El alquimista de la sentina (Corazones bajo bandera negra nº 11) CAPÍTULO 17 EL RUGIDO DEL BRONCE EN LA SENTINA
34%

CAPÍTULO 17 EL RUGIDO DEL BRONCE EN LA SENTINA

El silencio inicial en el taller bajo de la sentina no era paz; era la densidad aceitosa de una tumba de roble esperando su primer cadáver.

Permanecía confinado bajo doble llave en el vientre más profundo de El Crisol, donde el aire, cargado con el vaho acre del azufre hirviendo y el fósforo, se me pegaba a la garganta como una costra ácida.

Mis dedos largos, quemados por el roce de las sales minerales y el yeso con el que acababa de estabilizar el reactivo final de la brea, temblaban de forma espasmódica.

De repente, la quietud fue asesinada. Un estrépito sordo, pesado y frenético se desató justo sobre mi cabeza: el eco de cincuenta hombres corriendo en zafarrancho por la cubierta de artillería.

Las poleas de las cureñas rechinaban, las bragas de cáñamo restallaban contra las amuras y el maderamen del casco comenzó a soltar un quejido sordo, sibilante, al ganar velocidad para intentar el paso entre los bajíos.

—Mantenerte firme, Vance —me ordené en un susurro, apretando los puños contra el borde de la mesa de pino para no dejarme vencer por la claustrofobia que me oprimía el pecho.

La lógica matemática era mi único mapa mental contra el pánico, pero las variables del entorno estaban escapando a mis logaritmos.

Comenzó el duelo. El primer impacto de la fragata real no llegó como un ruido, sino como una onda expansiva hidrodinámica que conmovió la corbeta desde la perilla hasta la quilla.

Una bala de a dieciocho libras golpeó el maderamen exterior, cerca de la línea de flotación.

La sacudida brutal me lanzó de bruces contra los barriles de fósforo, haciéndome perder el equilibrio por culpa de la cadena larga que aún limitaba mi tobillo.

El cuaderno de notas resbaló de mis manos, hundiéndose en el agua salobre del trancanil mientras mis matraces de vidrio saltaban hechos astillas contra el suelo.

Un humo denso, gris y acre, cargado con el perfume rancio de la pólvora negra, empezó a filtrarse por las rejillas del mamparo de roble.

Se me instaló en los pulmones, provocándome una arcada violenta que me quemó las amígdalas y me llenó la boca con el sabor amargo y metálico del miedo.

La penumbra se volvió asfixiante, una niebla sucia donde las maderas de El Crisol gritaban bajo el castigo de la metralla enemiga.

El estruendo ensordecedor del bronce de popa respondiendo al ataque hacía vibrar mis costillas magulladas, pero el verdadero terror no venía de las piezas de caza. Venía de mi propia mente.

Estaba siendo bombardeado por los cañones de mi propio Rey, por las leyes de la Corona que me habían educado, y sin embargo, mi pulso desbocado no ansiaba la victoria de la Armada.

Mi mente, despojada de sus prejuicios de clase, no buscaba la salvación imperial; buscaba la silueta masiva de Robert Stone.

El lazo invisible que nos unía en la penumbra se había cobrado su precio: había comenzado a depender de mi captor, de sus manos callosas y su máscara de hierro, para seguir respirando en este infierno.

Un crujido agónico, un chasquido estructural profundo que sonó como un hueso colosal partiéndose en dos, conmovió la cuaderna maestra del taller.

Me quedé paralizado, con las pupilas dilatadas por el resplandor de un relámpago mudo que se filtró por la rejilla.

El agua de sentina, antes un fango lánguido a la altura de mis suelas, empezó a subir con una fuerza violenta, desbordando el mamparo de babor.

El torrente salobre me cubrió los tobillos en un parpadeo, frío, pesado y rugiente, trayendo consigo jirones de estopa y cáñamo flotante.

Comprendí, con un terror ciego que me heló la sangre, que la vía de agua estaba cediendo por debajo de mi posición.

Si nadie descendía del alcázar, si el orgullo de la tripulación decidía dejar atrás el lastre del prisionero, moriré ahogado en la negrura de esta celda bajo llave, sepultado por el mar antes de que el Compuesto pudiera blindar el casco.

—¡Robert! —el grito se me escapó de la garganta, perdiendo toda la seda aristocrática para convertirse en un ruego animal que golpeó la trampilla cerrada, mientras el maderamen continuaba desgarrándose bajo el peso del océano.