CAPÍTULO 46 EL REGRESO A LAS CADENAS DE ORO
El acero toledano de mi alfanje se hundió en la madera de la bitácora con un crujido sordo, definitivo, un hachazo que hizo saltar las chispas de bronce sobre el cuadrante náutico.
Limpié la sangre caliente que me corría por la mejilla con el dorso de mi mano despellejada, dejando un rastro costroso de hollín y salitre sobre mi piel curtida.
Desde la regala del alcázar de popa, mis ojos claros —entornados por un peligro letal que ya no venía del hierro enemigo— contemplaron cómo las jarcias de la fragata real apartaban la silueta de Julian Vance, elevándolo por encima del abismo espumoso que acababa de abrirse entre ambos barcos.
El resplandor carmesí de la capa de terciopelo con la que los infantes de marina habían cubierto sus harapos salados brilló bajo la luz pálida del alba como una herida abierta en mitad de la bruma.
—¡Capitán! —el grito de Velasco llegó como una lija ruda desde la escala, su hacha de abordaje todavía goteando el pulso sucio de la marinería de proa—.
¡Los navíos de línea están metiendo dobles estachas a los portalones!
Si no viramos hacia la angostura, nos cortarán la línea de flotación antes de que la marea mude.
¡Dejadme bajar a la santabárbara con un tizón y volaremos El Crisol antes de entregar el diario al Almirantazgo!
—¡Silencio, Velasco! —mi rugido de hierro cortó la quietud de pesadilla que empezaba a adueñarse del trancanil, privado de toda la altivez habitual del mando. —No habrá pólvora para vuestras ceremonias de mártir.
Aferré las cabezas de los radios de roble con una fijeza desalmada, forzando los músculos de mi espalda ancha hasta el límite del desgarro físico.
Sentía el pecho convertido en un bloque de carbón muerto, una masa estancada y gélida que se negaba a procesar el oxígeno del trópico.
Mi orgullo militar, esa máscara de granito tallada en las galeras de Cádiz, yacía aplastada bajo el peso de su apellido de seda.
La gran mentira había concluido: el erudito de biblioteca no era una herramienta de destilación ni una carga útil para el blindaje; era el hombre que acababa de transmutar mi fe en fango, el aristócrata refinado que había jugado a ser el cómplice deshonroso de mi lecho mientras la armada de su protector calculaba el calado de mi quilla.
Prefería encerrarme en el odio bárbaro, en la rigidez roma de mis ordenanzas negras, antes que aceptar que la ausencia de sus pupilas grises me estaba succionando la vida a bocanadas.
Alargué la vista por última vez a través del humo gris del azufre que flotaba entre las amuras.
Julian permanecía de pie en el puente de la fragata de tres puentes, con los brazos extendidos hacia mi posición, un ruego blando y desesperado que se perdió en el restallar de las jarcias rotas.
Su figura de seda blanca parecía la de un espíritu atrapado en la maquinaria del Imperio.
No realicé un solo gesto de duda. No desclavé la mirada clara de su perfil cortesano, pero empujé la caña del timón con una furia concentrada, sorda y animal, trincando el cabo de guía alrededor de la bita central con un nudo marinero que me rompió los puntos de las costillas derechas.
El dolor físico fue un relámpago bienvenido que me tapó la laringe.
—¡Cazad la mayor a reventar! —rugí hacia la cintura del buque, donde los artilleros rebeldes soltaban sus tercerolas bajo el chuzo de Diego—. ¡Aprovechad esa racha del nornoroeste! ¡Meted el bauprés en la niebla y haced que el barco orce antes de que los portalones imperiales abran fuego!
La tripulación se lanzó sobre las drizas con el ritmo metódico del pánico biológico forzada. El Crisol respondió al castigo, inclinando su casco herido en un ángulo suicida de cuarenta grados que hizo entrar el agua salobre por los imbornales superiores, buscando la resaca del acantilado.
Un palmo después, la opresión gris del Canal de los Lamentos nos tragó por completo.
El banco de bruma, espeso, frío y compacto como un sudario textil, borró las velas blancas del Almirantazgo y el resplandor insultante del sol de oro de los Vance, sumergiendo el alcázar en una penumbra plateada y viscosa.
El aire se volvió gélido en un instante; apestaba a la pólvora mojada de la emboscada, a madera carbonizada por la metralla y a ese aroma amargo, acre y persistente de la resina de la brea que Julian había dejado abandonada en el caldero de peltre de la sentina profunda.
El maderamen del casco soltó un quejido rítmico, pesado, un lamento sibilante que pareció arrullarnos en mitad de este luto de roble.
Me quedé firme junto a los radios trincados, con la mano izquierda crispada sobre el lino sucio de mi pecho vendado, sintiendo el latido desbocado de mi pulso arterial vibrar contra la caoba.
—Escuchadme bien, camaradas —siseé, barriendo a Velasco y a los marineros leales con mis ojos oscuros entornados por una gravedad de piedra—.
El canal está cerrado a nuestras espaldas.
A partir de este instante, el nombre de ese erudito queda proscrito de los artículos de El Crisol.
Quien vuelva a pronunciar su apellido de seda en mi puente de mando probará el calado de mi hierro antes de que cambie la guardia.
Hemos vuelto a la bandera negra, y en este viaje hacia el infierno no hay espacio para los prisioneros de biblioteca.
Giré la cabeza lentamente hacia el norte, dejando que la niebla fría me lavara las costras del hombro, forzando una rigidez roma que me caló hasta los huesos mientras la corbeta se adentraba en la negrura insondable del océano.