El alquimista de la sentina (Corazones bajo bandera negra nº 11) CAPÍTULO 35 EL NAUFRAGIO DEL ALMA EN EL OJO
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CAPÍTULO 35 EL NAUFRAGIO DEL ALMA EN EL OJO

El estrépito colosal del mundo cesó de golpe, amputado por una línea sorda que no pertenecía al orden de los hombres ni a las ordenanzas de la Corona.

El Crisol entró de forma repentina en el ojo del huracán, ese centro engañoso y maldito donde la física del mar parece contener el aliento mientras a su alrededor toda la creación se desintegra.

El rugido ensordecedor del viento, que durante horas había sonado como el silbido de mil serpientes entre las jarcias altas, desapareció en un parpadeo, sustituido por un silencio antinatural, aceitoso y sepulcral que me hizo pitar los oídos con la persistencia de un metrónomo maldito.

Ya no se escuchaba el hachazo de las olas contra el maderamen; solo el goteo monótono, rítmico, que escurría desde los baos del techo hacia las tablas de la cubierta, y los gemidos distantes de los artilleros heridos que se aferraban a los puntales de la cintura.

Aprovechando la quietud de aquella destrucción suspendida, Robert Stone entregó los radios del timón a los brazos exhaustos de Velasco.

Sin miramientos parlamentarios, me aferró por la cintura con la mano que aún conservaba limpia de acero y me arrastró con brusquedad hacia el camarote de popa, necesitando la seguridad de su cubil para ponernos a salvo de la resaca.

Al cruzar el umbral, el habitáculo se desplegó ante mis ojos como un grabado de desolación: el portón de caoba colgaba torcido, arrancado de sus bisagras superiores por el embate de la verga caída, y el suelo permanecía sepultado bajo varios dedos de un agua helada, turbia y viscosa donde flotaban jirones de estopa, vidrios rotos de mis matraces y las páginas emborronadas de mi cuaderno de notas.

La adrenalina que me había sostenido de pie junto a los radios de roble, uniendo mis dedos largos a las callosidades del pirata para domar las seis toneladas del mecanismo, se evaporó en un segundo, vaciándome los pulmones de golpe.

Mis piernas flaquearon con una debilidad animal; las articulaciones dejaron de responderme y los dientes me castañeteaban con un repique metálico que no lograba contener.

Intenté forzar mi mente analítica a calcular el diámetro del ojo y las leguas que nos separaban de la segunda pared del cataclismo, pero las variables se emborronaban en mi cerebro como la tinta china en el agua salobre.

No había logaritmos para este frío blanco que me trepaba por la columna, un frío más viejo que el océano mismo que me nublaba el juicio.

—Quedaos quieto, de Rivas —la voz de Robert llegó en un ronquido bajo, privado de toda esa soberanía ruda con la que tiranizaba a su chusma en la proa, despojado por fin de la leyenda del Caimán.

Se abalanzó sobre mi figura andrajosa con una prisa trémula.

Sus manos grandes, despellejadas en carne viva por la fricción brutal de la rueda loca, se cerraron sobre las solapas de mi casaca de seda cortesana, desabrochando los botones muescados con una presteza que hizo saltar los hilos.

Me despojó de la prenda empapada, que cayó al suelo inundado con un chapoteo sordo, dejándome expuesto a la penumbra grisácea del habitáculo.

Mientras se giraba hacia los cofres de cedro volcados para rebuscar entre la ropa seca que la inundación no hubiera alcanzado, su silueta ancha y vendada tapó la poca claridad que filtraban las claraboyas rotas.

—La segunda muralla de nubes negras nos alcanzará en menos de diez minutos, Julian —mascó él, y escuchar mi nombre de pila otra vez en su boca fue un pinchazo febril que me dolió más que el tajo del antebrazo—.

Si el viento nos agarra con el lino mojado pegado al pecho, la fiebre terminará el zafarrancho antes de que el barco orce.

Me desplomé de mala manera sobre el jergón de lona rancia que Velasco había colocado en el rincón, sintiendo que mi cuerpo menudo se doblaba por el shock térmico.

Tenía los labios amoratados y el pecho sacudido por espasmos violentos que me impedían articular palabra.

En mitad de aquella quietud de pesadilla, el Julian Vance que confiaba en que la fría lógica de las ecuaciones podía dominar cualquier fenómeno natural quedó atrás, sepultado bajo el fango salobre de la cubierta superior.

Mi orgullo de Lord y mi vanidad académica se habían ahogado allí fuera.

Por primera vez en mi existencia, mis manuales de derecho y mis certezas de biblioteca no eran suficientes para mantenerme a flote; comprendí, con un terror ciego que me caló hasta los huesos, que necesitaba confiar plenamente en la soberanía del hombre que me mantenía cautivo si quería ver la luz del amanecer. Mi pulso dependía de su voluntad.

Robert se arrodilló frente a la lona, quedando a escasos milímetros de mis rodillas.

Su respiración era pesada, irregular, cargada con el aroma denso de su tabaco de Virginia caro y el jerez de la noche anterior.

Sostuvo mi mirada gris con sus ojos claros, desprovistos por completo de la máscara de hierro del mando o de la intención de usar mi vulnerabilidad para imponer su reglamento militar.

—Debo retirar el lino de vuestra camisa, Julian —susurró, y sus dedos largos rozaron el borde de mi herida suturada con una delicadeza infinita, un cuidado que revelaba cuánto temía que mis costillas dejaran de latir—.

El frío os está robando el calor animal y la costra del tajo volverá a abrirse si el paño se adhiere a la carne. ¿Me dais vuestro consentimiento?

Apenas conseguí asentar la cabeza en un movimiento trémulo, incapaz de oponer resistencia a la calidez de su presencia.

Robert actuó con una rapidez quirúrgica: cortó las ligaduras rotas, me retiró los jirones sucios de carbón y envolvió mi torso en una manta de lana pesada, relativamente seca, que aún conservaba el vaho dulce del cedro.

Tomó una vasija muescada del aparador, vertió un chorro de ron diluido en agua entre mis labios blanquecinos y luego, con un movimiento trémulo que traicionó toda su invulnerabilidad legendaria, posó dos dedos descalzos sobre la amura de mi cuello para comprobar el ritmo de mi arteria.

Sus nudillos, grandes y curtidos por el acero, temblaban en ese momento de intimidad asfixiante mucho más que mi propio cuerpo sacudido por la hipotermia.

De pronto, un relámpago mudo, de un blanco azulado e irreal, iluminó el círculo de cielo azul imposible que permanecía visible a través de las claraboyas superiores.

La tregua barométrica había expirado. A través de los cristales rotos, distinguí la rotación monstruosa y violenta de las murallas negras de nubes que empezaban a cerrarse de nuevo alrededor de El Crisol con el siseo rítmico de mil serpientes despertando entre las jarcias.

El maderamen de la popa soltó un primer quejido sordo, sibilante, al recibir el hachazo de las primeras ráfagas contrarias.

Robert se Cortó la respiración y fijó la vista en el portalón desvencijado, comprendiendo que el deber náutico y la jauría que aguardaba en el trancanil superior reclamaban la presencia de su capitán para no irse al fondo.

Hizo ademán de incorporarse, de soltar mi manta para regresar al puente, pero el pánico al confinamiento y a la negrura de esa celda inundada me barrió los últimos prejuicios de clase.

Extendí mi mano derecha, la única libre de la sutura, y le atrapé la muñeca con una fijeza animal, una garra desesperada que hundió mis dedos largos en su carne marcada.

Lo detuve en mitad de la penumbra plateada, nuestros rostros a escasos milímetros, uniendo nuestras respiraciones por el calor de la fiebre inminente.

—No me dejéis aquí solo, Robert... —murmuré—. No en esta oscuridad.

El capitán se quedó petrificado, inmóvil sobre el suelo anegado, con los ojos claros dilatados por un pulso desbocado que ninguno verbalizó.

Permaneció dividido, desgarrado en sintonía entre el hombre que temblaba desarmado bajo su tacto y la tripulación que necesitaba su máscara de granito para gobernar la corbeta, justo cuando el primer golpe de la segunda pared del huracán sacudió el esqueleto de El Crisol con la fuerza de una salva completa.