CAPÍTULO 5 FÓRMULAS CONTRA CICATRICES
Los dos guardias me escoltaban por el pasillo inferior con una brusquedad que hacía crujir mis articulaciones, hincando las puntas de sus chuzos de abordaje entre mis omóplatos cada vez que el barco escoraba por la marejada.
Mis dedos, entumecidos y agrietados por el roce del carbón y el ácido del taller bajo, temblaban de forma espasmódica, incapaces de hallar descanso tras las horas de confinamiento.
Tenía los jirones de mi casaca de seda impregnados de hollín y el hedor del azufre pegado a la garganta como una costra seca.
Al detenernos frente a la puerta de caoba tallada del camarote de popa, uno de los marineros empujó el batiente, lanzándome hacia el interior antes de echar el cerrojo exterior con un lamento metálico.
El espacio me recibió con una luz dorada, oblicua y crepuscular que se filtraba por los grandes ventanales de popa, inundando el habitáculo de una melancolía que me obligó a entornar los ojos.
El camarote del capitán era un santuario de orden contradictorio.
Olía a cera de abejas, tabaco de Virginia caro y al aroma metálico del acero limpio que parecía seguir a Robert Stone a todas partes.
Estantes repletos de libros encuadernados en cuero compartían espacio con sables muescados y cartas náuticas oficiales emborronadas con anotaciones a lápiz.
Me quedé inmóvil cerca del trancanil, sintiendo el rugido suave del mar golpeando contra el espejo de popa.
En el fondo de la estancia, dándome la espalda, se encontraba el capitán.
Se estaba cambiando la camisa de lino, con los brazos suspendidos en el aire mientras la tela se deslizaba por sus hombros anchos.
La visión me congeló la sangre en las venas.
Su espalda desnuda, expuesta a la claridad cruda del atardecer, no era la piel de un bárbaro común; era un testamento de crueldad burocrática.
Cruzando la musculatura potente de sus omóplatos se extendían surcos blancos y paralelos, queloides gruesos e inconfundibles que se entrelazaban como una red de dolor antiguo.
Eran marcas de azote de la Armada Real. Reconocí el ángulo de incidencia y el grosor de las líneas: el castigo disciplinario metódico con el que el Imperio silenciaba a los suyos.
Toda la estructura moral de mi vida en la Corte se agrietó ante la evidencia médica de esa piel. El hombre que me retenía, el depredador que asolaba las marismas, había sido una vez un oficial quebrado por el mismo Rey al que yo servía.
El desprecio que me sostenía mutó en una empatía punzante, un vuelco en el estómago que me nubló el pensamiento.
—¿Habéis terminado de pasar revista, Lord Vance? —la voz de Stone llegó como un susurro gutural, rasgando la quietud del camarote.
Se giró bruscamente al notar mi fijeza. No se abrochó la camisa de lino, dejando que la tela abierta revelara la anchura de su pecho bronceado y la cicatriz diagonal que le cruzaba el esternón.
Avanzó hacia mí con pasos que no hacían ruido, eliminando la distancia con una velocidad felina que me obligó a tensar los músculos del cuello para no retroceder.
El calor que emanaba de su cuerpo y el perfume espeso a brea y sal me abrumaron los sentidos, acorralándome contra el mamparo de madera.
En un movimiento instantáneo, que apenas fue un borrón de plata bajo la luz ámbar, su mano derecha desenvainó una daga toledana y apoyó la punta fría exactamente en el centro de mi pecho, justo sobre el lino roto de mi jubón.
—Es de mala educación observar las marcas de un hombre sin su permiso —siseó Robert, inclinándose hasta que sus ojos oscuros quedaron a escasos centímetros de los míos. Su respiración, agitada por una tensión latente, me rozó los labios.
—Vuestra merced adolece de modales cortesanos si cree que el acero es la única forma de iniciar una conversación —respondí. Mis dedos se cerraron sobre el paño de mi casaca, rehusando bajar la vista hacia el filo que me tocaba la carne.
—En esta cubierta no hay cortesanos, erudito —Robert presionó la daga un milímetro, lo suficiente para que el frío del metal me traspasara la ropa—.
Hay hombres que sobreviven y hombres que mueren por mirar demasiado donde no deben.
¿Qué veis en mi piel que os hace perder la elocuencia?
¿Acaso buscáis una fórmula para borrar el pasado?
—Veo la disciplina de Su Majestad —repliqué, sosteniendo el envite de su mirada gris ceniza con toda la altivez de mi estirpe—.
Esas marcas fueron hechas con un gato de nueve colas de la Armada.
Conozco el reglamento de disciplina de los navíos de línea.
Os juzgaron, capitán. Os rompieron el honor antes de que decidierais convertiros en este monstruo de mar.
El silencio que siguió cayó entre nosotros como una barra de hierro fundido.
Robert se quedó petrificado, con los músculos del pecho palpitando bajo la luz dorada y la mandíbula tan rígida que pareció tallada en piedra.
Pude sentir la descarga de electricidad estática que vibraba en el espacio mínimo que nos separaba; una línea de fuego que ninguno de los dos verbalizaba, pero que volvía el aire del camarote irrespirable.
Su fijeza desarmada revelaba que había tocado el centro de su pesadilla, y su proximidad involuntaria me provocaba una agitación que mi mente racional se negaba a clasificar.
—Cuidado, Vance —susurró él, y su voz bajó una octava, volviéndose una caricia mortal que me rozó la sien—. Los hombres que saben leer los mapas de mi espalda suelen acabar con los pulmones llenos de agua salada antes de que el sol termine de esconderse.
—Entonces tendréis que buscar a otro que os estabilice la brea, Robert —dije, usando su nombre de pila por primera vez, un desafío directo que hizo que la punta de su daga vacilara contra mi pecho.
Nuestras respiraciones se unieron en un solo compás errático en mitad de la penumbra dorada, fijos los dos en un pulso de voluntades que el crujido del timón exterior parecía bendecir desde el abismo.