CAPÍTULO 6 EL SECRETO EN LA PROBETA DE PELTRE
Mantenía los brazos cruzados sobre el pecho, hundido en la penumbra de mi sillón de caoba con la espalda rígida y la paciencia reducida a un hilo tan tenso como los obenques de barlovento.
Desde mi posición, observaba trabajar al erudito andrajoso bajo la luz vacilante del candil de aceite.
El viento del norte estaba arreciando; lo sentía en la forma en que el casco de El Crisol se quejaba al cortar el oleaje y en la velocidad creciente con la que la corbeta devoraba las leguas.
Tenía la daga envainada al cinto, pero mis dedos tamborileaban de forma intermitente sobre el puño de cuero, conteniendo un impulso que no tenía nada que ver con la disciplina naval.
Julian se movía en el centro de mi camarote con una parsimonia quirúrgica que me resultaba casi hipnótica.
Sus dedos largos, manchados por la tiza blanca y el hollín del brasero, manipulaban los matraces y el quinqué con un pulso de acero que desafiaba el balanceo violento del barco.
El habitáculo exhalaba el aroma acre del mercurio calentándose, un vaho metálico que se mezclaba con el olor dulce de la cera de abejas consumida y el tabaco de Virginia de mis pipas.
—Si la temperatura de la resina asciende un solo grado más, el azufre precipitará en el fondo del peltre —murmuró Julian sin levantar la vista, ajustando la mecha del quinqué con una uña limpia.
Lo observé en silencio, sintiendo el calor espeso del camarote pegárseme a la piel del torso desnudo.
Este "ratón de biblioteca", este aristócrata que hace unos días temblaba en la arena de la playa, se había convertido en mi ancla mental a bordo.
No podía apartar los ojos de la finura de su cuello pálido, expuesto bajo los jirones de su casaca de seda rota.
Una furia sorda, mezclada con un terror visceral que me atenazaba las entrañas, me recorría el cuerpo cada vez que pensaba en la tripulación que murmuraba arriba.
Sabía que si cedía al deseo de acortar la distancia y besar esos labios manchados de yeso, perdería la compostura de mando frente a mis lobos de mar.
En la piratería, un capitán que se ablanda por un cautivo es un capitán que amanece flotando boca abajo.
—La corbeta tiene buena arrancada —dije, mi voz saliendo como un susurro ronco que cortó el crujido seco del timón luchando contra la marea.
El aire gélido de la tormenta inminente empezaba ya a filtrarse por las claraboyas abiertas—.
Mis artilleros dicen que vuestro compuesto es solo agua sucia, alquimista.
Julian detuvo la plumilla de tiza con la que anotaba las proporciones en el margen de la mesa de caoba.
Se giró despacio, sosteniendo mi mirada con esos ojos grises que se negaban a doblarse ante mi tamaño o mis marcas de látigo. Había una terquedad tan pura en su fijeza que sentí un latigazo en el esternón.
—Vuestros artilleros entienden de pólvora y brutalidad, capitán Stone, no de la estructura de la materia —replicó, dando un paso hacia el brasero donde el mercurio despedía sus últimos vapores—.
Si queréis que este barco sobreviva a los estandartes que nos persiguen, tendréis que aprender a confiar en lo que no podéis romper con un alfanje.
Una racha brusca y repentina golpeó el costado de babor de El Crisol.
El navío escoró de forma violenta, una guiñada que hizo que los tinteros y las probetas rodaran por la madera barnizada.
Julian perdió el pie por el bandazo, trastabillando hacia atrás con los brazos extendidos mientras el recipiente de peltre caliente amenazaba con volcarse y hacer estallar la mezcla química sobre el suelo.
Salté de mi sillón de caoba con la agilidad de un felino que detecta la caída de su presa. Crucé el espacio mínimo en un parpadeo y le atrapé por la cintura justo antes de que su espalda golpeara el mamparo y la probeta tocara las tablas.
Nos quedamos congelados en el centro mismo del camarote.
El quinqué colgado del bao osciló de forma violenta, proyectando ráfagas de luz y sombras monstruosas que daban bandazos contra las paredes de roble.
Tenía mi mano derecha firmemente ceñida a su cintura estrecha, sintiendo el calor húmedo de su lino roto a través de mis palmas desnudas, mientras su respiración agitada y errática golpeaba directamente contra mi pecho herido.
Nuestros rostros quedaron a escasos centímetros, tan próximos que el olor a sal, azufre y la proximidad involuntaria de su piel me nublaron el juicio por completo.
Julian permaneció rígido en mis brazos, con los dedos crispados sobre mis hombros curtidos, peleando con la mirada lo que su cuerpo empapado en sudor empezaba a aceptar en el silencio espeso de la cabina.
El pulso me golpeaba las sienes con la fuerza de una marejada.
Iba a inclinarme, rompiendo la última pulgada de decencia que nos separaba, cuando un grito desgarrado bajó desde la cubierta superior, quebrando la electricidad estática del habitáculo.
—¡Velas reales por el cuarto de estribor! —rugió el vigía desde la cofa de trinquete—. ¡Fragata de la Corona saliendo de la bruma!
El estruendo lejano de una pieza de caza enemiga rasgó la quietud de la tarde, y el eco del cañonazo hizo vibrar los cristales de popa del camarote.