El alquimista de la sentina (Corazones bajo bandera negra nº 11) CAPÍTULO 18 SANGRE Y BREA CALIENTE
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CAPÍTULO 18 SANGRE Y BREA CALIENTE

El silencio que siguió al cese del fuego no era paz; era el lamento sordo de un animal de roble desangrándose en mitad de la mar de leva.

El Crisol había logrado zafarse del acoso de la fragata británica tras destrozarle el aparejo de trinquete con una última andanada de doble palanqueta, pero la victoria nos había costado el esqueleto del buque.

Crucé el umbral de mi camarote de popa dando un bandazo violento contra la jamba de caoba, sintiendo que el suelo se inclinaba en un ángulo que mis piernas de marino ya no lograban corregir.

Tenía la mano izquierda apretada con una fijeza trémula contra mi costado derecho, intentando inútilmente contener el flujo espeso, caliente y purpúreo que me empapaba los jirones de la casaca.

La carne palpitaba bajo mis dedos con el ritmo frenético de un cronómetro de marina desbocado.

—Maldita sea... —masqué, y un borrón de saliva amarga y sangre me tiñó los labios.

Me desplomé de mala manera sobre mi sillón de caoba, exhalando un siseo agónico que me encendió los pulmones.

El camarote estaba sumido en una melancolía crepuscular; la luz roja y herida del atardecer caribeño entraba oblicua por los ventanales de popa, tiñendo las cartas náuticas volcadas de un tono de carnicería.

El aire era una masa asfixiante que apestaba a la sangre fresca que goteaba de mi chaleco, al ron derramado de una vasija rota y a ese perfume rancio de la resina caliente que subía de las maderas heridas de la cubierta de cintura.

Arriba, la tripulación trabajaba en un zafarrancho desesperado, achicando el agua salobre que inundaba la bodega de proa.

El cirujano del barco había muerto hacía una hora, segado por una bala de palanqueta en la primera salva enemiga.

No quedaba nadie para coserme la vida. Nadie excepto el bulto andrajoso que permanecía rígido junto al trancanil, custodiado por los guardias que acababan de subirlo de la sentina.

Julian Vance me observaba desde la penumbra.

Vistiendo el lino deshecho de su camisa sucia de carbón, el erudito aristocrático mantenía la espalda tan recta como un puntal, pero sus ojos grises —esos pozos de hielo analítico— se dilataron al notar el charco oscuro que empezaba a ennegrecer la alfombra a mis pies.

Su fijeza desarmada reveló una templanza que no esperaba de un hombre de biblioteca; un hielo puro que no se congelaba ante la carnicería del combate.

Me arranqué la casaca ensangrentada con un tirón salvaje que me arrancó un rugido de puro dolor físico, exponiendo el tajo profundo y dentado que me cruzaba las costillas inferiores.

La carne abierta mostraba el relieve violento de un músculo desgarrado que se negaba a cerrarse.

Estaba experimentando un tormento agónico, pero me negué con rabia a quebrar mi máscara de mando ante mi prisionero.

Un capitán que se dobla frente a su cautivo es un capitán que pierde el derecho al timón.

Y sin embargo, sentía una entrega forzada, una humillación visceral al saber que mi pulso dependía ahora de la voluntad del enemigo.

Alargué la mano derecha, alcancé el estuche de costura de cuero muescado que descansaba en el aparador y se lo lancé sobre la mesa de cartas, provocando un estrépito metálico que hizo saltar las plumillas de tiza.

—Diego, retiraos —ordené al centinela, mi voz saliendo como un susurro ronco que me costó un mundo arrancar de la garganta—. Dejadnos a solas y volved a las bombas de achique.

El contramaestre dudó, mirando el acero de mi tahalí, pero obedeció con una rigidez roma, cerrando el portalón tras de sí.

El silencio posterior entre Julian y yo se volvió una línea de fuego que el crujido del timón exterior parecía bendecir desde el abismo.

—¿Acaso esperáis que gaste mi ciencia médica en remendar los despojos de vuestra barbarie, capitán Stone? —preguntó Julian. Dio un paso hacia la mesa, rehusando bajar la mirada hacia mi torso desnudo.

—Vuestras manos de pianista son lo único que tengo a bordo, Vance —repliqué, acortando el juego de poder con una fijeza desalmada que me obligó a clavar las uñas en el brazo de caoba de mi silla para no desmayarme.

Mis ojos oscuros se clavaron en los suyos, exigiéndole la sumisión técnica que sus manuales de lógica no podían rebatir.

Me incliné hacia adelante, permitiendo que el vaho caliente de mi propia fiebre le rozara el lino roto de su jubón. La proximidad involuntaria volvió el camarote estrecho, asfixiante.

—Cosedme ahora mismo —le siseé, y cada palabra mía fue un clavo de hierro metido en el roble del puente—, u os juro por todos los demonios del Caribe que mi sangre manchará vuestras preciadas fórmulas antes de que la noche termine de caer sobre el espejo de popa.

Si yo me hundo en el abismo, Crow os arrojará a los tiburones antes de que podáis calcular la primera braza de agua.

Julian se quedó petrificado, con las pupilas dilatadas bajo la luz roja del crepúsculo, mirando la aguja de plata que brillaba dentro del estuche de cuero.

El orgullo de su estirpe luchó un segundo contra el instinto de supervivencia, fijos los dos en un pulso de voluntades donde el aroma a hierro de mi carne abierta dictaba la última sentencia.

Con una lentitud deliberada, desprovista de miedo, dio el paso definitivo hacia mi catre, rompiendo la distancia que nos separaba.