El alma que hablar puede con los ojos… Capítulo 13
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Capítulo 13

—T e hemos echado de menos, hija. —Mi madre me besa la mejilla y mi padre me abraza cuando llego a su casa para comer.

—Perdona, ayer se me olvidó avisar de que no vendría a cenar —me excuso.

—No te preocupes, ¿está todo bien? —papá me ofrece un vaso con agua fresca y asiento después de tomar un sorbo.

—He estado ocupada.

No le voy a decir que estuve toda la noche con Enzo en la cama, ni que he tenido que tomar tres cafés esta mañana para poder dejar de bostezar en el trabajo.

—¿Tienes alguna novedad de…? —Mira a ambos lados, como si estuviéramos hablando de un tema alto secreto— … bueno, ya sabes.

Contengo una carcajada, mi mano se posa en su hombro y asiento.

—Luego te cuento.

La cara de felicidad de mi padre no se paga con dinero y doy gracias por tenerlo en mi vida.

Comemos entre bromas y risas, ayudo a recoger la mesa y nos sentamos con el abuelo mientras tomamos café.

Algo de lo que leí en el diario de la abuela sigue sin tener sentido, así que me las ingenio para volver a sacar el tema con el abuelo sin que se dé cuenta.

—Entonces, ¿quién dices que te dijo a dónde se fue la abuela?

—Su hermana Felicidad, esa mujer no sabía callarse nada —responde el abuelo antes de darle un bocado a su galleta sin darse cuenta de que acaba de caer en la trampa.

Me he tirado un farol, como cuando jugamos al póquer, y he ganado la partida. He estado haciéndole preguntas durante un rato con la única intención de que baje la guardia y no se dé cuenta de lo que realmente quería saber.

La abuela escribió en su diario que él la buscó, pero el abuelo nos dijo que la encontró por casualidad.

Eso era lo que no cuadraba.

—Voy un momento al baño —digo poniéndome en pie. Mi padre y el abuelo siguen hablando y aprovecho mi visita al servicio para calmarme.

Al sentarme en el sofá de nuevo me bebo lo que me queda de café de un trago.

—Papá, ¿podrías ponerme un poco más de café, por favor?

Él no se lo piensa y se pone de pie, asintiendo. Agarra mi taza y se encamina a la cocina.

—Fuiste tú, ¿verdad?

Algo dentro de mí me dice que es así. Debo saberlo.

—¿El que, cielo? —él me sonríe de lado y contengo mis ganas de irme sin una respuesta.

—Tú le dijiste a la abuela que su novio la engaño. —No es una pregunta y el abuelo se da cuenta. La sorpresa cruza por su cara, para ser sustituida por la vergüenza y el remordimiento.

Y en ese momento descubro la verdad.

Daniel Vera, el abuelo de Enzo no la engañó, él nunca hizo nada en contra de Elsa.

Fue él. Mi abuelo. Le mintió para que ellos rompieran.

—¿Cómo pudiste hacer algo así? —Las lágrimas pugnan por salir pero las retengo—. Ella sufrió, abuelo. ¿Es que no te importo romperle el corazón? ¿Acaso te paraste a pensar en ella?

Mi abuelo se pone en pie con la mandíbula tensa y las manos cerradas en sendos puños a sus costados.

La rabia por verse descubierto, la tensión por no saber si se lo contaré a mis padres, el dolor por comprender el daño que causó… Todo eso cambia al entender por fin que su vida, su relación, su matrimonio y su familia se construyó sobre una mentira.

Lo veo sentarse en el sofá, derrotado. Sus manos comienzan a temblar sobre sus piernas y su cabeza gacha me impide ver su expresión pero las gruesas gotas que caen hacia su camiseta me dicen que está sufriendo.

—Lo siento —susurra al fin, justo cuando mi padre llega con mi taza llena.

—¿Qué pasa, Adrian? ¿estás bien? —Mi padre se agacha frente a él y posa una mano sobre la de mi abuelo.

Mi padre se asusta y me mira con la cara desencajada.

—¿Qué le pasa?

—Es culpa mía —admite el abuelo, sin darme tiempo a contestar—. Yo mentí a tu abuela, luego ella se fue. Lo pasé muy mal hasta que conseguí averiguar dónde estaba, luego solo tuve que hacerme el sorprendido cuando nos vimos e insistir un poco hasta que accedió a una cita.

Mi abuelo sigue con la cabeza gacha, pero lo escucho tomar una profunda bocanada de aire, como si soltar esas palabras lo hubiera liberado al fin de un peso que le oprimía el pecho.

—¿De qué está hablando? —Mi padre sigue sin entender nada.

—Cuando fuimos a la fuente descubrí que la novia del abuelo de Enzo era la abuela.

Los ojos de mi padre se abren al comprenderlo. El haberlo puesto al día casi a diario ayuda a que no tenga que explicarlo todo desde el principio, y a decir verdad, no sé si el abuelo aguantaría escucharlo todo de nuevo y revivir cada paso.

Mi padre mira al abuelo y a mí un par de veces. Luego se sienta al lado del abuelo y envuelve su mano con las suyas.

—Cometiste un error, eso solo te hace humano —le dice.

—Pero con eso la hice muy infeliz —musita el abuelo casi sin voz.

—Lo fue durante un tiempo, pero dime una cosa. ¿Contigo fue feliz?

El abuelo levanta por fin la mirada y sonríe.

—Mucho. Fuimos muy felices durante todos los años que compartimos.

Mi padre asiente en silencio.

—No voy a decirte que lo hiciste bien, porque no fue así. Pero quédate con que eso os llevó a tener muchos años felices, una hija estupenda y una nieta de la que sentirte orgulloso.

El abuelo abraza a mi padre y luego me mira en silencio por un instante.

—Te pido perdón —susurra envolviendo mis manos con las suyas.

Aprieto los labios y luego lo abrazo sin poder contenerme.

Lo hizo mal, hizo mucho daño a dos personas que se querían, pero no puedo obviar el hecho de que, si no lo hubiera hecho ni mamá ni yo estaríamos aquí.

¿Me convierte eso en una mala persona? ¿En alguien egoísta? No lo sé, la verdad. No creo que exista una respuesta correcta a esa pregunta.