CAPÍTULO 2 LA LEY DEL DEPREDADOR DE LAS MARISMAS
El viento del norte azotaba las jarcias superiores de El Crisol con un silbido agudo, constante, como el aviso sibilante de mil serpientes impacientes por la tormenta.
Me apoyé de espaldas contra la batayola de caoba del alcázar de popa, dejando que la brisa helada me limpiara las sienes del perfume denso a azufre y fango que todavía traía incrustado en la piel.
Desde la altura del puente de mando, contemplé la cubierta de cintura: mis hombres se movían en un zafarrancho metódico, estibando los barriles de pólvora y el exiguo botín de vasijas de peltre y resinas que habíamos arrancado de las ruinas humeantes del laboratorio costero.
El sol del Caribe, crudo y directo, golpeaba la madera impoluta de la corbeta, haciendo brillar el bronce de los cañones de caza de popa con un destello obsceno.
—El mar empieza a rizarse por barlovento, capitán —la voz de Crow, mi intendente, llegó cargada con la aspereza rancia del tabaco de Virginia—. Los vigías de la cofa dicen que la fragata de la flota real nos ha olido el rastro. Nos pisan los talones.
No me moví. Mantuve los brazos cruzados sobre el torso desnudo, sintiendo la tirantez de la vieja cicatriz diagonal que me cruzaba el pecho.
Mi mente, sin embargo, se había quedado anclada tres cubiertas más abajo, en la penumbra de la sentina, donde el agua estancada ya debía de estar lamiendo las botas de seda de aquel erudito.
Recordaba el tacto de su barbilla contra la punta de mi bota de cuero manchada de salitre; esperaba encontrar a un hidalgo suplicante, una dócil rata de la corte que llorara por su vida, y en su lugar me había topado con un témpano de hielo gris que se negaba a derretirse bajo mi peso.
Su insolencia aristocrática, esa mirada inquebrantable desprovista de sumisión, me había provocado un latigazo en las entrañas que mi orgullo se negaba a clasificar.
—El Crisol es rápida con esta marea, Crow —respondí, sin apartar la vista de los marineros que adujaban los cabos en la cubierta inferior—. Dejaremos que la flota real muerda la espuma de nuestra estela.
—No si seguimos cargando con bultos innecesarios —escupió Crow un salivazo negro sobre la regala, dando un paso hacia mí para buscar el respaldo de los artilleros que limpiaban las cureñas—.
Los hombres murmuran en la cocina de proa, Robert.
Ese prisionero andrajoso de la casaca rota no es más que un lastre para las raciones de galleta.
No tiene familia que vaya a pagar un solo doblón de rescate en La Tortuga.
Deberíamos pasarlo por el filo del alfanje antes de que oscurezca y no desperdiciar grog en una boca inútil.
Sentí una punzada de furia gélida, un fuego oscuro que me recorrió los antebrazos callosos.
La tripulación funcionaba bajo la democracia de la bandera negra, y un intendente con hambre de sangre era el primer paso hacia una cubierta roja.
Me aparté de la barandilla con una lentitud calculada, una elegancia depredadora que hizo que los artilleros detuvieran el roce de sus estopas.
—¿Llamáis lastre al único hombre que la Corona ha enviado al Caribe para sintetizar su brea incombustible? —pregunté, mi voz bajando a una octava mortal que cortó el murmullo del viento.
Me acerqué a la mesa de cartas del alcázar, donde Diego había arrojado los restos de los papeles quemados que sus hombres subieron del laboratorio. Había pergaminos carbonizados que se deshacían al tacto como ceniza de tabaco.
Revolví el montón de escombros con desdén simulado hasta que mis dedos tropezaron con un fragmento de papel de hilo grueso, chamuscado en los bordes pero con el sello de lacre encendido del Almirantazgo intacto en la esquina inferior.
Mis ojos recorrieron los caracteres manuscritos, las fórmulas inacabadas y las anotaciones técnicas de la brea.
Una descarga eléctrica me recorrió la nuca.
El "juguete" de ese científico, el secreto que guardaba celosamente entre sus jirones de seda, era la clave que andaba buscando desde hacía años.
Si conseguíamos estabilizar ese compuesto, el casco de El Crisol resistiría las balas de palanqueta incendiarias de los británicos sin prenderse.
Podríamos navegar donde otros barcos se convertían en piras flotantes.
—Mirad esto, Crow —le puse el papel chamuscado a escasos centímetros de su rostro curtido—. Leed si es que vuestros ojos de lobo recuerdan las letras. Este hombre no es un noble mimado; es nuestra invulnerabilidad en el agua.
—Los hombres no comen papel, capitán —replicó el intendente, endureciendo la mandíbula pero retrocediendo un palmo ante la fijeza de mis ojos—.
Y la marinería quiere ver sangre civilizada en los imbornales para creer que la suerte no se ha podrido.
Los artilleros dicen que vais a bajar a su celda a ablandaros con sus modales de seda.
La provocación estalló en el aire caliente de la corbeta.
El recuerdo de los dedos largos, finos y pálidos del erudito aferrándose a su cuaderno en la playa despertó en mí un hambre indómita, una necesidad violenta de quebrar su altivez y, al mismo tiempo, la certeza absoluta de que nadie más que yo dictaría el calado de su cautiverio.
En un movimiento instantáneo, que apenas fue un borrón de plata bajo la luz cruda de la tarde, mi pesado alfanje salió de la vaina.
El acero cortó el viento con un siseo limpio y se interpuso con un golpe seco, clavándose a presión en el marco de madera de la escotilla de proa, justo a un palmo del pecho de Crow.
El silencio que cayó sobre El Crisol fue tan denso que pareció detener la arrancada del buque. El intendente se quedó rígido, con el metal rozándole los botones de hueso de su chaleco y el aliento congelado en la garganta.
—El alquimista no se toca —dicté, y cada palabra mía fue un clavo de hierro metido en el roble del puente—.
Es mi propiedad personal. Quien baje a su celda sin mi permiso explícito, o quien se atreva a rozar un solo cabello de su cabeza para ahorrar galleta, probará el calado del barco desde la quilla con una estacha amarrada a los tobillos.
¿Ha quedado clara la ley de la corbeta, intendente?
Crow tragó saliva, mirando el acero muescado de mi arma y luego la fijeza desalmada de mi máscara de mando.
Sabía que cruzar esa línea significaba una duna de arena y dos pistolas al amanecer.
—Queda clara, capitán —masculló, dando un paso atrás mientras apartaba el cuerpo del filo.
—Entonces volved al zafarrancho y haced que los carpinteros refuercen los portalones de estribor —le ordené, arrancando el alfanje de la madera con un giro seco de la muñeca que me hizo marcar los tendones—.
Tenemos una fragata real en el horizonte y yo no pienso perder este barco por la impaciencia de mis artilleros.
Guardé el arma en el tahalí sin mirarlo.
Mi pulso estaba desbocado, pero no por la amenaza de motín de Crow.
Era el rastro de calor que el erudito había dejado en mi bota, el desafío gris de sus ojos que seguía ardiendo en el fondo de mi cabeza.
Había defendido su pellejo ante toda mi tripulación utilizando el pragmatismo militar como escudo, pero mientras miraba hacia la negrura de la escotilla de la sentina, supe que el verdadero incendio no venía de los cañones británicos que nos perseguían, sino del cautivo que acababa de convertir en mi prioridad absoluta.