CAPÍTULO 3 EL SANTUARIO DE LAS RATAS Y EL FÓSFORO
La oscuridad en la bodega no era un vacío, sino una entidad física, densa y húmeda, que se me instalaba en los pulmones con el peso del plomo.
El aire apenas se movía en este vientre asfixiante de la corbeta, situado varios palmos por debajo de la línea de flotación, donde el agua de sentina —un fango salobre cargado de detritus, moho y despojos— me lamía las botas de cuero con una persistencia helada.
Con cada embate de la marea, el maderamen de El Crisol soltaba un quejido rítmico y sordo, una nota grave de roble sufriendo que vibraba directamente en mis costillas magulladas.
Me apoyé contra la curvatura de una cuaderna mojada, tragando saliva para contener las náuseas que el vaivén agónico del buque me provocaba en el estómago. Estaba aislado en la penumbra total, una negrura tan compacta que mis ojos ardían al intentar buscar un límite inexistente.
—No te rompas, Vance —susurré hacia la nada, y mi propia voz me sonó extraña, como el eco de un extraño sepultado vivo—. La lógica es un mapa; si puedes medir el entorno, sigues siendo el dueño de tu mente.
Era mi único mantra contra la claustrofobia.
Mi orgullo de erudito, pisoteado hacía apenas unas horas en la cubierta superior por la bota claveteada de aquel capitán bárbaro, era lo único que me separaba de la locura animal que este habitáculo apestoso pretendía inocularme.
El entorno exhalaba el rastro acre e insufrible de las ratas que correteaban entre los barriles de cecina salada, disputándose jirones de cáñamo viejo con chillidos agudos.
Tanteé el maderamen húmedo con mis manos entumecidas.
Al moverme, los grillos de hierro que me habían retirado al bajar dejaron un rastro de frío persistente en mis muñecas.
Mis dedos, acostumbrados al tacto delicado de la pluma de ganso y el papel de hilo, buscaron a ciegas entre los pliegues de un fardo de lona vieja y podrida que descansaba junto a un mamparo.
Mis uñas tropezaron con algo sólido, pequeño y de textura calcárea, seguido de un terrón de tacto arenoso y olor inconfundible.
Un trozo de tiza de sastre y un fragmento de azufre puro.
Un destello de lucidez analítica, más intenso que cualquier relámpago, me recorrió las sienes.
No era el azar; era la materia respondiendo a mi necesidad de orden.
Con una determinación febril, ignorando el dolor punzante de mi costado, me arrodillé en el fango de la sentina y aproximé la tiza al roble oscuro de la cuaderna maestra.
Comencé a trazar. Dibujé las cadenas moleculares de mi investigación, los enlaces químicos de los óxidos y los reactivos que el Almirantazgo pretendía poseer. Cada línea blanca que nacía de mi mano contra la madera mojada era un cabo de seguridad que me ataba al mundo de la civilización.
—Reduciendo el azufre... combinando la resina bajo esta presión —murmuré, mientras la punta de la tiza chirriaba rítmicamente contra la veta del roble—. La termodinámica no entiende de banderas proscritas. Es exacta. Es inmutable.
Me perdí en las fórmulas, utilizándolas como un escudo mental contra el olor a descomposición y el crujido del casco.
Ocultaba, con un celo casi religioso, que la proporción exacta del último compuesto —el reactivo final que Diego creía confiscado en mi diario chamuscado— residía intacta en mi memoria.
Ese era mi verdadero santuario, mi salvoconducto.
Un ruido seco cortó mi trance en seco. Arriba, el pasillo inferior vibró.
El eco rítmico de unas botas pesadas contra los peldaños de la escala rompió el murmullo de las ratas.
Me puse en pie de un salto, mi espalda irguiéndose de inmediato con una rigidez aristocrática mientras ocultaba la tiza en el puño cerrado.
La trampilla superior se abrió con un estrépito de goznes oxidados. Un hilo aceitoso de luz dorada cayó desde el pasillo, cortando la penumbra del habitáculo como la hoja de un alfanje.
Enmarcada por el resplandor ámbar de un quinqué de aceite, la silueta masiva del capitán Robert Stone quedó suspendida en la altura.
No bajó de inmediato. Se limitó a mirarme desde la trampilla, con su torso desnudo exhibiendo las marcas de su barbarie bajo los reflejos dorados de la llama.
Su sola presencia —ese perfume espeso a brea caliente y hostilidad latente— volvió a inundar el espacio, agudizando un juego de poder que me ponía el pulso a cien pulsaciones por minuto.
Me negué a encogerme en el suelo húmedo. Sostuve su mirada oscura desde la penumbra de mi celda, manteniendo la espalda recta y usando mis ojos grises como el único escudo aristocrático capaz de desafiar su brutalidad física.
—¿Habéis bajado a certificar vuestro lastre, capitán? —pregunté—. Porque me temo que las ratas ya han hecho el inventario por vos.
Stone torció la comisura de sus labios en una mueca lobuna, y el quinqué osciló perezosamente, proyectando la sombra de su cuerpo masivo sobre mis fórmulas de tiza.