CAPÍTULO 47 LA JAULA DE CRISTAL EN LONDRES
El Támesis se deslizaba bajo los altos ventanales del laboratorio con el fluir espeso, grisáceo y sucio de una sentina a ras de tierra.
Contemplé la bruma plomiza que se aferraba a los mástiles de las gabarras de carbón, sintiendo que el aire de Londres era una masa sólida que me pesaba en los pulmones con más saña que la opresión barométrica del trópico.
Me pasé los dedos largos por el cuello de la casaca; la seda rígida y los encajes de Flandes, almidonados y limpios de fango, me oprimían la yugular con la fijeza desalmada de una soga civilizada, un ultraje textil que pretendía devolverme a la geometría de las Cortes.
Olía a incienso caro, a tabaco de Virginia fino consumido en las pipas de los lores y a esa tinta china fresca que se secaba sobre los pergaminos oficiales de la mesa de nogal muescada.
Fuera de este pabellón de piedra y cristal, el murmullo de la ciudad era un eco sordo, un rumor de carruajes y leyes coloniales que era incapaz de competir con la memoria viva del rugido del Caribe y el lamento agónico del maderamen de El Crisol.
—Vuestra caligrafía sigue siendo un instrumento de precisión, Julian —la voz de mi padre, el Duque, llegó impregnada de esa seda gélida que el linaje real exigía para tratar a los despojos familiares—.
El Almirantazgo necesita que pongáis por escrito las proporciones del sulfato de ceniza vegetal y el fósforo blanco antes de que la marea mude.
Debéis mostraros agradecido de que las fragatas de Su Majestad os arrebataran de las garras de ese monstruo pirata que os infestó el apellido.
Mantuve la vista fija en el papel de hilo inmaculado, sintiendo un latigazo febril en la costra de mi antebrazo izquierdo, oculta de facto bajo el lino limpio de mi manga noble.
Los médicos de la corte, con sus pelucas empolvadas y sus modales de salón, llevaban semanas observándome desde los rincones del palacio, diagnosticando mi silencio sepulcral y la palidez de mis mejillas como un residuo amargo de las «fiebres del trópico».
No sabían de matemáticas navales, ni entendían que mi colapso psicológico no era una enfermedad de la carne; era la agonía de saber que me habían devuelto a una prisión de oro a cambio de perder mi propia alma proscrita.
—La Corona sabe recompensar la lealtad de su cartógrafo, Lord Vance —intervino el secretario real, extendiendo un pliego sellado con el lacre del Almirantazgo junto a mis compases de precisión—.
El Almirante Harcourt espera que este lote incombustible blinde los navíos de línea que regresarán al Canal de la Mona.
Aquella rata... Stone, si es que sigue respirando entre la niebla, probará el hierro del Rey antes de que concluya el invierno.
Tomé la pluma de ganso con un pulso que me obligué a estabilizar, clavando las uñas en el cañón del ave para que el temblor trémulo de mis sienes no delatara el pánico biológico que me vaciaba el pecho.
Escuchar el nombre de Robert en sus bocas cortesanas fue un hachazo que me revolvió las entrañas con la virulencia animal de la metralla.
A los ojos claros del capitán, yo era el delator refinado que había usado la piedad de sus mantas de lana de cedro para ganar tiempo mientras la armada de mi estirpe le cerraba la ratonera de las rocas.
Me odiaba en mitad de su exilio, y esa certeza me causaba un pavor más denso que la propia sentina inundada.
Sumergí la punta en el tintero de plata, pero mi mente analítica rehusó entregar la química de la brea al Rey que nos había separado en la madera. Inicié el trazo de los logaritmos, pero a medida que la tinta negra manchaba el pergamino, mi voluntad desobedeció las ordenanzas del Imperio.
En lugar de las constantes de evaporación oficiales, empecé a utilizar el cifrado numérico y las anomalías trigonométricas que Robert y yo habíamos compartido en las bitácoras de la cámara de mapas durante las guardias de la medianoche.
Con una parsimonia quirúrgica que burló la vigilancia del secretario, escondí en las sondas falsas de los márgenes una serie de coordenadas náuticas reales y un ruego blando, un mensaje desesperado oculto entre las líneas de la costa de La Española: El norte no ha cambiado.
Sigo amarrado a vuestro timón. Cada línea de grafito era un grito mudo de lealtad hacia el bárbaro proscrito, una traición explícita a la bandera de seda que pretendía cobijarme.
Prefiero mil veces ser el pecador deshonroso en los archivos del Almirantazgo que el santo pulcro de las bibliotecas inglesas si eso salvaba la madera de su puente.
—¿Hay alguna discrepancia con la densidad del fósforo, Julian? —preguntó mi padre, su bota pesada dando un paso corto sobre las losas gélidas, una proximidad involuntaria que me hizo tensar los hombros.
—Ninguna, mi señor —repliqué—. Solo me aseguro de que el Almirantazgo sepa leer el calado exacto de las aguas donde planea buscar su gloria.
Me incliné de nuevo sobre el nogal, clavando mis ojos grises en el reflejo plateado del ventanal mientras el crujido monótono del río nos recordaba que las amarras se habían roto.
Mi cuerpo habitaba un palacio de piedra lavada, pero mi pulso desbocado continuaba encadenado a la penumbra rancia, húmeda y sagrada de la sentina de El Crisol, aguardando un chispazo de pedernal que rompiera este cautiverio de cristal.