Capítulo 12
A cabamos en mi casa. Su casco y el mío terminan en el sofá, junto con mi bolso y su mochila.
Nuestros labios solo se despegan lo justo para quitarnos la ropa. Siento sus manos por todo mi cuerpo y las mías acarician su piel con una urgencia que nunca había sentido.
Esto que estoy sintiendo es nuevo para mí. No es mi primera pareja sexual, pero sí es la primera vez que noto esta intensidad.
Es casi como si nuestros cuerpos se reconocieran, como si hubieran estado buscándose durante mucho tiempo y al fin se hubieran encontrado.
Cuando Enzo se introduce en mí la sensación es extraña y conocida a la vez.
Nuestros ojos conectan mientras vamos juntos hasta la cima y saltamos a la vez en una sensación que juro no olvidar nunca.
Cuando el clímax ha pasado, Enzo me abraza y cierro los ojos calmada y satisfecha. Siento su mano acariciando mi brazo y sus labios en mi hombro y cuello.
—Ha sido… —dice en mi oído.
—Si… Lo sé —admito.
Se ríe y escucharlo tan cerca hace que mi cuerpo se caliente de nuevo.
—Me alegra saber que has disfrutado igual que yo.
Lo miro por encima del mi hombro.
—¿Acaso no se ha notado? —lo pico.
Él me responde con unas cuantas cosquillas en mi costado y nos reímos juntos.
Y de nuevo siento una extraña sensación de comodidad más propia de una pareja asentada que de dos personas que acaban de compartir cama por primera vez.
¿Es eso lo que se siente cuando has encontrado a la persona adecuada?
Me resisto a contestar esa pregunta. No quiero aceptar algo que mi cuerpo parece haber comprendido antes que la cabeza.
¿Y si él no se siente igual? ¿Y si esto se acaba cuando lleguemos al fondo del asunto? ¿Y si…?
Hay tantas variables que no puedo ni empezar a describirlas.
Lo que sí tengo claro es que esto ha empezado de la manera más extraña posible, pero, bendita extrañeza.
—¿Quieres cenar algo? —pregunto.
Enzo se levanta y, tras ponerse solo la ropa interior, me regala una imagen de su cuerpo cuando sale de la habitación después de besarme.
—¿A dónde vas? —vuelvo a preguntar.
No responde, solo escucho sus pasos y unos segundos después, el sonido de la puerta de la nevera.
—¿Qué está haciendo? —murmuro mientras me pongo ropa interior a toda prisa.
Al llegar a la cocina lo veo batiendo huevos con el paño de cocina sobre su hombro.
—¿Dónde está la sartén? —me pregunta al verme y sin dejar de batir.
—¿Estás haciendo la cena? —No salgo de mi asombro. Saco la sartén y la dejo sobre la vitrocerámica, luego acerco el aceite.
—Tú has puesto la casa, yo cocino. —Me guiña el ojo, como si eso fuera explicación suficiente.
Me lo quedo mirando mientras él trabaja en mi cocina con soltura. Queda claro que sabe lo que hace así que vuelvo a la habitación y me pongo su camisa.
Huele a él, y me encanta.
Una vez vuelvo a la cocina y sus ojos se posan en mi cuerpo tapado por su camisa se queda de piedra por unos instantes, su mirada se tensa y su mandíbula igual.
—Estoy intentando ser correcto, pero no me ayudas —me señala con el mentón y sujeto una sonrisa.
Me acerco hasta él y beso su cuello. Su mano suelta la espátula y se cierra en mi cintura, apresando mis labios con los suyos.
La pasión nos desborda de nuevo y tenemos que hacer un esfuerzo consciente por dejar de tocarnos.
Enzo apaga el fuego y retira la sartén, luego me alza en volandas sobre su cuerpo, mis piernas se enrollan en su cintura y me lleva hasta la habitación de nuevo.