CAPÍTULO 19 MANOS QUE SALVAN, ACERO QUE CALLA
La quietud que se había asentado en el camarote de popa tras la marcha de Diego era una mentira de aire espeso y vaho metálico.
El habitáculo permanecía en un silencio absoluto, roto únicamente por el quejido rítmico, sordo y perezoso del timón luchando contra la marea baja en el Canal de la Mona.
La luz del atardecer caribeño entraba roja y herida por los ventanales de popa, proyectando un resplandor de carnicería sobre las cartas náuticas volcadas y las estanterías de caoba.
Olía a hierro de la sangre fresca, a ron destilado usado para desinfectar y a esa cera de abejas consumida de los candiles que parpadeaban perezosamente desde los baos del techo.
Me acerqué a la mesa de cartas con las piernas trémulas, arrastrando el tintineo sutil de los grillos que aún ceñían mis tobillos. Tomé la botella de ron puro y vertí un chorro generoso directamente sobre mis manos.
Sintiendo el frío punzante del alcohol penetrar en las grietas de mis dedos largos y en las quemaduras de yeso del taller bajo, contuve un escalofrío. Mis extremidades, entumecidas por las horas de confinamiento en la sentina, recuperaron la sensibilidad con un latigazo térmico.
Con un pulso que me obligué a estabilizar mediante puras leyes de la lógica, tomé la aguja de plata y el hilo de seda fina del costurero de cuero muescado que Robert había arrojado sobre el escritorio.
—Si flaqueáis ahora, Lord Vance, os juro que Crow no esperará al amanecer para limpiar esta cubierta con vuestros restos —la voz de Robert llegó como un ronquido bajo, un siseo desgarrado por la fiebre que emanaba de su pecho.
No respondí. Me arrodillé en el espacio mínimo que quedaba entre las piernas del capitán, ignorando la humillación de la postura para concentrarme en la anatomía de la herida.
Robert estaba desplomado en su sillón, con la cabeza echada hacia atrás y el torso desnudo expuesto por completo a la luz roja del crepúsculo.
El tajo de las costillas derechas era profundo, una boca abierta y palpitante que escupía un flujo carmesí continuo.
Tomé un paño de lino limpio y lo presioné con firmeza directamente sobre la carne desgarrada para contener la hemorragia.
Al sentir el contacto de mi palma, el cuerpo de Robert se sacudió con una vibración violenta. Estaba caliente, abrasador por la fiebre inminente, pero vibrante de una vitalidad salvaje que me abrumó los sentidos.
Los muros de mi altivez aristocrática, toda la distancia que mis prejuicios de clase habían levantado para protegerme de su barbarie, se pulverizaron en ese metro cuadrado de caoba.
Ya no podía catalogar esta agitación como puro odio; era una devoción dolorosa, una atracción erótica d física imposible de negar que se me instalaba en los pulmones con el peso del azufre.
—Sostened las tenazas si el dolor os vence, capitán —susurré, aproximando la aguja de plata a la piel viva.
—Introducid el hierro de una vez, alquimista —mascó él, clavando los ojos claros en los míos con una fijeza desalmada que delataba su tormento agónico, pero rehusando quebrar su máscara de mando ante su prisionero.
Introduje la aguja con una precisión quirúrgica, atravesando los bordes del músculo dañado bajo las reglas exactas de la disección académica.
Robert apretó los dientes con tal fuerza que los tendones de su cuello se tensaron como los obenques de barlovento, y en un espasmo de dolor compartido, sus dedos callosos, grandes y tiznados de pólvora vieja se clavaron directamente en mi muslo derecho.
El agarre de su mano fue tan brutal que me cortó la respiración por completo, hundiéndose en mi lino roto con una presión que unió nuestros cuerpos en una misma línea de fuego.
No me aparté. Mantuve la vista baja, sintiendo el aroma dulce de su piel y el vaho caliente de sus pulmones rozarme la frente, mientras la aguja de plata cosía nuestra supervivencia en el silencio espeso de la cabina.
El juego de poder se disolvió en el calor animal de la entrega forzada.
Robert dependía de mis manos de pianista para no vaciar su pulso en la alfombra, y yo dependía de su soberanía para no ser devorado por la jauría que rumiaba su descontento en la cocina de proa.
Ninguno de los dos verbalizó la descarga de electricidad estática que el roce de mis dedos sobre su pecho desnudo desataba, pero el silencio posterior en los diálogos era un pacto de sangre mudo, un contrato del que no había regreso posible.
Pasé el hilo de seda por el último tramo de la piel, ajustando la tensión de la sutura con un pulso de cirujano que desafiaba el cabeceo lánguido de la corbeta.
Al terminar el último nudo, me incliné sobre la carne herida y corté el cabo del hilo directamente con los dientes, sintiendo el sabor amargo y metálico del hierro en los labios.
Al levantar la vista, el universo se redujo a la distancia mínima que separaba nuestras bocas. Nuestros rostros quedaron a escasos milímetros, las respiraciones entrelazadas por el calor del jerez y la fiebre de la carne abierta.
Robert no retiró su mano callosa de mi pierna; mantuvo la presión de sus dedos fijos sobre mi muslo, dictando una última sentencia silenciosa desde el abismo de sus ojos oscuros, mientras el sol terminaba de esconderse por completo tras el ventanal de popa.