CAPÍTULO 42 EL MURMULLO DE LA TRIPULACIÓN CONDENADA
La claridad lechosa del alba caribeña se había transformado en un sol crudo, implacable y plomizo que abrasaba las tablas de la cubierta con la fijeza de un verdugo.
El aire marino era una masa densa, viscosa y pesada que apestaba a la brea recalentada en los imbornales y al sudor rancio de cincuenta hombres sumidos en el descontento.
Subí al alcázar de popa de un solo impulso fluido, obligando a mis botas pesadas a golpear el trancanil con una firmeza que pretendía desmentir la tirantez lacerante de las suturas de mis costillas.
Al notar el impacto rítmico de mi cuero, la marinería que se amontonaba en la cubierta de cintura se dispersó con una rapidez sospechosa, escurriéndose hacia las sombras de las amuras sin sostener la mirada clara de mis ojos oscuros.
Apreté los dedos sobre el pasamanos de caoba, sintiendo las costras ásperas de mis palmas quemadas protestar contra la madera caliente.
El silencio que se instaló en el buque no era el de la disciplina naval que yo había tallado a base de hierro; era una quietud de pesadilla, preñada de ojos que me escrutaban de soslayo desde los portalones de las baterías inferiores.
—Capitán Stone.
La lija ruda de la voz de Velasco cortó el aire estancado desde la escala.
El nuevo contramaestre —ahora ascendido a intendente tras la caída de Crow en la playa— subió los peldaños con la barbilla baja, pero su mano derecha descansaba de forma deliberada sobre el pomo de hueso de su pesado cuchillo de abordaje.
Su postura, una mezcla inestable de lealtad vieja y pánico barométrico, encendió de inmediato mis alertas de marino.
—Informe del aparejo, Velasco —ordené, mi voz bajando a esa gravedad de piedra que no admitía réplicas de la chusma. —Los carpinteros de ribera ya deberían haber asegurado los estays del trinquete.
El contramaestre se acercó hasta quedar a un palmo de mi volumen físico, bajando el tono para que el murmullo de las olas muertas amortiguara sus palabras.
—El trinquete está firme, capitán, pero el hierro de la marinería andará oxidado antes de la guardia de perro —mascó Velasco, escupiendo un salivazo salobre por los imbornales.
—Los hombres murmuran en la cocina de proa, cerca de las barricas de cecina podrida.
Hablan de los reactivos del taller bajo la sentina profunda.
Dicen que la corbeta está cargada con un peso muerto, que la suerte de El Crisol se ha podrido desde que vuestra merced bajó el acero ante el inglés.
Usan la palabra brujería para tapar el descontento de las baterías.
Una furia fría, gélida y concentrada me recorrió las costillas, succionándome el oxígeno del pecho.
La paranoia del mando me atenazó las entrañas como un garfio de abordaje.
Sabía perfectamente que en el código de la bandera negra, un capitán distraído por el calor de un jergón ajeno es un capitán muerto; la chusma tolera al bárbaro, pero devora al hombre que muestra una grieta de humanidad en su máscara de granito.
Me prohibí en ese segundo de asfixia flaquear ante los lobos de mar.
Ocultaría ante Julian la gravedad de este motín silencioso que se cocía bajo las escotillas superiores; protegería su frágil paz de biblioteca aunque tuviera que incendiar mi propio puente para desviar la atención de la jauría.
—¿Brujería, Velasco? —siseé, dando un paso al frente que obligó al contramaestre a enderezar los hombros por puro instinto militar. —Esos infelices no saben distinguir un matraz de un barril de grog, y osan juzgar mi navegación.
Me giré hacia la cubierta de cintura, donde tres artilleros de babor fingían adujar un cabo de cáñamo con una parsimonia ofensiva.
—¡A los puestos, ratas de alcantarilla! —mi rugido de hierro atronó en el trancanil, rompiendo el bochorno sofocante del mediodía con la fuerza de una salva completa.
—¡El que vuelva a soltar un susurro sibilante sobre mi puente probará el calado del gato de nueve colas antes de que mude la marea!
¡Caven las escotas del foque y preparen las tercerolas para el zafarrancho!
Los marineros saltaron hacia las jarcias altas, intimidados por el chispazo de pedernal de mi mando, pero mis ojos claros —entrenados para leer las muescas del viento— registraron la milésima de segundo del desastre: las órdenes tardaron un latido de más en ejecutarse.
Los brazos se movieron sin el ritmo metódico de la obediencia biológica forzada; había una rigidez roma en sus cuellos que me causó un vuelco violento en el estómago.
Hice ademán de volverme hacia el espejo de popa para consultar el compás de la bitácora de bronce, buscando un asidero humano que me devolviera el norte.
En mitad de mi virada, una risa ahogada, rancia y cargada de una mofa sucia brotó desde la sombra de la carlinga del mayor, seguida por un murmullo espeso entre los artilleros más viejos.
El siseo del desprecio rebotó contra el maderamen del pasamanos con la nitidez de una afrenta militar explicitada.
Me quedé petrificado en mitad del alcázar, con la mano izquierda crispada sobre el pomo de mi alfanje envainado.
Un frío blanco me recorrió las vértebras al comprender la geometría de mi ruina: la máscara de invulnerabilidad del Caimán Stone se estaba agrietando de forma irreparable ante los ojos de mi propia tripulación.
El juego de poder que había ganado en la playa contra Crow se estaba perdiendo ahora en la madera de mi puente; estaba entregando el gobierno del barco entero por el derecho de retener el calor de Julian Vance entre mis brazos, y la santabárbara de la rebelión ya andaba con la mecha encendida bajo mis pies.