Capítulo 11
—T engo que enseñarte algo. —Enzo me observa con esos ojos que parecen taladrarme y bebo un sorbo de la cerveza que he pedido al poco de llegar.
Me ha pasado a buscar después del trabajo en lo que parece haberse vuelto nuestra pequeña rutina.
Una rutina que me gusta cada vez más.
—Yo también —admito al dejar la cerveza en la mesa.
Enzo se inclina en la silla y busca algo dentro de su mochila, luego saca un montón de cartas unidas por un lazo y las deja en la mesa. Los sobres se ven amarillos y la cuerda está desgastada.
Mis ojos observan con detenimiento la pila bien colocada y la curiosidad me mata, miro a Enzo quien me invita con la mirada a que las sujete entre mis manos, cosa que hago al instante, acercándolas más a mí.
—Son de mi abuelo —explica él—, las encontré en el desván. Son cartas que él le envió a tu abuela. Todas devueltas sin abrir.
Trago saliva y el corazón se me desboca.
—Mierda —murmullo.
—Sí, mierda —Enzo agarra su cerveza y le da un buen trago—, solo he abierto un par de ellas, pero sé a ciencia cierta lo que pone el resto. Lo mismo que ponía en las que yo abrí.
Aprieto mis labios y espero a que siga hablando, a que me diga lo que yo ya sé, pero que es necesario poner en palabras para que el dolor se haga visible, palpable. Solo así podrá aceptar lo que pasó y gestionar lo que podría haber pasado.
—Mi abuelo insiste una y otra vez en que él no hizo nada, que era inocente. Le suplicaba que le dejara explicarse en persona, que le diera una oportunidad.
Su mirada se desvía hacia el tráfico, lo veo tomar aire para calmarse. Puedo ver la mandíbula tensa y su mano cerrada en un puño apretado.
—Joder, mi abuelo suplicaba una oportunidad para poder demostrar su inocencia, pero tu abuela nunca abrió ni una sola de sus cartas. No le ofreció el beneficio de la duda y nunca respondió.
—Lo sé —admito casi sin voz.
Sus ojos se clavan en los míos y puedo ver la sorpresa, el dolor y la incertidumbre en ellos.
¿Qué habría pasado de haber contestado a una sola de esas cartas? Nunca podremos saberlo.
Ese es mi momento para sacar el cuaderno de mi abuela y dejarlo sobre la mesa con cuidado. Al hacerlo, Enzo lo mira casi sin parpadear.
—Mi abuelo escribió que alguien le dijo que tu abuela lo había traicionado, que nunca supo quién fue y por qué hizo algo así, pero que él no hizo nada, que no la traicionó y que no podría haberlo hecho porque la amaba de verdad.
—Eso es lo que ella escribe en su diario.
Que le dijeron eso de tu abuelo y que su corazón se partió en dos ese dia.
Que nunca podría mirar de nuevo a tu abuelo con los mismos ojos después de saber lo que había hecho.
Por eso se fue del pueblo, como medida preventiva para no verlo ni siquiera por casualidad.
La vida es curiosa. Ellos no pudieron transitar la duda y el dolor, y por cosas del destino ahora nosotros estamos aquí haciéndolo por nuestros abuelos.
—Todas las cartas que he leído escribían lo mismo con otras palabras. Todas hablaban de una traición que nunca existió, de una súplica que nunca se escuchó, de una oportunidad que nunca llegó. Por eso no me hace falta abrir las demás, se cuál es el mensaje que contienen.
Nos quedamos mirando en silencio. Nuestros ojos hablan sin una sola palabra.
—No creo que mi abuelo lo hiciera —admite Enzo después—. Conocía a mi abuelo y, a pesar de que todos cometemos errores, no creo que fuera capaz de engañar a tu abuela; no si la amaba tanto como parece.
—Algo me dice que tienes razón. No conocí a tu abuelo, pero siento que algo no cuadra.
—¿Eso crees? ¿Me crees?
Sus ojos me muestran un resquicio de esperanza, casi como si estuviera esperando que, tal y como hizo mi abuela, me cerrara en banda ante su declaración o dijera que es mentira.
Pero no voy a hacer eso.
Enzo se inclina sobre su silla y envuelve su mano sobre la mía.
—Gracias —susurra, inclinándose hacia mí.
—No tienes que darlas —murmuro imitándolo.
Nuestros labios se unen. Con suavidad al principio pero encajando a la perfección.
Nuestras respiraciones se coordinan, nuestros corazones se acompasan, nuestra piel parece reconocerse.
Juro que no he sentido nada así con nadie, casi como si nuestras familias estuvieran destinadas a encontrarse, a unirse, a pertenecerse.