CAPÍTULO 23 LA HUIDA POR EL MANGLAR
La libertad sin cadenas de hierro era una sustancia gaseosa que me mareaba los sentidos.
Mis pies descalzos se hundían en el cieno templado de la orilla profunda, esquivando los filamentos rugosos de las plantas parásitas mientras sostenía la bolsa de lona rústica contra mi costado izquierdo.
El aire dentro del manglar era un bloque denso de humedad forzada, saturado por el perfume espeso de la resina de pino silvestre, la ceniza vegetal y el hedor dulce de la descomposición forestal.
Apenas unos cables detrás de mí, la claridad de la playa turquesa se batía en retirada ante el dosel infinito de las ceibas, pero la vigilancia de mis captores seguía pesando en el ambiente como un vaho de azufre.
—No deis un paso más allá de esa roca negra, hidalgo —la advertencia de Diego llegó desde el límite de la arena, su tono una lija áspera que arrastró el graznido lejano de las fragatas. Sopesaba un chuzo de abordaje, con los ojos entornados por la sospecha.
—La veta de sales fosfatadas no responde a las ordenanzas de vuestro contramaestre, maese Diego —respondí sin volver la cabeza. Mis dedos largos se cerraron sobre el cáñamo de la bolsa de muestras, sintiendo el frío del abrecartas toledano oculto bajo el lino de la manga.
—Al capitán no le gustará perderos de vista en la espesura —insistió el marinero que lo flanqueaba, apoyando el hombro contra una barrica de agua vacía.
—El capitán Stone me ha otorgado el espacio necesario para cumplir con la destilación de la brea —repliqué, dando un paso deliberado hacia un saliente de lodo rústico para marcar la distancia de mi estirpe.
—Si preferís que El Crisol arda bajo el hierro de la Corona por falta de reactivos, podéis decírselo vos mismo cuando regresemos al puente.
Los hombres prorrumpieron en un juramento sordo, pero el estrépito de una maza de carpintero reclamó su atención desde la playa, obligándolos a volverse hacia las barcazas de agua.
Me quedé solo frente al sendero estrecho que se abría entre las raíces aéreas.
El universo pareció contener el aliento en ese segundo exacto.
Tenía ante mí una oportunidad real, geométrica, de escapar de la bandera negra.
Podía internarme en la isla, alcanzar un asentamiento civil, denunciar los crímenes del Caimán ante el Gobernador de La Española y asegurar mi regreso definitivo a las bibliotecas de Londres.
Era la salida lógica, el designio que mis manuales de derecho me ordenaban cumplir.
Sin embargo, la perspectiva ya no me provocaba el alivio limpio que esperaba.
Una agitación punzante me revolvió las entrañas al descubrir que el recuerdo de las costillas de Robert latiendo bajo mis palmas desnudas en la penumbra del camarote se me había incrustado en el juicio como una astilla de roble.
¿Acaso deseaba volver voluntariamente a mi jaula de madera?
¿Era mi voluntad la que flaqueaba o la estructura de mi cerebro la que cedía ante el efecto del encierro?
Incapaz de resolver la ecuación de mi propia identidad, sofocado por la vergüenza de dudar entre mi patria y mi captor, eché a correr hacia la espesura antes de que mi razón pudiera clavar un ancla.
El sendero desapareció en pocos minutos, devorado por un laberinto vivo de huesos de madera retorcida y lianas que me azotaban el rostro como jirones de lona rota.
El fango me succionaba los pies descalzos, ralentizando mi huida en un avance agónico mientras los mosquitos zumbaban en mis oídos con una insistencia eléctrica. La luz del sol se extinguió, reemplazada por ráfagas de una claridad verdosa e irreal que distorsionaba las dimensiones del follaje.
Intenté orientarme calculando la declinación solar a través de las copas de los árboles, pero el dosel vegetal era una bóveda de esmeralda compacta que me ocultaba el firmamento.
Me detuve, jadeando, con la casaca enganchada en un espino de cacto.
El silencio de los hombres había sido sepultado por el grito gutural de las cigarras y un siseo rítmico que brotaba de las hojas secas a ras de suelo.
Comprendí, con una descarga de pánico visceral, que me había alejado demasiado para que mis gritos alcanzaran el campamento de la playa.
«Robert sigue siendo un criminal», me repetí en un susurro febril, intentando que las leyes de la Corte ordenaran el caos de mis sienes.
«Me secuestró. Me condenó a la inmundicia de la sentina».
Pero cuanto más intentaba convencerme de la lógica de mi fuga, más difícil me resultaba imaginar que la Corona representara la verdadera libertad.
Recordé el veneno estancado en los ojos de Crow, el peso muerto del Imperio destruyendo oficiales en Cádiz, y la protección ruda y personal con la que Robert había blindado mi taller tras la prueba del fuego.
Esa contradicción me llenó de un pavor absoluto que no figuraba en mis tratados de navegación.
No huía del pirata; huía de la certeza devastadora de que mi brújula mental ya no sabía marcar el norte sin su volumen cerca.
Tropecé de golpe con una raíz colosal de ceiba. El equilibrio me abandonó y caí de espaldas sobre el lodo pastoso, sintiendo cómo el impacto me encendía el dolor viejo de mis costillas magulladas. La bolsa de lona voló lejos, derramando las muestras de ceniza en el fango salobre.
Al intentar incorporarme sobre los codos, el aire se me congeló en la laringe.
A menos de dos palmos de mis piernas desnudas, entre el follaje podrido, emergió el cuerpo sinuoso, negro y resplandeciente de una víbora de coral, cuya cabeza triangular se mecía con una fijeza asesina bajo la luz ámbar de la selva.
Al mismo tiempo, un crujido mucho más grande, una pisada pesada que quebró las ramas secas, se dejó escuchar justo a mi espalda, bloqueando mi única ruta de escape.
Mi lucidez analítica se fragmentó en mil pedazos de cristal roto.
Olvidé la Academia, olvidé a Londres y olvidé las leyes del Imperio.
En mitad de aquella claustrofobia verde, sacudido por un pánico biológico puro, mi mente despojada de orgullo no ansiaba el rescate de la Armada.
Deseó, con una humillación que me caló hasta los huesos, escuchar el tintineo metálico de las botas de cuero de Robert quebrando la maleza para arrastrarme de vuelta a su cubil.
Mientras permanecía inmóvil ante el filo de la serpiente, la pregunta más terrible del mapa me destrozó las últimas defensas: si el Caimán apareciera ahora entre los árboles y me dejara elegir la dirección de mi marcha, ya no sabía hacia qué mundo caminarían mis pies.