El alquimista de la sentina (Corazones bajo bandera negra nº 11) CAPÍTULO 4 EL PRECIO DE UN BARRIL DE BREA
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CAPÍTULO 4 EL PRECIO DE UN BARRIL DE BREA

El aire en el taller improvisado de la bodega baja era una masa sólida de opresión húmeda y peligro químico contenido.

Descendí los peldaños de la escala de madera con lentitud deliberada, sintiendo cómo el vaho caliente de la resina de pino y el azufre se me pegaba al torso desnudo como una mortaja invisible.

El habitáculo, separado del fango de la sentina por un grueso mamparo de roble, exhalaba el aroma denso del carbón húmedo y el aceite quemado del quinqué que colgaba de un bao.

Con cada balanceo de la corbeta, los frascos y recipientes de vidrio que Diego había recuperado del laboratorio costero emitían un tintineo sutil, obligando al prisionero a sujetarlos mediante cuerdas y pequeños soportes de madera.

Me detuve en la penumbra. Julian Vance seguía encerrado en aquel espacio estrecho próximo a la sentina, con las muñecas sujetas por unos grilletes que apenas le permitían moverse.

Tenía la casaca de seda rota colgada en jirones sobre sus hombros, pero la rectitud de su espalda revelaba una terquedad inquebrantable.

Sus dedos largos, teñidos de yeso blanco, acababan de trazar un enjambre de anotaciones científicas sobre las cuadernas oscuras del barco.

—Vuestros hombres adolecen de delicadeza, capitán Stone —murmuró Julian sin volverse—. Han traído los minerales mezclados con arena de la playa.

—Mis hombres son lobos de mar, erudito, no boticarios de la corte —respondí, dándole un paso al frente hasta arrinconarlo contra la viga maestra—.

He examinado los restos de vuestro laboratorio.

Exijo saber si sois capaz de reproducir la brea incombustible sin vuestro diario de reactivos.

La flota real nos pisa los talones y no tengo tiempo para lamentos aristocráticos.

Julian se giró lentamente, encarándome. Sus ojos grises, lavados por la luz amarillenta del farol, sostuvieron mi mirada con un orgullo que me revolvió las entrañas. No había rastro del noble suplicante; era un hielo inquebrantable que desafiaba mi volumen y mis cicatrices.

—Conservo cada proporción y cada paso de la síntesis en mi memoria —declaró, alzando la barbilla con una insolencia académica que me hizo apretar los puños—.

Pero mi cerebro no puede trabajar en estas condiciones de inmundicia.

Si queréis que vuestro casco resista las balas de palanqueta enemigas, tendréis que tratarme como a un científico, no como a un bulto de carga.

Sentí una punzada de irritación, una furia gélida ante la osadía de un cautivo que pretendía dictar condiciones en mi propio barco.

Sin embargo, bajo la rabia, una curiosidad física incómoda empezó a enroscarse en mi pecho al observar la firmeza de su cuello expuesto.

Comprendía, con la frialdad del estratega, que la supervivencia de El Crisol dependía exclusivamente de los secretos que respiraban en su cabeza.

—Hablad, entonces —masqué, apoyando una mano sobre el pomo de mi alfanje—. ¿Qué necesita vuestra excelencia para no hacerme perder el tiempo?

—Una mesa perfectamente estable, carbón seco de encina, agua dulce purificada y recipientes de vidrio limpios —enumeró Julian con una frialdad quirúrgica, señalando los botes amarrados—.

Un brasero controlado para la destilación, resina de pino pura, azufre mineral y las sales que vuestros hombres arrojaron en el muelle.

Y fundamentalmente... —extendió las manos, haciendo que las cadenas de hierro emitieran un quejido metálico—, exijo que me retiréis los grilletes de las muñecas.

Es matemáticamente imposible manipular sustancias volátiles y reactivos ácidos con las manos encadenadas.

Un solo temblor involuntario y el fuego consumirá esta bodega antes de que vuestros artilleros puedan parpadear.

Apreté los dientes, sopesando sus palabras en mitad del silencio espeso de la bodega. Su exigencia de autonomía me resultaba un insulto, pero el peligro químico era real.

—Diego —llamé hacia la escala, sin apartar los ojos del erudito—. Traed a dos marineros. Acondicionad esta sección seca como taller provisional. Traed el carbón de la cocina y limpiad la mesa de pino.

—¿Vais a soltarlo, capitán? —gruñó el contramaestre desde las sombras superiores.

—Retirad los grilletes de las muñecas —ordené, mi voz bajando a una octava mortal—.

Pero extended una cadena larga de hierro al tobillo, amarrada al perno del mamparo.

Y colocad un centinela armado con un chuzo en el pasillo.

El alquimista trabajará libre de manos, pero no dará un solo paso fuera de este taller sin mi permiso explícito.

Horas más tarde, cuando el sol ya se había hundido en el horizonte y el crujido constante del casco recordaba que el tiempo se agotaba, regresé al taller provisional. La luz amarillenta del quinqué proyectaba sombras alargadas de las maderas sobre las cuadernas cubiertas de tiza.

Encontré a Julian inclinado sobre la mesa de pino, clasificando los materiales con una concentración absoluta que parecía aislarlo del balanceo de la corbeta.

Me acerqué con paso felino, atraído por el sutil siseo del brasero. Al llegar a su costado, alargué la mano y tomé un pequeño frasco de vidrio que contenía una solución densa y amarillenta, con la intención de examinar su consistencia bajo la luz.

Antes de que pudiera retirar el tapón de corcho, Julian se interpuso. Sus dedos largos y finos se cerraron sobre el vidrio, arrebatándome el recipiente de las manos con una rapidez y una firmeza que me dejaron petrificado.

—No lo toquéis —sentenció, apartando el frasco y colocándolo detrás de su espalda con un desdén aristocrático—.

La grasa, el salitre y la brea de vuestras manos manchadas de ron contaminarán la mezcla.

Una sola variación en la pureza de los reactivos y destruiréis semanas de destilación.

Dejad los materiales en paz si queréis que este compuesto sirva de algo.

Un latigazo de furia me recorrió la nuca.

El impulso animal de castigar su insolencia, de estampar su cuerpo menudo contra el roble del mamparo para recordarle quién era el dueño del acero, me tensó cada músculo del pecho.

Me incliné sobre la mesa de pino, clavando mis manos a ambos lados de su cuerpo, cercándolo en el espacio mínimo de mi sombra.

El calor que emanaba de su lino roto me golpeó el rostro, y en la proximidad involuntaria del taller, la descarga de electricidad estática se volvió combustible puro.

Lo detestaba por su altivez, pero la firmeza de su mirada gris me provocaba una fascinación incipiente que me costaba un mundo acallar con brusquedad.

—Medid vuestras palabras, Lord Vance —susurré, mi aliento rozando sus labios manchados de tiza—. La paciencia de un pirata es mucho más corta que vuestras tablas de logaritmos. Exijo una respuesta clara: ¿cuánto tiempo necesitáis para estabilizar la brea?

Julian no retrocedió ni un palmo, aunque pude notar el pulso acelerado bailando en la base de su cuello pálido. Sostuvo mi envite con una calma desafiante que terminó por desarmar mi violencia física.

—La fórmula que vuestros hombres rescataron de los papeles del Almirantazgo está incompleta, capitán Stone —reveló, y una media sonrisa helada curvó sus labios—.

La proporción exacta del último compuesto, el estabilizante que impide que la resina estalle al calentarse, solo existe aquí —se señaló la frente con un dedo teñido de blanco—.

Podéis arrojarme por la borda cuando os plazca, o dejar que Crow me pase por el filo de su alfanje.

Pero vuestro barco arderá bajo el fuego enemigo antes de que mi cuerpo toque el agua.

La revelación cayó entre nosotros con el peso de una bala de cañón sólido.

Comprendí, con una amargura devastadora, que no podía torturarlo, ni romperlo, ni matarlo sin condenar también a El Crisol al abrazo del abismo.

La dependencia era mutua, una cadena invisible más fuerte que el hierro de su tobillo.

Me acerqué un milímetro más, sintiendo el aroma acre del azufre mezclado con el sándalo sutil de sus ropas andrajosas.

—Entonces procuréis que ninguno de los dos tenga que comprobarlo, alquimista —siseé, fijando mis ojos oscuros en los suyos—. Trabajad día y noche si es necesario. Porque si la fragata de la Corona nos alcanza antes de que esa brea cubra mi roble, me aseguraré de que compartamos el mismo infierno.

Me aparté bruscamente, recuperando mi máscara de hierro antes de que mis manos cedieran a la tentación de comprobar la textura de su piel pálida.

Salí del taller provisional hacia la escala, escuchando a mis espaldas el tintineo sutil de los vidrios volviendo a acomodarse con el balanceo del mar.