El alquimista de la sentina (Corazones bajo bandera negra nº 11) CAPÍTULO 29 EL ECO DEL NOMBRE DE PILA
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CAPÍTULO 29 EL ECO DEL NOMBRE DE PILA

El regreso al vientre del buque había sido un desfile de sombras borrosas y maderos quejumbrosos.

Ahora, tendido de espaldas sobre el catre del camarote de popa, sentía el tacto frío y resbaladizo de las sábanas de seda negra de Robert bajo mis omóplatos, un lujo que parecía burlarse de los jirones embarrados de mi casaca cortesana.

El Crisol cabeceaba con una violencia sorda, una oscilación pesada provocada por las primeras rachas del norte que empezaban a arreciar contra el espejo de popa, haciendo temblar rítmicamente los gruesos cristales del ventanal.

El aire dentro del habitáculo era una masa asfixiante, detenida en una intimidad opresiva antes del trueno; olía a la cera de abejas consumida de los candiles, al ron destilado usado para la limpieza y a ese persistente aroma a hierro que emanaba del paño empapado en mi propia sangre.

Robert permanecía arrodillado junto al borde del lecho, con el torso desnudo expuesto a la claridad plateada, casi líquida, que la tormenta exterior filtraba por las claraboyas.

Su costado derecho, ceñido por el vendaje que yo mismo había ajustado horas atrás, subía y bajando al ritmo de una respiración contenida, delatando que el esfuerzo de cargar mi cuerpo desde la chalupa le estaba cobrando su precio en carne viva.

Sostenía mi antebrazo izquierdo con una fijeza que no tenía nada de la brutalidad salvaje que desplegaba ante la chusma en la cubierta de cintura.

Sus dedos grandes, toscos y encallecidos por el cáñamo de las jarcias, temblaban de forma sutil, casi imperceptible, mientras volcaba un chorro de ron puro directamente sobre el tajo abierto que Crow me había infligido.

El alcohol fue un relámpago gélido que me vació los pulmones de golpe.

Cerré los puños contra la seda de la cama, hundiendo las uñas en la tela para no soltar un gemido que rompiera la distancia de mi estirpe, pero no aparté los ojos de su rostro manchado de hollín y salitre.

Robert no usaba el látigo del castigo ni la superioridad del hierro; trabajaba con la aguja de plata y el hilo de seda fina despojado de toda la leyenda del Caimán, concentrado únicamente en el relieve de mi carne abierta.

—Os habéis comportado como un necio en la arena, alquimista —susurró Robert, y su voz fue un ronquido bajo que el crujido del timón exterior pareció amortiguar. —Interponer vuestras manos de pianista entre el acero de un traidor y mi jubón no formaba parte de vuestra contabilidad de raciones.

—No podía permitir que la codicia de vuestro intendente destruyera el único puente que me queda hacia la destilación, capitán Stone —repliqué, forzando mis labios blanquecinos, aunque por dentro mi pulso desbocado amenazara con romperme las costillas.

—Habría sido un error de cálculo imperdonable dejar mi pellejo en manos de un bando que vende bitácoras al Almirantazgo.

Robert detuvo el movimiento de la aguja a un palmo de mi piel.

Ninguno de los dos verbalizó la descarga de electricidad estática que el roce de sus dedos descalzos desataba en la penumbra, pero la fijeza desarmada de nuestras miradas volvió el espacio estrecho, imposible de tragar.

Sabía que mi lealtad ya no pertenecía a las leyes de la Corona, y ese descubrimiento me causaba un pavor más denso que la vía de agua de la sentina.

Con un pulso que se obligó a estabilizar, Robert ajustó el último nudo de la sutura y cortó el cabo del hilo con un movimiento seco.

Pero no se retiró hacia el pasamanos. Se inclinó más sobre mi cuerpo menudo, rompiendo la última braza de aire que nos separaba, hasta que el vaho caliente de sus pulmones me rozó la frente.

Levantó su mano derecha desnudada de autoridad y, con una delicadeza infinita que me heló la sangre, apartó un mechón de cabello húmedo y sucio de yeso que se me había pegado a las sienes.

—No volveré a dejar que os toquen... Julian.

El nombre de pila brotó de sus labios como un eco olvidado, un susurro ronco y privado de teatro que resonó en el maderamen del camarote con la fuerza de una andanada completa.

Me quedé petrificado sobre la seda negra, con las pupilas dilatadas y la respiración contenida en la laringe.

Todo el muro de la esclavitud material, las ordenanzas del Imperio, los prejuicios de mi rango y la jerarquía militar que nos había declarado carcelero y presa se pulverizaron en ese segundo de quietud.

Clavé mis ojos grises en los suyos claros, dándome cuenta, con una vulnerabilidad devastadora que me sacudió los cimientos de la cordura, de que la distancia entre el captor y el cautivo había dejado de existir en esa orilla del mundo.

El susurro de mi nombre en su boca dolió con una intensidad biológica mucho más profunda y permanente que el propio tajo del alfanje.

Éramos dos náufragos desarmados desnudando sus almas antes de la tormenta definitiva.