El alquimista de la sentina (Corazones bajo bandera negra nº 11) CAPÍTULO 34 EL DESPLOME DE LA VERGA MAYOR
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CAPÍTULO 34 EL DESPLOME DE LA VERGA MAYOR

El cielo del Caribe se agrietó con un estallido sordo, colosal y profundo que no nació de los relámpagos mudos, sino de la propia agonía del pino de Flandes.

El mástil mayor de El Crisol lanzó un quejido agónico, una vibración de baja frecuencia que recorrió las cuadernas desde la carlinga hasta la quilla, cediendo ante la presión barométrica insoportable de un vendaval que superaba los ochenta nudos de velocidad.

El aire, una masa sólida y pulverizada de salitre puro y lluvia horizontal, hería la piel de mi torso desnudo como perdigones de plomo, arrancándome jirones de vaho caliente a cada respiración.

—¡Robert, la bitácora! —el grito de Julian llegó como un desgarro, perdiéndose casi instantáneamente en el caos líquido y el estruendo ensordecedor que nos envolvía en el alcázar de popa.

Giré la cabeza de golpe, con los ojos entornados por la rociada helada.

Julian, descalzo y con los pantalones de lino remangados, se balanceaba de forma inestable sobre las tablas barnizadas de estribor, intentando pasar una estacha de cáñamo alrededor de la base de la bitácora de bronce para evitar que el oleaje la arrancara de sus pernos.

Su antebrazo izquierdo, suturado con mi propio hilo de seda hacía apenas unas horas, goteaba un reguero carmesí que el torrente de la cubierta lavaba con una rapidez obscena.

En ese momento, las jarcias altas restallaron con el sonido de una descarga de mosquetería.

Una de las pesadas vergas del palo mayor se soltó de sus fijaciones superiores, rompiendo los cabos de amarre como si fueran hilos de coser.

El madero colosal, un cilindro de cientos de libras de roble herido, inició una parábola mortal en mitad de la penumbra grisácea y viscosa de la tormenta, precipitándose de cabeza directamente hacia el rincón del alcázar donde el científico permanecía arrodillado, ajeno al peligro que caía de los cielos.

Sentí un frío blanco, absoluto y paralizante que me succionó el oxígeno del pecho, un pavor visceral que nunca antes había experimentado en mitad de las carnicerías de la Armada.

No era miedo al naufragio ni al juicio de los hombres; era el terror ciego a la ausencia de esos ojos grises, a que el mundo se quedara en un silencio sepulcral si la madera segaba su respiración.

Mi gran mentira —esa Lie militar que me repetía en las guardias para blindar mi orgullo, convenciéndome de que Julian Vance era solo una herramienta útil para sintetizar la brea incombustible— murió aplastada bajo el peso de ese madero descendente.

Lo quería vivo. Lo necesitaba en mi norte.

En un acto suicida, imprudente y desprovisto de toda disciplina náutica, solté los radios de la rueda del timón, dejando que el gobierno de la corbeta girara loco ante la resaca.

Me lancé en plancha por la cubierta resbaladiza, barriendo los palmos de distancia con la rapidez felina de un animal acorralado.

Interpuse mi volumen físico, golpeando el cuerpo menudo de Julian con mi pecho vendado justo cuando un crujido brutal conmovió el trancanil.

Rodamos juntos por las tablas anegadas en un espasmo de dolor compartido, un segundo antes de que la mole de roble pulverizara las maderas exactas donde el científico había estado de pie.

El estrépito del madero rompiéndose contra el bronce de la bitácora hizo saltar una lluvia de astillas afiladas que me rasgaron el hombro, pero la verdadera colisión estaba ocurriendo bajo el paño textil.

Quedamos atrapados, sepultados bajo los jirones densos de la lona rota y la jarcia caída que nos envolvió como una mortaja rancia en mitad del diluvio. La claustrofobia textil redujo nuestro universo a la anchura de un metro cuadrado de caoba húmeda, aislándonos del apocalipsis exterior.

El olor espeso a cáñamo húmedo, a resina quemada y al hierro de nuestra sangre mezclada inundó el habitáculo forzado.

Apreté el cuerpo de Julian contra mi lino con una fijeza desalmada, una presión animal que buscaba encajar sus huesos contra mis costillas magulladas para confirmar que su corazón seguía latiendo en sintonía con el mío.

Tenía los dedos clavados en el lino de su camisa sucia, sintiendo el calor abrasador de su piel mojada desafiar el frío del salitre puro que nos cubría las bocas.

Nuestras respiraciones, alteradas por un pulso desbocado que ninguno verbalizó, se entrelazaron en la penumbra grisácea, un pacto de sangre mudo del que ya no existía regreso posible en el Caribe.

—¿Estáis entero, maldito de vos? —rugí a milímetros de sus labios, forzando mi laringe hacia esa gravedad ruda y áspera del mando, un intento desesperado por tapar que el pecho me vibraba de puro pánico y que había estado a un suspiro exacto de volverme loco de dolor si el hierro lo hubiera tocado.

—¡Os ordené que os quedarais en el jergón inferior!

¡Vuestra arrogancia académica va a conseguir que nos pasen por el fondo antes de que la marea mude!

Julian no apartó su mirada gris de mis ojos claros.

Sostuvo el envite con una terquedad inquebrantable que encendió el aire estancado bajo la lona, y sus dedos largos, limpios de ácido pero trémulos, se cerraron sobre el vendaje de mi costado, aceptando en el silencio posterior que la distancia entre el captor y el cautivo había dejado de existir bajo el peso del océano.