El alquimista de la sentina (Corazones bajo bandera negra nº 11) CAPÍTULO 1 EL PERFUME DEL AZUFRE Y EL FANGO
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El alquimista de la sentina (Corazones bajo bandera negra nº 11)

El alquimista de la sentina (Corazones bajo bandera negra nº 11)

Por Montoya Velasco, Adrian

© inepub.com

CAPÍTULO 1 EL PERFUME DEL AZUFRE Y EL FANGO

El aire no era más que un aliento espeso de azufre, ceniza y madera de pino ardiendo.

Tosí con violencia, hundiendo la nariz en el paño chamuscado de mi manga de seda mientras el techo del laboratorio costero crujía sobre mi cabeza con el lamento sordo de una estructura a punto de desplomarse.

A mi alrededor, el fuego devoraba tres años de mi vida; las llamas lamían los matraces de destilación, haciendo estallar el vidrio soplado en una lluvia de esquirlas ardientes, mientras mis pergaminos —aquellas fórmulas exactas de la brea incombustible encargada por la Corona— se retorcían en el suelo, convertidos en jirones de carbón flotante.

—No... la proporción de los óxidos no puede perderse —masqué entre dientes, sintiendo el sabor amargo de la ceniza incrustado en mi lengua.

La lógica de toda mi existencia se reducía a ese instante de ruina.

Estaba de rodillas en el fango que se filtraba por las tablas del suelo, arrastrándome entre el humo espeso de la pólvora negra que entraba desde la playa.

Mis dedos, entumecidos por el pánico, se cerraron sobre el último diario de reactivos, el único cuaderno que contenía el secreto del compuesto final.

Si ese papel ardía, Julian Vance dejaría de tener valor para el Almirantazgo y, lo que era peor, para sí mismo. La indignación me quemaba las entrañas con más fuerza que las brasas del laboratorio: la chusma proscrita estaba destrozando el santuario de la ciencia.

Un estallido seco conmovió las cuadernas de la entrada.

De la humareda caribeña surgió una silueta colosal, un pirata de complexión masiva que apestaba a sudor rancio y brea caliente.

Antes de que pudiera ponerme en pie, sus manos mugrientas se cerraron sobre el cuello de mi casaca de seda, levantándome del suelo con una facilidad humillante.

—¡Soltadme, bárbaro! —exclamé, barriendo su rostro con una mirada cargada de desprecio aristocrático—. ¡Soy un funcionario de la Corona, no podéis—!

Un golpe brutal me cortó el aire. El culatazo de una tercerola de madera sólida me golpeó directamente en las costillas izquierdas.

El dolor fue un rayo blanco, gélido y fulminante que me vació los pulmones.

Caí de bruces sobre la arena húmeda de la playa, perdiendo el diario de reactivos, que resbaló de mis dedos hacia el fango costero.

—Camina, ratón de biblioteca —gruñó el gigante, arrastrándome por la arena mientras el sol caribeño, crepuscular y sangriento, se filtraba a través de la humareda del incendio.

Me arrojaron sin contemplaciones al fondo de una barca de desembarco.

El trayecto fue un agónico vaivén entre olas grises; el crujido del maderamen al recibir el impacto de la marea baja vibraba en mis costillas magulladas, provocándome náuseas que me obligaban a apretar los dientes.

Mi mente racional, educada en los salones y las academias, intentaba desesperadamente clasificar la violencia, buscar una variable que devolviera el orden al caos, pero el miedo era una constante que mis ecuaciones nunca habían incluido.

Oculté, bajo el desespero, el único triunfo que me quedaba: recordaba de memoria el reactivo final de la brea.

El diario que Diego pisoteaba era solo el cebo; la fórmula verdadera respiraba en mi cabeza, mi única moneda de cambio para asegurar la supervivencia.

Al tocar el costado de la corbeta rápida El Crisol, me izaron como a un saco de cecina salada.

Caí sobre la cubierta de cintura, donde la bruma del humo del Caribe empezó a disiparse perezosamente bajo una brisa gélida de la tarde.

Un silencio espeso cayó sobre la marinería.

Los hombres armados con chuzos se abrieron en un pasillo humano, dejando al descubierto una silueta imponente que recortaba el sol poniente.

Era el capitán Robert Stone.

Su sola visión me produjo un impacto biológico que mi razón se negó a catalogar.

Tenía el torso desnudo, bronceado y tallado con la rudeza del roble, exhibiendo cicatrices que narraban una barbarie que yo siempre había temido.

Olía a brea caliente, a sal pura y a una masculinidad salvaje, indómita, que encendió en mí un odio instantáneo.

Lo detestaba por su volumen, por la soberanía física con la que dominaba la madera, pero sobre todo porque mi mirada gris, por primera vez, vaciló al sostener la suya.

El capitán caminó hacia mí con la parsimonia de un depredador que examina los despojos de un naufragio. Se detuvo a un palmo de mis botas embarradas y, con una lentitud deliberada, alzó mi barbilla utilizando la punta de su bota de cuero manchada de salitre. La humillación me encendió la piel.

—¿Es este el gran alquimista de su Majestad? —preguntó Stone, su voz profunda, una vibración que sentí directamente en el esternón—. Parece carne blanda para un viaje tan largo.

—Mi linaje y mi rango exigen que sea tratado como—

—Ahorraos los títulos, Lord Vance —me interrumpió el capitán, y sus ojos oscuros se clavaron en los míos con una hostilidad gélida, desprovista de cualquier piedad—. En mi cubierta, vuestra seda solo sirve para limpiar los imbornales.

Se giró hacia el contramaestre sin retirar la presión de su bota, dictando mi sentencia con una indiferencia absoluta.

—Bajadlo a la sentina, donde pertenecen las ratas de laboratorio. Y aseguraos de que no muera antes de que me entregue lo que busco.