CAPÍTULO 32 EL FESTÍN DE LOS ELEMENTOS DESATADOS
El mundo desapareció detrás de una cortina blanca y sólida de agua pulverizada que golpeaba la piel de mi rostro con la fuerza de perdigones de plomo.
El Gran Huracán golpeó a la corbeta El Crisol con el estruendo ensordecedor de mil cañones de sesenta libras disparando a la vez, sacudiendo la estructura de roble desde la quilla hasta la perilla de los mástiles.
El mar del Caribe, antes aceitoso y plomizo, se alzaba ahora en catedrales colosales de agua negra y fosforescente que desafiaban el cielo púrpura, hundiéndonos en un caos líquido donde la línea del horizonte era una farsa náutica.
—¡Trincad las cureñas! —rugí, mi voz rasgándose contra el vendaval mientras me aferraba a la regala del alcázar con los dedos encallecidos—. ¡Si una sola pieza de a doce libras se suelta de sus bragas de cáñamo, nos abrirá el casco como si fuéramos una cáscara de nuez!
Aferré los radios de la rueda del timón con una fijeza desalmada, sintiendo la tirantez lacerante de los puntos de seda en mis costillas inferiores. El maderamen de la corbeta soltaba un gemido blando, sibilante y sobrenatural, una nota constante de agonía que vibraba en mis propios huesos.
Olía a astillas de roble fresco rotas por la presión barométrica y a la resina caliente que subía de las escotillas superiores, selladas a toda prisa con la brea que Julian había sintetizado en la sentina.
Midiéndome el pulso contra el oleaje, me obligué a proyectar la máscara de granito que mi tripulación necesitaba para no entregarse al pánico supersticioso.
Un capitán que flaqueaba en el eje del cataclismo perdía el barco antes de la guardia de perro.
Sin embargo, bajo la armadura de hierro del mando, mi POV profundo era una pira de pavor visceral.
Cada vez que El Crisol escoraba de costado, hundiéndose en el pozo negro entre dos montañas de agua, mis ojos oscuros buscaban con desesperación la rejilla de la escotilla baja.
El pánico a que Julian Vance permaneciera atrapado en el taller de la bodega inundada, sepultado por el fango salobre de la sentina mientras yo gobernaba el puente, me succionaba el aire de los pulmones con más saña que las propias olas.
El erudito aristocrático ya no era una herramienta técnica para blindar el casco; era mi norte, un lazo invisible que me ligaba a la vida y que no estaba dispuesto a dejar morir en la negrura.
—¡Capitán! —el grito de Velasco llegó amortiguado por el trueno del mar, su silueta andrajosa deslizándose por el trancanil húmedo—. ¡El viento está rolando al nornoroeste! ¡La presión está destrozando la lona del trinquete!
Alcé la vista hacia la arboladura alta. Un latigazo violento del vendaval atrapó los jirones sucios de la vela mayor, arrancando la lona del mástil con un estallido seco que resonó como una descarga completa de mosquetería.
Los cabos restallaban en el aire como látigos asesinos, amenazando con segar la carne de cualquiera que se atreviera a subir a las vergas.
—¡Arriar el velacho! —rugí hacia la batería de proa, forzando mi laringe al límite—. ¡Dejad que el viento barra la lona suelta o nos desarbolará antes de que la marea mude!
El Centinela del timón se volvió un potro salvaje. El agua helada ya nos llegaba por las rodillas en la cubierta de cintura, un torrente furioso que arrastraba barriles vacíos e imbornales atascados.
La estabilidad de la corbeta peligraba de forma catastrófica por el peso muerto de las piezas de artillería de estribor, que amenazaban con soltarse de sus amarres debido al ángulo suicida de la escora.
El roble sufría una presión hidrodinámica intolerable, y el mar entraba por los imbornales con un siseo de muerte.
—¡Sostened los radios, de prisa! —le siseé al timonel auxiliar, un artillero curtido cuyos ojos reflejaban la inminencia del naufragio—. ¡Mantened la proa tres cuartas contra la rompiente o el oleaje nos dará la vuelta de campana!
En ese instante, el Caribe decidió que ya habíamos jugado suficiente en el ojo del desastre.
Emergiendo de la negrura del cielo púrpura, una ola colosal, una muralla vertical de obsidiana y espuma blanca, se alzó por encima de nuestras amuras, bloqueando la poca claridad plateada que quedaba en el mundo.
El acantilado de agua negra cayó sobre la cubierta de cintura con la fuerza destructiva de mil martillos de hierro.
El impacto me cortó la respiración, sumergiéndome en un abismo de agua helada que barrió el alcázar de proa a popa.
Luché por no perder el contacto con la madera, clavando las uñas en el bronce del pasamanos mientras sentía la fuerza centrífuga intentar arrancarme los brazos de las cuencas.
Cuando el torrente se retiró finalmente por las regalas, escupí salitre y bilis, buscando con la vista el centro del puente.
Un frío blanco me recorrió las entrañas, un terror que nada tenía que ver con la Corona ni con la tormenta.
La ola colosal se había tragado al timonel auxiliar; su cuerpo andrajoso desapareció en la negrura de la rompiente sin un solo grito.
Libre de la fuerza humana, la rueda del timón empezó a girar loca, desbocada, un torbellino de roble que amenazaba con poner a El Crisol completamente de costado al abismo antes de que mi costado herido pudiera reaccionar.
Si la corbeta presentaba la popa limpia a la siguiente catedral de agua, la quilla se partiría en dos, sepultándonos a todos —y al erudito que aguardaba bajo la sentina— en la oscuridad insondable del océano.