Capítulo 10
S u mirada se pierde sobre el asfalto y tomo aire, esperando una reacción.
—Lo siento —acaba por decir.
—¿Lo sientes? ¿Por qué?
—Por mi abuelo, porque él la engaño según la carta, y a pesar de cómo nos crio a mi madre y a mí.
—Tranquilo —replico—, no es culpa tuya, pero si explica algo del pasado de mi abuela.
—¿El que?
—Ella se fue del pueblo poco después de la fecha que pone en la carta. Recuerdo que mis tías nunca entendieron esa decisión, pero la apoyaron ya que se fue a vivir a la casa de un familiar y sabían que estaría bien.
—¿Allí es donde conoció a tu abuelo?
—No, ella ya lo conocía de antes, pero se encontraron años después, se enamoraron y se casaron. Volvieron al pueblo poco después de la boda.
—Bueno, me alegro de que consiguiera ser feliz —admite, su mano pasa por detrás de mi cuerpo y me acerca hacia él. Besa mi pelo y nos quedamos así, juntos y en silencio por un rato.
Al día siguiente, aprovecho que estoy en casa de mis padres y después de comer me siento al lado de mi abuelo, preguntándole cosas sobre cuando eran jóvenes.
—¿Y cómo la conociste?
—Bueno, en realidad nos conocíamos desde hacía años y si te digo la verdad siempre estuve enamorado de ella. —Su sonrisa abierta y el brillo en sus ojos delata lo que la quería.
—¿Ah, sí?
Él asiente y busca en el álbum de fotos antiguas, hasta encontrar una y me acerca el álbum.
—Aquí estamos en nuestra primera cita —dice, acariciando la imagen con el dedo.
—Estabais muy guapos. —Sonrío. Mi padre nos acerca un café a cada uno y se sienta a escucharnos mientras mi madre pone unas galletas en la mesa.
—La verdad es que este día estaba eufórico. La abuela tuvo un novio antes que yo, ¿lo sabías?
Niego con la cabeza porque no puedo contarle la verdad y mucho menos como lo he averiguado.
—Verás, ella llamaba muchísimo la atención, y ese chico estaba colado hasta las trancas, como yo, pero él fue más rápido y me la quitó.
—¡Papá! —replica mamá—, no hables así de mamá, ella no era de nadie y lo sabes.
El abuelo asiente a regañadientes y sigue con su historia.
—La cosa es que ella se fue del pueblo y más tarde supimos que ya no estaban juntos, así que vi mi oportunidad y en cuanto la encontré de nuevo no me lo pensé. El resto es historia.
—Qué bonito… —Trago saliva y mi madre sonríe como una colegiala, mi padre le da la mano y le besa el dorso para luego atraerla hacia él y abrazarla por la espalda.
El abuelo se pone en pie y se va hacia la habitación bajo nuestra mirada, luego trae una caja de latón y me la ofrece.
—Mira —dice cuando la abro. Saca una imagen y me la enseña—, aquí estamos en nuestra segunda cita, la llevé a la feria y pasamos una noche preciosa. ¿Ves esa chaqueta de punto? Se la hizo ella, estaba orgullosa de su creación.
—¡Vaya! —replico—, es increíble.
Miro mi reloj y me doy cuenta de lo rápido que se pasa el tiempo cuando estás con los que quieres.
—Debería irme ya, mañana tengo que madrugar.
—Llévatela —El abuelo me ofrece la caja—, así podrás mirar más cosas cuando tengas tiempo. —Me guiña el ojo y sonríe.
Le sonrío de vuelta y asiento, llevándome la caja conmigo hasta mi casa.
Esa noche me llevo la caja a la cama y empiezo a sacar las cosas de la abuela. Sonrío al ver que hay muchas fotos de mamá cuando era pequeña, de ellos de vacaciones y recortes de periódicos donde se hacen reseñas de libros. Parece que le gustaba Bécquer.
—Quizás tengo más en común contigo de lo que creía —murmuro hojeándolos.
El fondo de la caja aparece pero al ponerla aparte, esta pesa más de lo que debería.
Frunzo el ceño y la acerco aún más, tocando el fondo de nuevo. Muevo los dedos buscando qué es lo que se ha quedado ahí dentro pero no veo nada.
Mis dedos tocan los bordes y entonces la base se mueve.
—Pero que…
Empujo la base con cuidado y la base se levanta un poco, así que uso mis uñas para levantarla.
Hay un doble fondo.
—No paras de sorprenderme, abuela.
Al quitar la base encuentro un cuaderno con los lomos de cuero y envuelto con una cuerda.
Lo saco con cuidado y lo abro, leyendo la primera página.
—¿Un diario?
—El cuaderno tiene la fecha en la esquina derecha y en cada página hay unas líneas escritas de su puño y letra.
Hojeo por encima el cuaderno mientras de forma casi instintiva busco la fecha de la carta.
Leo con rapidez lo que dice y mis ojos se humedecen al sentir el dolor de la traición. La abuela dejó marcada en tinta sus sentimientos con un dolor palpable. El corazón se me encoge al leer una resolución que parece haber tomado mientras escribía en el cuaderno que ahora tengo en mis manos.
Una resolución que la llevaría lejos de su familia, al menos por un tiempo.
La abuela escribe sobre los intentos del que era el amor de su vida de explicarse pero como ella nunca le ofreció la oportunidad de hacerlo.
Simplemente no podía exponerse a que le hiciera daño de nuevo.
Ella misma pone en palabras como nunca podría vivir con una persona sobre la que se proyecta una sombra de duda que la perseguiría para siempre.
También escribe cómo, al tiempo de haberse marchado, el abuelo la encontró y que a partir de ese momento se vieron más seguido y cómo, con el tiempo se hicieron novios y después se casaron.
Releo las páginas ahora con más calma cuando el teléfono suena y leo el mensaje.
Enzo me pide quedar después del trabajo y le digo que sí, luego nos damos las buenas noches y vuelvo a meter todas las cosas en la caja.
Todas menos el cuaderno, que hojeo y acaricio como si eso pudiera acercarme un poco más a la abuela que perdí hace ya unos meses y que echo de menos cada día desde entonces.