CAPÍTULO 30 LA BRÚJULA DEL DESEO CONTENIDO
El portón de caoba del camarote se cerró a mis espaldas con un chasquido seco que resonó en el pasillo interior como el disparo de una tercerola en mitad de la noche.
Subí los peldaños hacia el alcázar de un solo impulso violento, ignorando el latigazo gélido y punzante que me encendió el costado derecho; la costura de seda que Julian había apretado contra mi carne abierta tiró de los bordes del tajo con una saña biológica, pero me negué a doblar las rodillas.
Necesitaba el puente. Necesitaba la intemperie.
Al emerger al alcázar, el viento helado del norte me golpeó las sienes con la fuerza de una bofetada limpia, arrancándome el aroma espeso a ron añejo, sándalo y sangre fresca que se me había quedado pegado a la laringe en la penumbra del catre.
Apoyé ambas manos sobre la regala de popa, respirando a bocanadas un aire que pesaba como el plomo debido a una opresión barométrica que me encogía el pecho.
El Caribe se desplegaba ante la proa como una sábana de cristal oscuro, plomizo y espeso, un mar aceitoso que se negaba a rizarse de forma natural bajo el azote de las primeras ráfagas irregulares.
El viento emitía un silbido agudo, constante y malvado entre las jarcias altas, un siseo rítmico que recordaba al movimiento de mil serpientes ocultas entre la lona recogida.
En la cubierta de cintura, la tripulación trabajaba en un silencio sepulcral, un zafarrancho mudo donde los artilleros trincaban las piezas de a doce libras con doble estacha de cáñamo, reforzando los portalones de las baterías inferiores.
Los lobos de mar se movían como sombras disciplinadas, esquivando mi posición con los ojos bajos; la ejecución de Crow y la nueva orden de azotes habían restablecido el pánico del mando, pero la verdadera rebelión no andaba en las cocinas de proa.
Andaba en mis propias venas.
—Asegurad los cabos del foque de tormenta, Velasco —ordené, mi voz bajando a una octava ruda, desprovista de cualquier matiz de debilidad hidalga. El nuevo intendente se cuadró con una rigidez roma, golpeando el trancanil con su chuzo antes de correr hacia la proa.
Me quedé solo junto a los radios de roble del timón, apretando el pomo de mi alfanje con una fijeza desalmada que me blanqueó los nudillos.
La paranoia del mando me atenazaba las entrañas como un garfio de abordaje.
Pronunciar su nombre de pila —dejar que la palabra Julian brotara de mi boca con esa ternura ruda— había sido una capitulación absoluta, una herida en la estructura de hierro que me mantenía a salvo de la horca.
Un capitán de la bandera negra no comparte su lecho con la seda de la Corona, ni busca el norte en los ojos grises de un prisionero de biblioteca sin que la chusma huela el rastro del ablandamiento.
Reconocer que el deseo animal de regresar a ese camarote, de meterme bajo la lona rancia de su jergón y someter su orgullo aristocrático mediante el calor de mi piel era un peligro mayor para El Crisol que todos los navíos de línea del Almirantazgo, me provocó un vuelco violento en el estómago.
Me prohibí en ese momento volver a descender a las bodegas bajas.
Usaría las ordenanzas del mar como una armadura psicológica, un muro de disciplina naval para contener mi propio pulso desbocado antes de que la tripulación viera la grieta en mi máscara.
El cartógrafo seguiría siendo una herramienta técnica, una carga útil para el blindaje del casco, nada más.
Giré la cabeza lentamente y clavé la mirada en el cristal grueso de la claraboya que comunicaba directamente con el taller de la sentina.
Abajo, la penumbra plateada cobijaba sus matraces y sus fórmulas; arriba, el cielo verde grisáceo se cerraba en una quietud de pesadilla que apestaba a calafateado caliente y a la brea usada para sellar las escotillas superiores.
Sentí una opresión visceral al comprender que la tormenta exterior que se gestaba en el horizonte del trópico no era más que un pálido reflejo del incendio que llevaba grabado a fuego bajo el vendaje de mi pecho.
Un fuego indómito, desprovisto de leyes, que ninguna cantidad de salitre ni de ron barato iba a poder apagar en este viaje hacia el infierno.