El alquimista de la sentina (Corazones bajo bandera negra nº 11) CAPÍTULO 22 TIERRA VIRGEN Y AGUAS TURQUESAS
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CAPÍTULO 22 TIERRA VIRGEN Y AGUAS TURQUESAS

El estrépito de las cadenas del ancla al morder el fondo de arena blanca rompió el espejo de cristal turquesa de la caleta, asustando a una bandada de aves fragata que abandonó los manglares con graznidos inquietos.

Fondeamos al amanecer en un recodo apartado de La Española, un refugio virgen protegido por un arrecife de coral que nos ocultaba por completo de las rutas comerciales y las patrullas imperiales.

Tras el enfrentamiento a quemarropa con la fragata real, El Crisol necesitaba reponer agua dulce con urgencia, reparar las amuras astilladas por la metralla y revisar el calafateado caliente del casco, que goteaba resina por las costuras heridas.

Me apoyé pesadamente en la regala de la chalupa, sintiendo la tirantez lacerante del vendaje de lino que Julian había suturado alrededor de mis costillas.

La fiebre de la noche anterior me había dejado el cuerpo entumecido, un frío sordo que me obligaba a descargar el peso de mi costado derecho sobre un bastón rústico de madera de cedro, pero me negué en redondo a permanecer encerrado en el camarote de popa mientras mis hombres trabajaban.

Un capitán que se esconde de la faena es un capitán que invita a la desobediencia.

—Diego, mantened las vergas de juanete en facha y haced que los carpinteros apuren las mazas contra el casco —ordené, mi voz saliendo con una gravedad ronca que cortó el rumor del oleaje bajo la orilla.

—¿Y qué hacemos con el prisionero, señor? —preguntó Diego, sopesando un chuzo de abordaje mientras miraba hacia la escala del barco.

—Julian bajará a tierra conmigo —dicté, mi mirada fija en la silueta delgada que emergía de la escotilla.

Julian Vance descendió a la chalupa con movimientos torpes, denotando el agotamiento físico del taller de la sentina.

Sus dedos largos, manchados aún por los restos de yeso y el hollín del brasero, se aferraron al pasamanos con una fijeza trémula.

Le ordené que recolectara resina de pino silvestre, azufre mineral, ceniza vegetal y depósitos de guano ricos en sales fosfatadas en la espesura del bosque costero; materiales indispensables para completar el siguiente lote militar de la brea incombustible.

—No entiendo la necesidad de este despliegue de chuzos y armas si solo busco minerales en la orilla, capitán Stone —protestó Julian.

—Seguís siendo un cautivo de esta bandera, Lord Vance —repliqué, dándole un paso al frente que me obligó a clavar el bastón en el barro para no flaquear ante su cercanía.

Pude oler el aroma acre del azufre que emanaba de sus ropas andrajosas mezclado con la fragancia dulce de las flores silvestres de la costa.

El soterrado juego de poder vibraba bajo la luminosidad abierta del Caribe; fuera de la estructura cerrada de la corbeta, mi autoridad parecía menos absoluta y su presencia dejaba de estar definida por los grillos del mamparo.

—La espesura de este manglar es un dios indiferente que puede devorar vuestra seda más rápido que el fango de mis bodegas. No os alejaréis de mi vista.

Sin embargo, al ver la tirantez de sus hombros estrechos y la fragilidad de su postura, realicé una concesión silenciosa, un primer gesto de confianza que mi máscara de mando se negaba a nombrar.

Le permití apartarse unos palmos de los marineros, dándole libertad de movimiento para que examinara las rocas húmedas cubiertas de musgo.

Al alcanzar la playa virgen, Julian se detuvo en seco. Con una parsimonia que me resultó fascinante, se inclinó para quitarse los zapatos de cuero fino, cuyas hebillas de plata andaban ennegrecidas por el agua salobre de la sentina.

Se remangó los pantalones de lino y entró descalzo en la orilla de la caleta, dejando que el agua limpia y turquesa le lavara la suciedad acumulada de las uñas y la piel.

Me quedé inmóvil en la arena, observándolo desde la distancia bajo el sol abrasador de la mañana. Un latigazo de atracción creciente me sacudió las entrañas al verlo fuera de la penumbra aceitosa del barco.

Bajo la luz cruda y blanca del Caribe, Julian ya no parecía una herramienta de la Corona ni una presa encadenada a un perno; parecía un hombre entero, vibrante, capaz de marchar en cualquier dirección del mapa por su propia voluntad.

Sentí una calma desconocida recorrer los tendones de mi pecho, un peligro sutil que me asustaba más que las andanadas del enemigo. Comprendía que no deseaba obtener su obediencia mediante el látigo o el miedo; quería que ese hielo se derritiera por elección.

Julian se volvió hacia el interior de la isla, allí donde el manglar abría un sendero oscuro, un laberinto verde de raíces aéreas y lianas que contrastaba con la claridad irreal del agua. El mar reflejaba destellos dorados en su rostro lavado, y su mirada gris se clavó en la espesura forestal.

Mi orgullo de capitán me ordenó gritarle que volviera a las cadenas, que no diera un solo paso hacia la selva sin el hierro en el tobillo, pero mis labios se negaron a romper el hechizo de la playa.

Caminé hacia él con paso lento, conteniendo el quejido de mis costillas, y le extendí una pequeña bolsa de lona rústica para que guardara las muestras de resina.

—No os alejéis de donde pueda veros, Vance —susurré, y mi voz careció por completo de la hostilidad habitual, volviéndose una advertencia blanda que el graznido de las fragatas apenas arrastró.

Julian sostuvo mi mirada clara bajo el sol del mediodía, y una media sonrisa, despojada del sarcasmo aristocrático, curvó sus labios limpios.

—Entonces tendréis que aprender a mirar sin encadenar, Robert —respondió, usando mi nombre de bautismo con una soltura que me puso el pulso a cien.

Se giró y se internó entre la vegetación húmeda, dejando el rastro de sus pies descalzos impreso en la arena húmeda. Lo observé desaparecer bajo el dosel infinito de las ceibas, sintiendo que el aire de la caleta se volvía espeso.

Lo que más me inquietaba en ese minuto de tregua no era el temor a que intentara escapar hacia el manglar; era la certeza devastadora de descubrir que deseaba verlo regresar a bordo de El Crisol por su propia voluntad.