CAPÍTULO 16 VELAS DE LA CORONA EN EL CATALEJO
—¡Vela real por el cuarto de estribor! —el grito del vigía bajó desde la cofa de trinquete como un hachazo de hierro, rasgando la quietud densa que se había asentado sobre el puente de mando.
Subí al alcázar de popa de un solo salto, ignorando el tirón violento y punzante que la herida de mis costillas me propinó en el costado derecho.
El aire marino se había vuelto espeso, viscoso, teñido por un sol crepuscular que pintaba la bruma del Caribe con un tono de cobre encendido y rojo oscuro.
Arrebaté el catalejo de latón de las manos de Velasco y enfoqué el horizonte hacia barlovento, cerrando el ojo izquierdo para concentrar toda mi atención en la lente.
Entre los jirones de niebla que flotaban sobre el arrecife, apareció ella.
Era una fragata real de cuarenta cañones, un gigante de la Armada británica que hendía las aguas con la arrogancia implacable de quien se sabe dueño de los mares.
Su velamen blanco estaba perfectamente cazado, aprovechando una racha del norte que empezaba a tensar nuestras propias jarcias con un silbido agudo.
Era el doble de pesada que
El Crisol, armada con piezas de a dieciocho libras capaces de descosernos las cuadernas de una sola andanada, pero lo bastante veloz para impedir que ganáramos el mar abierto.
—Maldita sea su sombra —susurré, sintiendo que el latón del catalejo se enfriaba bajo mis dedos callosos. El buque enemigo había ganado el barlovento de forma impecable, enfilando proa directamente hacia la única salida navegable entre los bancos de arena.
—Capitán, debemos virar en redondo —la voz de Crow llegó cargada con la aspereza rancia del tabaco de Virginia, plantándose a mi flanco con los brazos cruzados sobre su jubón muescado—.
Si metemos el timón a babor, podemos buscar refugio en los manglares de la costa de aguas poco profundas.
Su calado los detendrá antes de que toquen el fango.
Estudie la línea de costa, el color cambiante del agua y la posición exacta de la fragata antes de rechazar la propuesta con un desdén de piedra. El intendente operaba bajo el pánico del esclavo, no bajo la lógica del estratega.
—La marea está descendiendo tres cuartas por hora, Crow —respondí, mi voz saliendo en esa gravedad que no admitía réplicas de la marinería—.
La entrada del manglar quedará bloqueada por bancos de fango antes de que la corbeta pueda cruzar la primera rompiente.
Si viramos ahora, perderemos la arrancada, ofreceremos nuestra popa limpia a sus piezas de caza y nos convertirán en astillas sin necesidad de desgastar su lona.
Huir ya no es una opción; debemos incapacitar su aparejo para abrirnos un camino antes de quedar atrapados contra la piedra.
Giré la cabeza hacia la cubierta inferior.
Mis ojos, traidores a mi propia disciplina, esquivaron a los artilleros y bajaron rectos hacia la rejilla de la escotilla de proa.
Allí, a medio camino entre la penumbra de la bodega baja y el resplandor de cobre de la cubierta, estaba Julian Vance.
El erudito andrajoso observaba los preparativos con los dedos largos aferrados al marco de madera, sus ojos grises reflejando el destello anaranjado del crepúsculo.
Sentí un latigazo en el esternón que nada tenía que ver con el peligro de la Armada.
Durante un segundo, una vanidad absurda me recorrió la sangre: deseaba que ese hombre de ciencia comprendiera que mi mando no se basaba únicamente en la brutalidad de un alfanje o en el látigo del castigo, sino en un cálculo tan riguroso, disciplinado y geométrico como las fórmulas de tiza que él trazaba en la sentina.
Quería su admiración.
Quería que el Lord viera cómo el monstruo domaba el océano. Pero reprimí el impulso con brusquedad, enterrando el deseo bajo la máscara de hierro del mando: la vida de toda mi tripulación y la del propio alquimista dependían de que mi estrategia fuera exacta, no de mi necesidad de su mirada.
—¡Velasco! —rugí, volviéndome hacia el contramaestre—.
¡Ordenad que cubran con el primer lote de brea incombustible las amuras de estribor y las zonas más vulnerables de la cubierta de cintura!
¡Traed los cubos de arena de los imbornales y retirad todo material inflamable de las baterías inferiores!
Los artilleros me miraron de hito en hito, pero la firmeza de mi voz los puso en movimiento en un parpadeo.
Arrastraban las palanquetas por las tablas, las cureñas de bronce rechinaban sobre sus ruedas de pino y el aire comenzó a saturarse con el aroma espeso del cáñamo húmedo, la pólvora preparada y el olor acre de la resina que Julian había sintetizado.
—¡Cargad las piezas de caza de proa con doble palanqueta!
—ordené al timonel auxiliar, colocándome junto a los radios de roble del timón—.
No busquéis perforar su casco; no tenemos el calibre para hundir un navío de ese porte.
¡Arrancadle las alas! ¡Abonad sus jarcias con nuestro hierro para que pierdan el gobierno del viento!
A lo lejos, el buque de la Corona abrió sus portas de estribor con un crujido sordo que viajó por el agua.
El humo blanco de sus primeras piezas de caza brotó de su costado, mezclándose con la niebla sobre el arrecife.
Dos proyectiles sólidos silbaron sobre nuestras cabezas con un aullido de muerte, levantando columnas de agua helada que salpicaron la regala del alcázar.
Desenvainé mi pesado alfanje, alzándolo hacia el cielo de cobre en un movimiento que concentró la fijeza de mis cincuenta lobos de mar.
—¡Zafarrancho de combate! —rugí, y mi voz fue el trueno que rompió el hechizo del miedo en la cubierta—. ¡Apuntad a la jarcia y abridnos un camino hacia mar abierto!
Los artilleros acercaron las mechas encendidas a los fogones de las piezas de popa, y el primer cañón de la corbeta truena bajo mis pies, haciéndome vibrar el maderamen hasta la quilla.