CAPÍTULO 7 EL PULSO DEL ROBLE Y EL FUEGO LÍQUIDO
El amanecer tiñe el Caribe de un verde bilioso, un color enfermo y espeso que trepa desde el horizonte como una advertencia de carnicería.
Apoyé las botas claveteadas sobre la madera resbaladiza del alcázar de popa, sintiendo la vibración violenta que recorría el esqueleto de El Crisol.
Una balandra de caza de la Armada Real, ágil como un galgo y erizada de piezas de diez libras, había emergido de los manglares de sotavento, cortándonos el paso hacia el canal profundo.
El primer cañonazo de su batería de proa rasgó el aire con un silbido agudo, levantando un penacho de agua blanca a escasos cables de nuestra amura de estribor.
—¡Velasco, mantened la facha en las vergas de juanete! —rugí, barriendo la cubierta con una mirada que no admitía réplicas. Mi contramaestre corrió hacia las drizas mientras los hombres se amontonaban en las bandas con los sables cortos desenvainados.
La escaramuza menor nos obligaba a una maniobra extrema entre rompientes. Aparté al timonel de un empellón y aferré la rueda del timón con mis propias manos, manchadas con el hollín graso de la pólvora vieja de la guardia anterior.
Al cerrar los dedos sobre los radios de roble, una descarga de pura adrenalina me recorrió los antebrazos, tensando la vieja herida de mi costado.
Sentí el peso monstruoso de las seis toneladas de madera luchando contra la corriente de resaca; el timón vibraba, un animal salvaje intentando zafarse de mi control, mientras la corbeta escora peligrosamente hacia babor, tanto que los imbornales empezaron a tragar espuma blanca.
—¡No vais a ganar este canal por la fuerza, Stone! —la réplica llegó desde la escala, interrumpiendo el estruendo sordo del oleaje rompiendo contra el arrecife.
Giré la cabeza un palmo, mis ojos entornados por la rociada helada.
Julian Vance acababa de subir a cubierta, obligado por el zafarrancho de combate que sacudía las bodegas.
Tenía el rostro pálido, lavado por la luz cruda y blanca de la mañana, y sus ropas andrajosas se pegaban a su cuerpo menudo por el agua pulverizada.
Se aferraba con una desesperación rígida a un cabo grueso del trinquete, pero sus ojos grises —esos pozos de hielo que solían desafiarme en la sentina— no miraban la balandra enemiga.
Estaban fijos en mi espalda. Observaba cómo los músculos de mis hombros se contraían bajo la presión, cómo las venas se marcaban como cuerdas bajo mi piel bronceada mientras domaba la madera con pura fuerza animal.
Sostuve su fijeza y sentí un latigazo en el esternón que nada tenía que ver con el peligro de encallar.
No buscaba el oro de la Corona en esta escaramuza; buscaba la admiración en su mirada.
Quería demostrarle a este erudito de salón que su ciencia de biblioteca, sus manuales de logaritmos y sus probetas de peltre no servían de nada cuando el roble gritaba ante la marea y los colmillos de coral acechaban a ras de la quilla.
Quería que viera al monstruo en su elemento.
—¿Os asusta el ruido de la realidad, alquimista? —le grité, mi voz bajando a un susurro ronco que el silbido de las jarcias apenas logró arrastrar—. ¡Apretad ese cabo si no queréis conocer el fondo del canal antes de que estabilicéis vuestra brea!
Julian apretó los dientes, su mandíbula se tensó con una rigidez que delataba un respeto técnico herido en su propia arrogancia académica.
Sus dedos largos se crisparon sobre el cáñamo húmedo, rehusando apartar los ojos de mis antebrazos en tensión, atrapado por una fascinación forzada que su mente racional se negaba a aceptar.
—¡Mida el ángulo de aproximación, capitán! —respondió Julian, su voz saliendo con un filo gélido que cortó el aire saturado de resina caliente y humo de las piezas de popa—. ¡La corriente de resaca está disminuyendo la profundidad! ¡Vais a abrir el casco si no orzáis tres cuartas ahora mismo!
—¡En esta cubierta no hay ángulos, Vance, solo voluntad! —rugí, ignorando el dolor punzante de mis costillas magulladas mientras metía todo el peso de mi cuerpo en la rueda, obligando a El Crisol a girar sobre su propio eje en una maniobra suicida.
El maderamen soltó un lamento estructural, un crujido sordo que pareció detener el tiempo.
El aire olía a pólvora quemada y a la resina que subía de las amuras recalentadas por la fricción.
La luz blanca del sol hacía brillar el bronce de los cañones mojados por la marejada, reflejándose en las pupilas dilatadas del erudito.
Pasamos a escasos cables de una roca negra y afilada que amenazaba con abrir el vientre del barco de proa a popa; el siseo del agua rompiendo contra la piedra pasó tan cerca que salpicó de espanto el lino roto de su camisa.
En mitad de esa rociada helada, con el navío enderezando el rumbo por puro milagro geométrico, me giré hacia él. Le clavé una sonrisa salvaje, una mueca lobuna que buscaba arrancarle el asombro y quebrar la última defensa de su orgullo aristocrático.
Justo a nuestra popa, un estruendo monumental sepultó el graznido de las fragatas.
La balandra real, intentando imitar nuestra estela sin la ligereza de nuestro calado, impactó de lleno contra el arrecife oculto. Su palo de trinquete se vino abajo en una nube de lona rota y astillas, quedando varada en el fango mientras El Crisol salía limpia hacia aguas profundas.
Julian se quedó petrificado, mirándome a través de la humareda flotante con la respiración entrecortada y el pecho subiendo y bajando en sintonía con el mío, reconociendo en silencio que el bárbaro acababa de reescribir sus manuales de náutica con un golpe de timón.