un práctico del río cuya codicia superaba su lealtad al Almirantazgo.

No era una maniobra de rapiña ordinaria; era una campaña de rescate biológico forzado, dictada palabra por palabra por el cifrado numérico que Julian Vance había dejado oculto en los márgenes de las cartas del Caribe.

Su ciencia de biblioteca, esa que yo había clasificado como un estorbo noble, se erigía ahora como mi única brújula verdadera en el corazón del Imperio.

—El canal secundario está libre de barcos de guerra, capitán Stone —la lija ruda de la voz de Velasco llegó desprovista de su antigua insolencia, su silueta andrajosa disfrazada con la casaca basta de un estibador de muelle—.

Las barcazas de carbón nos cubren el flanco de babor, pero si la marea muda antes de doblar el recodo, quedaremos atrapados en el fango a merced de las piezas de costa.

—Mantened el eje de crujía, Velasco —siseé, sin apartar los ojos claros de la negrura viscosa que se abría ante el bauprés—.

El logaritmo de Julian señalaba esta ventana precisa.

Durante el relevo de la guardia de la mañana, la balandra del embarcadero militar reduce su dotación y la pólvora de la batería baja es trasladada a los almacenes del norte.

El cartógrafo calculó el tiempo del Imperio con más exactitud que sus lores.

La culpa era una pira de carbón muerto que me quemaba el estómago.

Recordar el desprecio con el que interpuse mi alfanje entre su pecho y mi volumen físico en el canal de las rocas, tratándolo como a un delator aristocrático, me succionaba el aire con más saña que las propias olas.

Julian nunca me había entregado; incluso encadenado a las sedas de su linaje, había trazado una ruta de escape adaptada a la perfección a las debilidades de la Armada.

Hice una seña corta a Diego, que permanecía junto al trancanil con un farol sordo.

A una milla de los muelles, dos de mis hombres saltaron a la chalupa portando la documentación mercante falsificada.

Su misión era un chispazo de pedernal: cortar las estachas de tres gabarras vacías y prender una carga de humo espeso en los almacenes abandonados del este, distrayendo a la guarnición hacia un falso incendio al otro lado del río.

Cuando el sordo tañido de las campanas de alarma empezó a rebotar entre los edificios de ladrillo de Londres, una sonrisa lobuna me curvó los labios.

—¡Desplegad la brea! —ordené en un ronquido bajo, y los artilleros leales se lanzaron sobre las amuradas con brochas de calafateado—. ¡Cubrid el trancanil y la lona de las falcas altas con el último lote del taller bajo!

El compuesto negro, viscoso y resplandeciente que Julian había estabilizado en la sentina profunda fue extendido sobre el roble con una presteza quirúrgica.

Sabía que la brea química no detendría el hierro de las piezas de costa, pero nos otorgaría minutos de oro, impidiendo que las balas incendiarias o las chispas de la mosquetería convirtieran El Crisol en una hoguera flotante durante la retirada.

Era la fusión definitiva de nuestras identidades: su ciencia blindaba la madera; mi acero abría la carne.

Ninguno de los dos podría completar la ecuación sin el pulso del otro.

De pronto, la bruma gris se fracturó con la brusquedad de una lona rota.

A menos de media eslora por estribor, la silueta masiva de la balandra de guardia del Almirantazgo emergió de la niebla.

Su oficial de guardia, un veterano de ojos fijos, clavó el catalejo en nuestra popa y reconoció de inmediato la muesca y la reparación característica que el huracán había dejado en nuestro mástil de mesana.

—¡Alarma! —el grito inglés restalló en el aire estancado—. ¡Ese no es un mercante holandés! ¡Es la corbeta proscrita del Caribe! ¡Abran las portas!

BOOM.

El destello anaranjado de una pieza ligera atravesó la niebla, seguido por el hachazo seco de una bala sólida que astilló la regala de babor, levantando una lluvia de astillas de roble fresco que me rozaron el hombro.

Al segundo siguiente, la batería del muelle disparó tres proyectiles incendiarios que impactaron de lleno contra nuestras falcas altas.

El fuego chisporroteó sobre el roble protegido, pero el reactivo final de Julian funcionó como un escudo sagrado: las llamas se ahogaron sobre la brea incombustible antes de poder lamer los cabos del aparejo.

El plan de infiltración silenciosa había concluido; la máscara militar del Caimán Stone caía por última vez en el corazón del Imperio.

—¡Abrid las portas! —rugí, desenvainando mi alfanje muescado con un chispazo de pedernal que encendió el alcázar—. ¡Fuego de palanqueta contra el aparejo de la balandra! ¡Destrozad sus cabos de guía y meted la proa contra la gabarra de carbón! ¡Usadla como cobertura móvil frente al muelle!

Los cañones de popa respondieron con un estruendo ensordecedor que rompió los cristales del espejo.

El impacto de nuestras palanquetas molió la lona de la balandra, dejándola atravesada en la corriente, mientras El Crisol embestía con furia hidrodinámica una pesada gabarra de hierro, arrastrándola entre el fango y los restos de madera para blindar nuestro avance hacia el desembarcadero militar.

A través de la negrura y el humo gris de la pólvora, distinguí por fin el tejado de ladrillo del almacén señalado en el cifrado de Julian, conectado al muelle por una pasarela elevada de hierro. Era el punto exacto. El cubil donde tenían al hidalgo de sábanas de seda.

Alcé el alfanje con los nudillos blanquecinos, mi mirada fija en las losas de piedra gélida que se aproximaban.

—¡El escudo de Julian nos mantendrá fuera del fuego tres minutos más! —mi rugido atronó en el alcázar, inyectando la adrenalina bélica en las venas de mis lobos de mar—. ¡El resto depende de vuestro acero y de que mi mano no llegue tarde a su cuello!

El Crisol golpeó el embarcadero con un impacto colosal que conmovió las cuadernas.

Los garfios de abordaje volaron por los aires, anclándose en la piedra del Almirantazgo con un restallar de cadenas infinitas, y salté a tierra firme al frente de mi jauría justo cuando las campanas de Londres estallaban en un repique general de alarma.