CAPÍTULO 41 AMANECER EN LA SENTINA COMPARTIDA
La claridad pálida, lechosa y casi líquida del alba caribeña empezó a lamer los gruesos cristales del ventanal de popa, dibujando senderos de una bruma matinal que bailaba en la penumbra del camarote con la parsimonia de un metrónomo maldito.
Me desperté antes de abrir los ojos grises, consciente del peso abrasador, denso y constante que me ceñía el vientre: el brazo ancho y calloso de Robert Stone permanecía cruzado sobre mi cintura, aprisionando mi lino contra la firmeza de su torso desnudo.
La corbeta se mecía ahora sobre una mar de leva pesada pero rítmica, un oleaje cansado tras el cataclismo que hacía crujir las cuadernas de caoba con un arrullo pausado que adormecía los últimos jirones de mi juicio académico.
Permanecí completamente inmóvil sobre las mantas de lana rústica y áspera que aún exhalaban el vaho dulce del cedro, conteniendo el aire en mi garganta para no alterar el compás del hombre que dormía a mi espalda.
El camarote apestaba a los reactivos del taller, al ron añejo usado para limpiar mi tajo y a esa cera de abejas consumida de los candiles moribundos que denunciaba el fin de nuestra entrega nocturna.
A través de la tela basta de mi camisa, sentía el latido acompasado, potente y regular de su corazón golpeando contra mis omóplatos, una descarga de calor animal que desafiaba el frío de los palmos de agua salobre que aún anegaban el trancanil del suelo.
Con mi pulso estabilizado por la quietud de la cabina, mi mente analítica —esa fría calculadora educada para buscar el orden en los tratados del Imperio— comenzó a repasar el mapa de cicatrices que adornaba la piel curtida del capitán.
Mis yemas descalzas de grilletes, situadas a milímetros de sus nudillos despellejados por la rueda loca, delinearon en la penumbra la irregularidad violácea de la letra «T» de su hombro izquierdo y los bordes limpios del lienzo que comprimía sus costillas derechas.
Comprendí, con una descarga de vulnerabilidad devastadora que me sacudió los cimientos de la cordura, que toda la arquitectura moral de mi rango noble se había desmoronado bajo el fango de La Española.
Había cambiado las ordenanzas infalibles del Almirantazgo, los prejuicios de mi estirpe y las leyes divinas de la Corte por el pulso crudo de un bárbaro proscrito.
Mi lógica ya no sabía trazar una ruta de escape hacia las bibliotecas de Londres; mi norte se había fundido de facto con el roble de su puente de mando, y esa apostasía biológica me provocaba un vuelco visceral en las entrañas.
Robert se removió levemente en sueños, soltando un ronquido bajo y sordo que me rozó el cuello con el vaho caliente de sus pulmones.
Buscó instintivamente mi calor, estrechando su abrazo de retención animal hasta que la costra de la sutura de mi antebrazo izquierdo tiró de las ligaduras con una punzada febril.
En lugar de usar mi altivez de Lord para marcar la distancia de clases o deslizarme hacia el pasillo exterior aprovechando la llave que él había dejado sin girar en el portón, cedí por completo al impulso de las amarras.
Extendí mis dedos largos y manchados de grafito, entrelazándolos con las callosidades ásperas de su palma herida, aceptando una sumisión voluntaria y sagrada que mi soberbia cortesana ya no tenía armas para combatir.
Ocultaba en mitad de aquel calor un pánico visceral, un pavor sordo a que el amanecer terminara por romper nuestro santuario de maderas húmedas.
Sabía que las luces de señales que habíamos avistado entre la bruma del arrecife eran el plano exacto del desastre: tres navíos de línea de la Corona cerraban el horizonte de barlovento, listos para descosernos las costuras del casco con su hierro militar.
La tregua barométrica se agotaba, y el mundo exterior regresaría para reclamar al noble y colgar al pirata antes de que la marea mudara.
Me incliné hacia adelante, pegando la calidez de mi sien contra su pulso arterial desbocado, y susurré al aire estancado de la cabina una pregunta que no figuraba en ningún manual de navegación:
—¿Qué hemos hecho, Robert?
La frase quedó suspendida en la claridad grisácea de la cabina como un gas inflamable, privada de toda seda académica y reducida a un ruego blando.
No hubo respuesta humana, pero el universo náutico se encargó de sellar el veredicto: un crujido seco, violento y asimétrico conmovió la caña del timón exterior, seguido por la vibración pesada de las cuadernas que anunció que la corbeta estaba alterando su rumbo de forma sospechosa en mitad de la boca del canal.