CAPÍTULO 49 EL PACTO DE FUEGO Y CENIZA
El estruendo no era una posibilidad lejana, sino una certeza metálica que me vibraba en los dientes.
A través de los altos ventanales de cristal plomizo del laboratorio, el Támesis, ese río que durante semanas había sido mi única visión de una libertad prohibida, se agitaba bajo una bruma de humo negro y fogonazos de artillería.
Londres, la ciudad de la piedra fría y las leyes inamovibles, estaba siendo asaltada.
—¿Lo escucháis, Lord Vance? —la voz del secretario real, al otro lado de la pesada puerta de roble, sonó cargada de una petulancia nerviosa—. El Almirantazgo está barriendo el río. Vuestra "fórmula" ha hecho su trabajo. La brea incombustible sellará las cuadernas de Su Majestad para siempre.
No respondí. Mis manos, quemadas por los reactivos y entumecidas por el encierro, se movían con una calma que me asustaba.
Frente a mí, el arsenal químico de la Corona era un despliegue de cristalería, ácidos y sales que habían sido mi cárcel de seda.
Habían confiado en mí, habían creído que mi linaje me ataba a su causa, pero habían cometido el error de ignorar que un hombre que ha aprendido a leer las estrellas con un pirata ya no pertenece a la tierra de los reyes.
Tomé un mechero de alcohol de la mesa de trabajo, sintiendo el peso del vidrio en mi mano.
Mis movimientos eran precisos, clínicos, desprovistos de cualquier duda.
Arrojé los matraces de fósforo blanco sobre la pila de barriles de pólvora negra que custodiaban el arsenal del laboratorio.
El choque fue un tintineo sutil, seguido por un siseo que rápidamente se transformó en un rugido de entrañas.
—¿Don Julian? —la voz del secretario se tornó aguda—. ¿Qué es ese ruido? ¡Abrid la puerta!
La llama trepó por la madera en segundos.
El fuego, ese elemento que antes me aterrorizaba en la sentina de El Crisol, se convirtió en mi aliado.
El arsenal estalló en una pira de fuego y humo denso, una columna de naranja violento que devoró la luz blanca de la estancia y comenzó a devorar los mapas, las fórmulas y los planes del Almirantazgo.
No grité. Me arranqué la casaca aristocrática, sintiendo cómo los encajes de Flandes, esos adornos que me asfixiaban el cuello como una soga civilizada, se desgarraban bajo mis dedos con un sonido liberador.
Los tiré al suelo, sobre el fuego que empezaba a lamer las alfombras persas.
Me despojé de la seda, de la chupa bordada, de todo lo que me recordaba que yo era un peón de la Corona.
Corrí hacia el borde del ventanal que daba al acantilado de los muelles reales.
El calor del incendio me golpeaba la espalda, empujándome hacia el abismo.
Allí, a unos diez metros por debajo, el Támesis era una masa gélida y gris que se mecía entre los restos de los barcos que la flota real intentaba defender.
Y entonces, lo vi.
Una pequeña chalupa, con el casco negro que mi corazón reconocería en cualquier océano, pasaba directamente por debajo de la estructura en llamas. No necesitaban verlo. No necesitaban esperar. El riesgo era absoluto.
Salté.
El aire frío del atardecer londinense me golpeó el rostro, borrando el calor del arsenal, antes de que el impacto contra el agua gélida del río me robara el aliento.
Me sumergí en la oscuridad, rodeado por el estruendo del derrumbe del palacio y las burbujas que me nublaban la vista.
Pataleé con la desesperación de un animal acorralado, con los pulmones ardiendo y la certeza de que, si no rompía la superficie, mi historia terminaría en el fango de Londres.
Mis dedos rozaron la madera húmeda de la borda. Un tirón salvaje me sacó del río, y de repente, el mundo se redujo a la firmeza de unos brazos masivos y callosos que me estrecharon contra un pecho que olía a salitre, pólvora y a hogar.
—¡Te tengo, navegante! —rugió Gael, su voz rompiendo la agonía del incendio—. ¡Te tengo!
Nos unimos en la cubierta de la chalupa, cubiertos de hollín, mojados por el Támesis y ardiendo por el fuego que destruía mi jaula.
Mis brazos rodearon su cuello con una urgencia violenta, ignorando el dolor de mis costillas, mientras nuestras respiraciones se mezclaban en un pacto de sangre y ceniza que no necesitaba palabras.
Había destruido mi nombre, mi rango y mi seguridad, y mientras la pira del palacio iluminaba el estuario, supe que prefería ser un proscrito vivo junto a él que un hidalgo muerto por dentro en los salones de la Corte.