CAPÍTULO 15 LA ANATOMÍA DEL MONSTRUO
La noche avanzaba con la lentitud agónica de un buque encallado en un banco de fango.
Permanecía de pie junto a la pesada mesa de roble del camarote de popa, sosteniendo una jarra de peltre cuyo peso parecía aumentar con cada inclinación lánguida de la corbeta.
Mis grillos de hierro, que Robert me había obligado a conservar en los tobillos a pesar de liberarme las manos para la destilación, emitían un tintineo rítmico y delatador con cada leve movimiento de mis piernas, un recordatorio constante de mi condición de cautivo en este santuario de madera crujiente.
Mi tarea era mi castigo: servir el jerez al capitán en un silencio absoluto, reconociendo el calado de su soberanía sobre la cubierta.
El habitáculo estaba sumido en una intimidad asfixiante y una quietud tensa, apenas alterada por el quinqué de aceite que oscilaba perezosamente desde el bao central.
La llama vacilante proyectaba sombras largas y distorsionadas de las maderas del casco sobre los mamparos de caoba, estirando nuestras siluetas como fantasmas que se disputaran el control del aire.
Olía a ron añejo, al estofado salado de las raciones de la marinería y a ese perfume sutil de sándalo y tabaco de Virginia caro que emanaba de las ropas del capitán, un aroma que se me instalaba en los pulmones y me nublaba el juicio.
Observaba minuciosamente a Robert desde la penumbra de su costado.
El capitán vestía una camisa de lino blanco, cuyos hilos del cuello permanecían entreabiertos de forma descuidada, exponiendo la anchura imponente de sus hombros bronceados y la muesca violácea de la cicatriz del Almirantazgo que le recorría la base de la garganta.
Sus modales al comer eran pausados, rituales y de una finura técnica que chocaba frontalmente con la brutalidad salvaje que desplegaba ante su jauría de lobos en la cubierta de cintura.
No había la voracidad animal que uno esperaría de un proscrito del mar; manejaba el cuchillo con la soltura de quien ha frecuentado salones donde el acero sirve para la etiqueta y no para la carnicería.
El odio visceral que me había sostenido desde mi captura en la playa empezó a mutar, transformándose en una curiosidad punzante y peligrosa que mi mente racional se negaba a clasificar.
La máscara de monstruo desalmado que los bandos de la Corona describían se estaba agrietando ante mis ojos, revelando la anatomía de un hombre que guardaba un orden contradictorio en su propio exilio.
Robert dejó la copa de peltre sobre la madera barnizada con un golpe seco, interrumpiendo el murmullo sordo del mar contra el espejo de popa. No me miró directamente, pero vi cómo los músculos de su mandíbula se tensaban bajo la luz ámbar de la vela.
—In mari via tua, et semitae tuae in aquis multis —pronunció, y su voz fue un susurro ronco, una vibración profunda que me golpeó directamente en el esternón.
Me congelé en el acto, con la jarra de peltre suspendida en el aire y las pupilas dilatadas por la sorpresa.
El latín de Virgilio, la lírica de los antiguos que yo había estudiado en los palacios de hilo de la Corte, brotaba de los labios de un pirata con la cadencia de una educación formal refinada.
Comprendí, con un vuelco violento en el estómago, que el bárbaro poseía un pasado que compartía las mismas raíces que mi propia estirpe, una deuda de honor que el mar había decidido cobrarle mediante la proscripción.
—Et vestigia tua non cognoscentur —respondí, olvidando por completo mi castigo de silencio impuesto, mi orgullo aristocrático empujándome a completar la cita antes de que mi juicio pudiera frenar mi lengua.
Di un paso adelante para encararlo, queriendo perforar el hielo de su fachada, pero el mar decidió que ya habíamos jugado suficiente en la penumbra.
Una racha brusca y repentina golpeó la aleta de estribor de El Crisol, haciendo que la corbeta diera un bandazo violento por la marejada baja.
El suelo de caoba se inclinó en un ángulo suicida, los tinteros y las cartas náuticas rodaron por la mesa y yo perdí el equilibrio por completo, mis pies descalzos resbalando sobre las tablas barnizadas.
Caí directamente sobre su regazo.
El impacto me cortó el aliento. Para evitar el golpe contra la madera de la silla, mis manos buscaron un asidero instintivo y terminaron apoyadas directamente sobre su pecho desnudo, allí donde el lino entreabierto dejaba al descubierto la firmeza de sus músculos y el calor abrasador de su piel.
Nuestras sombras entrelazadas se proyectaron gigantescas en el techo del camarote, moviéndose al son del quinqué oscilante.
Nos quedamos congelados, los rostros a escasos centímetros de distancia, tan próximos que pude sentir el ritmo errático y desbocado de su corazón martilleando bajo mis palmas.
La proximidad involuntaria de su cuerpo caliente y el descubrimiento de su intelecto destruyeron los últimos prejuicios de clase que me protegían.
En nuestras miradas se leyó una descarga erótica de alta intensidad, un deseo reprimido que se negaba a apagarse en mitad de la quietud tensa de la cabina.
Ninguno de los dos verbalizó la descarga de electricidad estática que el contacto de mis dedos sobre su carne limpia había desatado, pero el silencio posterior era una línea de fuego que amenazaba con reducir a cenizas las amarras del mando.
Robert no me apartó de un empellón, ni sus dedos callosos buscaron el pomo de su alfanje.
Se limitó a sostener mi cuerpo menudo contra el suyo, su respiración agitada golpeando mis labios con el aroma espeso del jerez y el tabaco, fijos los dos en un pacto de sangre mudo del que ninguno sabía cómo escapar.