CAPÍTULO 20 EL JERGÓN DE LA GUARIDA
La noche cayó sobre el Canal de la Mona con la pesadez de una mortaja de plomo húmedo.
Recostado en mi catre de caoba, sentía la tirantez lacerante del vendaje de lino que Julian había apretado alrededor de mi costado derecho; la carne suturada con hilo de seda palpitaba al compás febril de mi sangre, enviándome ramalazos de un dolor blanco que me obligaba a entornar los párpados para no perder la fijeza.
El espacio exhalaba un vaho caliente, espeso y confinado, saturado por el aroma denso de mi tabaco de Virginia caro y el olor rancio de la lona empapada que Diego había arrastrado desde las bodegas inferior.
A través de las claraboyas superiores, la luz azul e irreal de la luna caribeña entraba en franjas líquidas, dibujando con una claridad despiadada las marcas de los viejos latigazos de la Armada que me surcaban la espalda y los hombros.
Afuera, la quietud nocturna era una farsa náutica.
El eco rítmico y sordo de los martillazos de los carpinteros, que trabajaban suspendidos en guindolas para reparar el maderamen exterior dañado por la metralla, vibraba en el esqueleto de El Crisol con la persistencia de un metrónomo maldito.
Un golpe seco en la puerta de caoba fracturó el silencio de la cabina.
El portalón se abrió sin miramientos, revelando la silueta maciza y cargada de resentimiento del intendente Crow, quien entró arrastrando a Julian por el lino roto de su manga.
deteniéndose a dos pasos de mi lecho con la mano apoyada de forma deliberada en el pomo de su alfanje.
—Los hombres murmuran en la cocina de proa, Robert —soltó Crow, y su voz trajo consigo la aspereza rancia del grog barato—.
Los artilleros de las baterías bajas dicen que la suerte de la corbeta se ha podrido por el trato especial que le dais a este prisionero de seda.
Hablan de brujería química bajo las escotillas.
Exigen que este andrajoso vuelva a los grillos de la sentina profunda para evitar un mal de ojo antes de que la flota real nos corte el viento.
Sostuve su mirada oscura desde la penumbra de mi catre, apretando los dedos contra la manta para no quebrar la máscara de hierro que me imponía el mando.
Una furia sorda, concentrada y gélida me encendió las entrañas al notar cómo el intendente tiraba del cuerpo menudo del erudito.
Sabía que en la democracia de la bandera negra, un capitán que se ablanda por un cautivo ante su tripulación es un capitán que amanece flotando boca abajo en los imbornales.
Mi mente racional exigía mantener la distancia militar para asegurar la soberanía del puente, pero mi instinto depredador —ese fuego indómito que me quemaba el pecho— se negaba en redondo a devolver esa piel pálida a las ratas y al fango de las bodegas.
—La contabilidad de este barco la dicto yo, Crow, no los temores de vuestros artilleros —respondí, mi voz saliendo en una gravedad de piedra que cortó el aire caliente del camarote—.
El compuesto que este hombre ha sintetizado es lo único que mantendrá el roble a flote cuando los barcos del Rey intenten convertirnos en una pira.
No pienso perder su intelecto por las supersticiones de la marinería.
—¡Los hombres tienen hambre de hierro, capitán, no de fórmulas! —protestó el intendente, dando un paso al frente que hizo crujir las tablas barnizadas—. Si se queda en este castillo de popa, el descontento será un oleaje que no podréis frenar con vuestro sable.
—El prisionero no saldrá de este habitáculo —sentencié, incorporándome un palmo con un esfuerzo que me arrancó un siseo agónico de las costillas—.
Velasco, traed el jergón de lona rancia de Julian y colocadlo en ese rincón, junto a la estantería de mis libros.
Decretó que dormirá aquí mismo, por estricta seguridad de la carga y bajo mi vigilancia directa.
Si vuestros lobos de mar quieren su cabeza, tendrán que venir a reclamarla a los pies de mi propia cama.
¿Ha quedado claro el reglamento, intendente?
Crow apretó la mandíbula hasta que los tendones de su cuello parecieron sogas de cáñamo, tragándose el veneno de mi autoridad de hierro con una rigidez roma.
Sabía que cruzar esa línea significaba una duna de arena y dos pistolas al alba.
Se giró con un juramento sibilante entre los dientes y salió del camarote, cerrando el portalón con un golpe seco que aisló los murmullos rabiosos de la cubierta de cintura.
El silencio regresó, espeso, viscoso y cargado de una intimidad asfixiante.
Julian permaneció de pie cerca del trancanil, envuelto en las sombras vacilantes que el vaivén del barco estiraba contra los mamparos.
Tenía la casaca de seda rota manchada de hollín y los dedos largos teñidos de yeso blanco, pero la rectitud de su espalda revelaba una dignidad silenciosa que no se doblaba ante mi volumen físico.
Con una lentitud deliberada, arrastró el jergón de lona hacia el rincón asignado, acomodándose en la penumbra con movimientos que intentaban camuflar el pánico visceral del confinamiento.
A pesar de su fachada de sumisión fingida, levantó el rostro y me clavó sus ojos grises, sosteniendo mi envite con una terquedad inquebrantable que encendió el aire estancado de la cabina.
No había ruego en su fijeza; era un pulso de voluntades que desafiaba la brutalidad física de mi entorno.
Me acomodé de espaldas contra la almohada, sintiendo el calor abrasador de la fiebre recorrer mi carne marcada, pero sin apartar mis ojos oscuros de su cuerpo menudo.
El juego de poder vibraba en la quietud de la noche; había usado la mentira de la seguridad militar para forzar una proximidad involuntaria que, lo sabía bien, me quitaría el sueño hasta el amanecer.
El depredador había dejado entrar a la presa en su cubil, no para devorarla, sino porque el vacío de mi mando se sentía menos frío con su respiración cerca.
—El cubil de un proscrito es un territorio estrecho, Vance —susurré hacia la penumbra, mi voz un ronquido bajo que el quejido del timón exterior pareció amortiguar—. No olvidéis que sigo teniendo el alfanje bajo la almohada y que mi clemencia se agota con el cambio de marea.
Julian no parpadeó bajo la luz azul de la luna.
Se limitó a cerrar los dedos sobre el paño de su manta, manteniendo su mirada fija en la mía hasta que las sombras del rincón terminaron de sepultar nuestras siluetas en un pacto de silencio del que ninguno sabía cómo escapar.